El Costo cultural de regular la Economía

 Por Andrew Sandlin

Vivimos en medio de una revolución económica. El hecho de que nos haya ido devorando poco a poco no la hace menos revolucionaria. De igual modo es una revolución moral. La economía es una cuestión moral. No es un tema en el que los cristianos puedan simplemente estar de acuerdo en no estar de acuerdo. Es notable la cantidad de cristianos que se oponen al aborto y al "matrimonio" homosexual, pero niegan oponerse al Obamacare y a los programas estatales de bienestar social. Aparentemente, están dispuestos a defender el sexto mandamiento ("No matarás") y al séptimo ("No cometerás adulterio"), pero no al octavo ("No robarás"). El robo no se santifica de algún modo solo porque lo practique el gobierno estatal o federal. En última instancia, toda propiedad pertenece a Dios, pero la Biblia claramente exige la inviolabilidad de la propiedad individual[1] . La tributación es legítima solo si su propósito es financiar el papel genuino del gobierno. El problema hoy, como sabemos, es que el gobierno ha ampliado considerablemente su papel y, por tanto, ha extraído, es decir, robado, dinero para mantenerse.

 

A medida que nuestra cultura se vuelve más secular, se vuelve más socialista. El socialismo es una forma de providencia secular. Cuando ya no creemos que Dios nos provee, nos volvemos hacia el Estado como nuestra deidad totalmente suficiente[2]. Esta es la razón por la que las sociedades cada vez más seculares son siempre sociedades más socialistas, por más que nuestros amigos libertarios seculares se sientan ofendidos por este hecho. La secularización de la sociedad no produce una sociedad secular de libre mercado imaginada por personas como Ayn ​​Rand. Produce una sociedad socialista más cercana a la del tipo de Karl Marx.

 

Pero hay un costo moral en la manipulación económica no menos repulsivo que el robo estatal: la búsqueda de la utopía[3]. Los izquierdistas parecen siempre estar ocupados coaccionando los ingresos fiscales para crear una sociedad justa o igualitaria (según su definición, por supuesto). Algunos ciudadanos son demasiados ricos y otros demasiados pobres, y el papel del Estado es crear una mayor igualdad. Este es el principio fundamental del marxismo ateo en el que incluso cristianos profesantes (como Jim Wallis y Sojourners ) han invertido acciones. Es una forma de regulación económica que la Biblia prohíbe. Y tiene costos, y no me refiero principalmente al costo para las personas trabajadoras que deben entregar el dinero que tanto les costó ganar al gobierno para que lo utilicen los burócratas elitistas. El problema es aún más profundo.

 

El libro de Angelo Codevilla, El carácter de las naciones[4], muestra que las leyes y costumbres de una nación tienden a crear (con el tiempo) un tipo peculiar de ciudadano. Codevilla demostró, presentando hechos, que las personas en la Unión Soviética, por ejemplo, tenían aspiraciones, comportamientos y hábitos diferentes a los estadounidenses. Esta no era una cuestión racial, sino cultural. Las leyes y costumbres de los Estados Unidos incentivarondesincentivaron formas de comportamiento diferentes de las que los diversos tipos de leyes hacían en la Unión Soviética. La cultura soviética creó un tipo diferente de ser humano. Con el tiempo, el comportamiento inculcado por un gobierno se arraiga en una cultura.

 

La regulación económica en los Estados Unidos, hoy en día, está creando gradualmente un nuevo tipo de individuo. Este individuo, desde su niñez, se siente con derecho a un estilo de vida determinado, a un nivel educativo específico y a una calidad de atención en particular. En generaciones anteriores, dentro de una cultura cristiana, se entendía que estos placeres de la vida eran los beneficios de una inversión sabia y trabajadora. Hoy, sin embargo, esos beneficios se han reducido a beneficios sociales; el trabajo duro y la inversión inteligente se han eliminado de la ecuación. Dado que la regulación económica ha generado estos beneficios, por ahora, en cualquier caso, los individuos están contando con ello. La regulación económica ha creado un nuevo tipo de individuo, alguien para quien la sabiduría, la inteligencia, la gratificación tardía, el orgullo de ser propietario y la preocupación por las generaciones futuras son prácticamente irrelevantes. Es fácil culpar a los jóvenes veinteañeros que se niegan a dejar la casa de sus padres y encontrar un trabajo para mantenerse a sí mismos, mientras esperan televisión por cable e Internet gratis y entradas gratis para el último concierto de Coldplay.  Y sí, tienen su parte de responsabilidad. Pero la mayor parte de la culpa debe recaer en los pies de nuestra cultura y su gobierno: la regulación económica está involucrada en la educación de estos jóvenes. 

 

Por lo tanto, sugiero que el costo más pernicioso de la regulación económica no es el estancamiento económico, que es verdaderamente gravoso, sino el estancamiento ontológico; es decir, esta política, con el tiempo, crea un tipo de individuo diferente y moralmente inferior.

 

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 Fuente: https://docsandlin.com/2015/08/13/the-cultural-cost-of-economic-rigging/

Traducción al español: Lenin MDS

Correo: mendez0211@gmail.com



[1] John M. FrameThe Doctrine of the Christian Life (Phillipsburg, New Jersey: P & R Publishing, 2008), 797–798.

[2] P. Andrew Sandlin, Economic Atheism (Mount Hermon, California: Center for Cultural Leadership, 2011), 7–12.

[3] Thomas Molnar, Utopia, The Perennial Heresy (New York: Sheed & Ward, 1967).

[4] Angelo M. CodevillaThe Character of Nations (New York: Basic Books, 1997).

Bautismo: Circuncisión cristiana

 

(Génesis 17: 1-14; Col.2: 8-15; Mt 28: -18-20; Tito 3: 5)

por

Rev. Paulo R. B. Anglada[1]


I. INTRODUCCIÓN

El bautismo y la Cena del Señor son los dos sacramentos ordenados por Jesús para que fueran observados en la dispensación de la gracia. La Cena se instituyó cuando Cristo participó por última vez en la Pascua (Mt 26, 26-30)[2]. El bautismo está incluido en la Gran Comisión, mencionado en Mateo 28: 18-20 y Marcos 16: 15-16). En la visión reformada, “los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia, instituidos inmediatamente por Dios para representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestro interés en él, así como para marcar una diferencia visible entre los que pertenecen a la Iglesia y el resto del mundo, y para comprometerlos solemnemente con el servicio a Dios en Cristo, conforme su Palabra[3].

1. Importancia del tema

Hay algunos temas controversiales relacionados con el bautismo, especialmente con el bautismo de niños y el modo del bautismo. Nuestros hermanos Bautistas y Pentecostales (principalmente en nuestro contexto) no bautizan niños y solo reconocen el bautismo por inmersión. Las otras denominaciones protestantes históricas (luterana, reformada, anglicana, presbiteriana, metodista, etc.), de distintas formas, bautizan a los niños y reconocen la legitimidad de ambos métodos (inmersión y aspersión), prefiriendo el último.

Esto, además de la práctica católica de bautizar indiscriminadamente a cualquier niño, nos obliga a dar las razones de nuestras prácticas sobre el tema. El propósito de este artículo es presentar un resumen de la teología reformada sobre el bautismo, especialmente en lo que concierne a estos temas controversiales.

2. El problema básico

Desde el punto de vista reformado, el error fundamental de quienes no bautizan a los niños y exigen la inmersión, es que pierden de vista la continuidad de la Revelación de la obra de redención. El desarrollo progresivo de la Revelación de la obra de redención, planeada por Dios en la eternidad, no debe eclipsar su continuidad.

En primer lugar, es necesario comprender que el Antiguo y el Nuevo Testamento no enseñan dos religiones diferentes. La Iglesia cristiana no es otra iglesia. El apóstol Pablo revela claramente que la Iglesia cristiana no es un árbol nuevo, sino solo una rama injertada en el mismo árbol cuya raíz es Abraham (Rom. 11: 13-24), el "padre de todos los creyentes" (Rom. 4: 11). Abraham es el padre tanto de los incircuncisos como de los circuncidados, "que siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado" (Rom. 4: 11-12).

II. EL SIGNIFICADO DEL BAUTISMO

1. No es un testimonio de la salvación

No indica necesariamente que la persona que recibe la señal visible es salva. Este no es un rito de admisión pública en la iglesia invisible, sino en la iglesia visible, y esto incluye a los salvos y no salvos:

“… no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”. (Romanos 9: 6-8).

Hay varios ejemplos de miembros admitidos en la iglesia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que fueron circuncidados/bautizados, pero que nunca experimentaron el lavamiento regenerador del Espíritu Santo. Los asistentes directos del apóstol Pablo, como Demas, abandonaron la fe cristiana porque amaron el mundo (2 Timoteo 4:10). Refiriéndose a esta clase de personas, el apóstol Juan explica que “Salieron de nosotros (de la iglesia visible), pero no eran de nosotros (miembros de la iglesia invisible); porque si hubiesen sido de nosotros (de la iglesia invisible), habrían permanecido con nosotros (iglesia visible); pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (de la iglesia invisible)” (1 Jn. 2: 19).

Parece innecesario probar lo que la Historia de la Iglesia y la experiencia hacen más que evidente.

2. No es un medio de salvación.

El bautismo no tiene un poder divino inherente. En sí mismo no puede regenerar a nadie. Esta doctrina (de la regeneración bautismal) es enseñada por la Iglesia Católica. Para ellos, el bautismo confiere los méritos de Cristo y el poder del Espíritu Santo, purifica de la corrupción interna, garantiza la remisión de la culpa del pecado e infunde la gracia santificante, uniendo al bautizado con Cristo, abriéndole las puertas del cielo[4]. En la teología católica romana, la eficacia del bautismo no depende ni de los méritos del oficiante ni de los méritos del bautizado, sino de la acción sacramental misma.

Para nosotros, los reformados, sin embargo, el bautismo no es eficaz en sí mismo; no opera una nueva vida; la presupone y la fortalece, pero ni la opera ni la garantiza. Esto es lo que dice la Confesión de Fe de Westminster:

“Aunque (todavía) es un gran pecado despreciar o descuidar esta ordenanza, sin embargo, la gracia y la salvación no están tan inseparablemente vinculadas con ella, que sin ella nadie puede ser regenerado y salvo o que todos los que son bautizados son indudablemente regenerados”[5].

3. No es esencial para la salvación

La Iglesia Católica cree que sí, pero nosotros los protestantes no. El bautismo es obligatorio, por obediencia a los preceptos de Dios. Y nuestra desobediencia a este precepto naturalmente resultará en un empobrecimiento espiritual, como sucede cuando se desobedece cualquier otro precepto del Señor.

Sin embargo, esta concepción del bautismo como esencial para la salvación es contraria al carácter espiritual del Evangelio, que no condiciona la salvación a formas externas (Juan 4: 21-24). El ladrón arrepentido en la cruz es una prueba indiscutible de esto. Jesús afirmó que ese mismo día estaría con él en el paraíso, sin ningún bautismo.

4. Es la continuación de la circuncisión.

Los dos sacramentos del Antiguo Testamento no fueron abolidos, sino sustituidos.

La Pascua (el sacramento conmemorativo de la iglesia visible) se convirtió en la santa cena cuando Jesús participó en ella por última vez (Mt 26, 26-30).

La circuncisión (sacramento de admisión a la iglesia visible) se convirtió en bautismo cristiano, debido a que ya no había necesidad de derramamiento de sangre, ya que el Cordero Pascual estaba a punto de ser sacrificado. En Colosenses 2: 11-12, al bautismo cristiano se le llama explícitamente "la circuncisión de Cristo" (lo mismo que la circuncisión cristiana)[6]:

“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos”.

El argumento del apóstol Pablo es evidente: los cristianos también hemos sido circuncidados, no con el prepucio cortado, sino con el bautismo cristiano, que tiene la misma función que la circuncisión judía, por lo que incluso se puede llamar circuncisión cristiana.

5. Es el Sello del Pacto de Gracia

Dado que el bautismo cristiano corresponde a la circuncisión judía, el bautismo es, para la Iglesia visible en el Nuevo Testamento, lo que fue para la Iglesia visible en el Antiguo Testamento: la confirmación (la señal visible) del pacto que Dios hizo con Abraham, el “padre de todos los creyentes ". Este es exactamente el papel de la circuncisión, conforme a las palabras que el Señor mismo le dijo a Abraham, cuando se instituyó esta ordenanza en Génesis 17: 1-13:

“Cuando Abraham alcanzó la edad de noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso: anda delante de mí y sé perfecto. Haré una alianza (un pacto) entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera ... mi pacto es contigo; y serás padre de muchedumbre de gentes ... Y estableceré mi alianza (pacto) entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones... Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo”.

La circuncisión de los israelitas y los prosélitos del judaísmo fue, por tanto, una señal externa del pacto de Dios con Abraham, según el cual él (Abraham) y sus descendientes constituirían la iglesia visible de Dios en la tierra. El bautismo cristiano, así como la circuncisión judía, es, por tanto, el símbolo externo solemne de la admisión a la iglesia visible.

Esto no implica necesariamente que todos los de Israel (de la iglesia visible en el Antiguo Testamento) fueron o serían verdaderos israelitas (miembros de la iglesia invisible), es decir: que necesariamente fueron o serían objeto de la gracia salvadora. Tampoco implicaba que aquellos que no eran de Israel (judíos), no pudieran convertirse en verdaderos israelitas (miembros de la iglesia invisible).

La circuncisión implicaba que serían considerados el pueblo de Dios y serían objeto de su especial cuidado, bendición y revelación. De hecho, los compatriotas de Pablo según la carne disfrutaban de privilegios especiales, tales como “la adopción, la gloria, los pactos (los pactos de gracia y ley), el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo...'' (Romanos 9: 3-5). Después de mostrar la culpa universal (de gentiles y judíos), el apóstol Pablo pregunta:''¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la circuncisión?”. Él mismo responde: “Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios''. (Romanos 3: 1-2).

Conclusión: El bautismo, al igual que la circuncisión, es el rito o forma externa determinado por Dios para simbolizar y sellar la admisión de las personas a la iglesia visible, como beneficiarias del pacto de gracia y objeto de su cuidado especial. Es cierto que el símbolo presupone, en general, el lavamiento dadivoso y regenerador del Espíritu Santo por la Palabra (Tito 3: 5), mediante el arrepentimiento y la fe; pero no lo opera ni lo garantiza.

III. LOS NIÑOS EN EL PACTO DE GRACIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

La pregunta realmente importante con respecto al bautismo infantil como “la circuncisión cristiana” es la siguiente: ¿Se consideró a los niños beneficiarios del pacto de gracia que Dios hizo con Abraham? Y la respuesta es evidentemente positiva. Cuando fue establecida la circuncisión, los niños fueron incluidos explícitamente como beneficiarios del pacto de gracia, como miembros de la iglesia visible en el Antiguo Testamento. Por eso debían ser circuncidados: "El que tenga ocho días será circuncidado entre vosotros, todo varón por vuestras generaciones" (Génesis 17: 9-12). ¡No había ningún impedimento para instituir la circuncisión solo para adultos! Pero eso no ocurrió. Los niños también fueron incluidos, porque era el propósito del Señor que su pacto fuera con Abraham y su descendencia. 

Lo que debe entenderse es que este pacto que Dios hizo con Abraham, llamado por los reformados como un pacto de gracia, es la implementación histórica de un pacto eterno, y nunca ha sido derogado (cancelado). Este pacto, cuyo sello era la circuncisión y ahora es el bautismo (la circuncisión de Cristo), es anterior a la ley de Moisés y, por lo tanto, sigue en vigor. El pacto de la ley ha pasado (un apéndice), es cierto, así como sus leyes ceremoniales. Pero no el pacto de gracia con Abraham, que fue instituido unos cuatrocientos años antes de la ley de Moisés. El pacto con Abraham no ha pasado, es un "pacto eterno". Las ordenanzas, los símbolos de ese pacto, han cambiado: primero, solo la circuncisión; luego se añadió la Pascua, y luego ambos fueron reemplazados por el bautismo y la Cena del Señor. Pero el pacto es el mismo.

Esto es lo que dice el apóstol Pablo en Gálatas 3:17. Demostrando que la ley de Moisés no puede invalidar el pacto con Abraham, él dice: “El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”

Por lo tanto, el pacto que se menciona en el Nuevo Testamento no es otro pacto, un pacto establecido recientemente, que derogó el pacto hecho con Abraham; sino el mismo pacto que fue renovado por Aquel que es el Mediador del pacto: Jesús (cf. Gál 3: 27,29). La palabra que se utiliza no es "nevo", sino " kainov " como en nuevos cielos y nueva tierra (no otros cielos y otra tierra, sino estos cielos y esta tierra renovados).

El hecho es que la iglesia es la misma. Somos miembros de un mismo cuerpo. Somos la "comunidad del pacto". Somos los verdaderos descendientes de Abraham. "Los de la fe son los hijos de Abraham" (Gálatas 3: 7). Somos (la iglesia cristiana) las ramas que han sido injertadas; nos convertimos en partícipes de la misma raíz y la misma savia del olivo (Rom 11:17). Los medios de salvación tampoco han cambiado. Somos salvos hoy de la misma manera que los creyentes en la época del Antiguo Testamento; es decir, por la gracia soberana de Dios mediante el arrepentimiento y fe en Sus promesas, entre las cuales la principal era la venida del Mesías, el Redentor de Israel (Rom. 4: 1-17). Por lo tanto, ¿Por qué razón los hijos de los miembros del nuevo pacto deberían ser excluidos de la comunidad del pacto, de la iglesia visible? ¿Por qué negarles el sello del pacto: el bautismo? 

IV. LOS NIÑOS Y EL PACTO DE GRACIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

¿El Nuevo Testamento excluye a los niños de ser beneficiarios del pacto de gracia? No, en ninguna parte del Nuevo Testamento se excluyó a los hijos de aquellos que pertenecían al pacto, - los que enfática y explícitamente fueron incluidos en él en Génesis 17 – fueron excluidos. Por el contrario, hay afirmaciones explicitas también de que siguen incluidos.

1. El mismo Señor Jesús afirmó que ellos pertenecen a su reino: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios". (Lucas 18:16).

2. Pedro confirma que la promesa los incluye: "Pues para vosotros es la promesa, para vuestros hijos y para todos los que aún están lejos" (Hechos 2:39).

3. El apóstol Pablo reconoce la posición de los niños como "santos" cuando al menos uno de los padres es creyente. Escribiendo a los Corintios, Pablo instruye a los maridos que se habían convertido a no separarse de su cónyuge incrédulo, al decir: “Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos'' (1 Co 7: 14).

4. También hay ejemplos implícitos de su práctica en las páginas del Nuevo Testamento:

Lidia: el Señor le abrió el corazón para creer, y pronto fue bautizada ella y toda su casa (Hechos 16: 14-15).

El carcelero de Filipos:

“y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. … y en seguida se bautizó él con todos los suyos. (Hechos 16: 30-33)

Estéfanas: Entre las pocas personas que el apóstol Pablo había bautizado estaba la '' casa de Estéfanas'' (1 Cor 1:16).

5. Los Padres de la Iglesia, de un modo general. Reconocen y mencionan la práctica del bautismo infantil. Nueve, de los doce Padres que vivieron en los dos primeros siglos, mencionan la práctica del bautismo infantil, por ejemplo: Justino Mártir (130), Irineo (180), Origenes (230). Posteriormente, Agustín declaró que “ningún concilio había ordenado jamás el bautismo de infantes porque era una práctica que había estado ocurriendo desde los tiempos apostólicos; y que nunca había escuchado o leído de nadie en la iglesia que sostuviera lo contrario ''.

6. Cabe señalar que, si no hay un ejemplo explícito de bautismo infantil en el Nuevo Testamento, ¡Tampoco hay la menor referencia a los bautismos de adultos nacidos y criados en hogares cristianos!

V. OBJECIONES

1. No hay ningún mandamiento para bautizar a los niños.

Y tampoco fue necesario, ya que los hijos (hijos del pacto) siempre fueron reconocidos como miembros de la iglesia visible del Antiguo Testamento. Uno esperaría lo contrario: un mandamiento para no incluirlos más en la iglesia del Nuevo Testamento. Tampoco hay un mandato explícito para establecer el domingo como el día de descanso cristiano, ni mandamiento explicito para incluir a las mujeres en la Cena del Señor.

2. Los niños no cumplen las condiciones necesarias: arrepentimiento y fe

¡El mismo argumento los excluye del cielo! “Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13: 3). “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18). Pero Jesús no los excluyó, e incluso los que hacen esta objeción no los excluyen.

El argumento es válido solo para los adultos que pueden ejercer la fe, pero no para los niños. La Biblia también dice: "El que no trabaja, que no coma". ¡Y los niños! ¿Debemos dejarlos con hambre porque no pueden trabajar?

En el AT los niños (hijos del pacto) tampoco podían arrepentirse y tener fe en las promesas (condición para la salvación también en el AT), pero aun así fueron circuncidados y considerados miembros del pueblo de Dios (de la iglesia visible) y beneficiarios del pacto.

3. ¿Qué beneficios puede producir en el niño?

¿Qué beneficio podría producir la circuncisión en los niños? Muchos, no solo para el niño, sino también para la iglesia y los padres, como veremos a continuación.

VI. IMPORTANCIA DEL BAUTISMO INFANTIL

Para la Iglesia

1) La edificación de los miembros.

2) La Responsabilidad de la iglesia para orientar a los padres y a sus hijos.

1) Para padres

a) Consuelo al saber que sus hijos pertenecen al pacto. A menos que lo rechacen cuando sean adultos, esa es la condición.

b) Responsabilidades: Darle a conocer a sus hijos que pertenecen al pacto. Que sean fieles (dándoles buen testimonio). Educándolos en el temor del Señor.

Para los niños

a) Cuando lleguen a la edad de la razón, sabrán que pertenecen al pacto y preguntaran: ¿Qué significa esto? Y se beneficiaran del bautismo como aquellos que fueron bautizados siendo adultos.
b) Gozan de todos los privilegios de la Iglesia Visible: oración, consejo, disciplina, enseñanza de la Palabra, ejemplo de otros fieles, y principalmente de las promesas referentes al pacto.

VII. EL SIMBOLISMO Y EL MODO DEL BAUTISMO

 1. La práctica bautista y pentecostal

Nuestros hermanos Bautistas y Pentecostales (éstos proceden históricamente de los primeros), insisten en la inmersión como la única forma legítima de bautismo.

La primera razón que presentan está relacionada con el símbolo del bautismo. Para ellos, basado en Romanos 6: 3ss y Colosenses 3:12, el bautismo es una prescripción para la inmersión, como símbolo de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Aquí están los textos:

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Rom. 6: 3-5).

“sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:12).

La segunda razón se refiere a la falta, según ellos, de ejemplos de bautismos por aspersión en el Nuevo Testamento.

2. La práctica reformada y protestante

La práctica reformada no insiste en la necesidad de inmersión (o aspersión). Las razones son las siguientes:

1) El simbolismo del bautismo no está en la inmersión, sino en la purificación, en el lavamiento purificador. Así como en la circuncisión simbolizaba la eliminación de la impureza, el bautismo en agua (que es la circuncisión cristiana) simboliza el lavamiento purificador del Espíritu Santo en virtud de la obra de Cristo (a través de Cristo): “[Él] nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3: 5).

Este simbolismo del bautismo se ejemplifica en el relato del apóstol Pablo de las palabras de Ananías en su propio bautismo: “levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados ...” (Hechos 22:16). Es decir, el bautismo no purifica del pecado, simboliza la purificación del pecado.

Esto es lo que dice el Catecismo de Heidelberg sobre el bautismo:

“Cristo instituyó este lavamiento externo1 y con él la promesa de que, tan cierto como el agua lava la suciedad del cuerpo, así también su sangre y su Espíritu lava la impureza de mi alma, esto es, todos mis pecados” (respuesta 69).

Por supuesto, en un sentido más amplio, todas las bendiciones espirituales que surgen de la salvación están implícitas en el símbolo: muerte al pecado, el nuevo nacimiento, pertenecer al cuerpo de Cristo a través de nuestra unión con él, etc. Y muchas figuras se emplean en este sentido: morir con Cristo, ser sepultado con Cristo, ser resucitado con Cristo, vivir en Cristo, caminar en Cristo, revestirse de Cristo (Gál 3, 27), ser plantados, etc. con Cristo, etc. Sin embargo, esto no significa que alguna de estas figuras sea el único símbolo del bautismo.

El símbolo del bautismo está en el lavado, en la purificación por el lavado en agua, en la acción purificadora del Espíritu Santo, que nos separa del uso común (impuro) y nos une a Cristo; y no en el modo en que se realiza el lavado[7]. Cabe señalar que, incluso en Romanos 6, el contexto general es la purificación del pecado:

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?... sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.... o reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias...” (vs. 1-2, 6, 12).

Lo esencial en el bautismo, se enseña explícitamente en su institución y en otros textos del Nuevo Testamento: que se haga con agua (Hch 10, 47) y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).

2) El uso de la palabra bautizar  en la Septuaginta. En las cuatro ocasiones que aparece el verbo, todas se pueden traducir como lavar, pero no todas se pueden traducir como sumergir. Ejemplos: Daniel 4:33, donde leemos que el cuerpo de Nabucodonosor “...y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo...” Ver Levítico 6:28: "Y la vasija de barro en que fuere cocida, será quebrada; y si fuere cocida en vasija de bronce, será fregada y lavada con agua". Incluso en 2 Reyes 5:14, donde la inmersión es probable, el propósito es claramente el lavado como símbolo de purificación, como lo indican los versos 10, 12 y 13.

3) Los ritos de purificación en el Antiguo Testamento: a menudo a través de aspersiones de sangre o agua. Ver números 19: 9, 13 y 20. Estos ritos para purificar utensilios, etc., se les llama bautismos en el Nuevo Testamento:

Los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan  las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan , no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos  de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos. Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?” (Mc 7, 2-5).

Hebreos 9:10, 13, 19 y 21, habla de la práctica de abluciones de rociar cenizas y sangre al pueblo, al tabernáculo y a los utensilios sagrados con el propósito de una purificación religiosa.

4) El uso de la palabra en el Nuevo Testamento:

a) Intercambiable con  (lavar): 7: 3-4 Marcos (ya mencionado); Lucas 11:38; Mateo 15: 2 y 20.

Nota: la forma común de lavarse las manos en Oriente era derramando agua, como hoy.

b) La contienda de los discípulos de Juan sobre el bautismo (Juan 3: 22-30) es sin duda una contienda sobre la purificación (v. 25).

5) El carácter espiritual de la adoración en el Nuevo Testamento, que no enfatiza la forma sino el espíritu. El énfasis de la adoración en el Nuevo Testamento no está en la vestimenta del oficiante, en el templo, el rito, sino en su naturaleza verdadera y espiritual. Por consiguiente, en ninguna parte del Nuevo Testamento se especifica la forma del bautismo (inmersión o aspersión). Entonces, ¿por qué lo enfatizaríamos nosotros?

6) También es interesante notar que no hay un solo ejemplo de bautismo en el Nuevo Testamento que especifique explícita e inequívocamente la forma de bautismo (inmersión o aspersión) que se practica. De hecho, el contexto y algunos de estos ejemplos de bautismos hacen que la inmersión sea incluso poco probable. Este es el caso del bautismo de grandes multitudes en la ciudad de Jerusalén, donde el agua escaseaba (en 2: 37-41); eunuco en el desierto (); de Pablo en la casa de Judas, por Ananías (nada en el informe indica que salieron de la casa, Hch 9: 17-19); y el carcelero de Filipos (Hch 16: 30-33).

7) Los dibujos, grabados y pinturas más antiguos (de los siglos II y III) de escenas de bautismos cristianos representan el derramamiento de agua sobre el bautismo.

CONCLUSIÓN

1) El bautismo en agua fue instituido como sustituto de la circuncisión, como sacramento de iniciación en la iglesia visible de Cristo en el nuevo pacto, ya que el derramamiento de sangre ya no es necesario. Es, por tanto, “la circuncisión de Cristo” (cristiana).

2) El bautismo no es un certificado de salvación (no todos los bautizados son necesariamente salvos). No es un medio de salvación (la opera la salvación). No es esencial para la salvación (pero debe practicarse en obediencia al mandato de Cristo).

3) El bautismo es la señal visible y el sello del pacto de gracia, de la entrada a la iglesia visible, de nuestro solemne compromiso público con Cristo y su obra. A través de él, los miembros de la iglesia se distinguen visiblemente de otras personas como pueblo de Cristo y beneficiarios del pacto.

4) El símbolo del bautismo consiste no solo o específicamente en la inmersión (o muerte y resurrección), sino del lavamiento purificador y regenerador operado por el Espíritu Santo en el corazón de quien se arrepiente de sus pecados y cree en la eficacia y suficiencia de la obra de Cristo; y en su unión con Cristo y su cuerpo.

5) El modo del bautismo no es relevante. Puede ser tanto por inmersión como por aspersión. No obstante, consideramos que el bautismo por aspersión (o ablución) es exegéticamente e históricamente preferible, a la luz de las prácticas purificadoras (bautismos, lavamientos) del Antiguo Testamento e incluso de los ejemplos del Nuevo Testamento y del testimonio de la historia de la iglesia.


Fuente: Bautismo de niños, Editorial Puritanos. Usado con permiso. http://www.puritanos.com.br/

Traductor al español: Lenin MDS


[1] El reverendo Paulo Anglada es ministro presbiteriano desde hace más de 25 años. Tiene una Maestría en Teología por la Potchefstroom University (África del Sur) y un Doctorado en Ministerio por el Westminster Theological Seminary (EUA), autor de varios libros y artículos en revistas teológicas.

[2] Véase también Marcos 14: 22-26; Lucas 22: 14-20; y 1 Corintios 11: 23-26.

[3] Confesión de fe de Westminster 27.1

[4] Newman, Lectures on Justification, 257. Citado por Alexander Hodge, Outlines of Theology (Edimburgo: Banner of Truth, 1972), 625.

[5] Capítulo XXIII, párrafo V.

[6] Este es el uso común del genitivo (el genitivo descriptivo), usado como un adjetivo. Ej: toswmath aJmartiva - el cuerpo de pecado/pecaminoso (Rom. 6: 6); ejn tw / swvm ati th sarkov - en el cuerpo de la carne/carnal (Colosenses 1:22). Así también: al bavptisma jIwavnnou - el bautismo de Juan / Joanine (Mt 21:25).

[7] Este es el símbolo del bautismo: el lavamiento regenerador del creyente por el Espíritu Santo.

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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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