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Calvino y la Educación


Por Rev. Augustus Nicodemus Lopes

En 1536, Calvino presentó un plan al consejo municipal de Ginebra que incluía una escuela para todos los niños, en la que los niños pobres tendrían enseñanza gratuita. Era la primera escuela primaria obligatoria de Europa. En una de ellas las niñas eran incluidas junto con los niños7.

Calvino tenía una meta muy clara en cuanto a la educación. Deseaba que los alumnos de las escuelas de Ginebra fueran futuros ciudadanos bien preparados “en el lenguaje y en las humanidades”, además de recibir formación cristiana y bíblica.

El énfasis del currículo que él ayudó a elaborar recaía sobre las artes y las ciencias, además, obviamente, del énfasis en las Escrituras. Conforme declara Moore: “El principal propósito de la universidad [de Ginebra] era eminentemente práctico: Preparar a los jóvenes para el ministerio o para el servicio del gobierno”8.

La Obra del Espíritu Santo


Tomado del Libro La Obra del Espíritu Santo
Tomo 1
Por Abraham Kuyper

“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, Y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”.- Salmos 33: 6

La obra del Espíritu Santo que concentra más nuestra atención, es la renovación de los elegidos a la imagen de Dios. Y esto no es todo. Sabe, incluso, a egoísmo e irreverencia hacer esto tan sobresaliente, como si se tratara de Su única obra.

Los redimidos no pueden ser santificados sin Cristo, Quien es hecho santificación para ellos; por lo tanto, la obra del Espíritu debe abarcar la Encarnación del Verbo y la obra del Mesías.

Pero la obra del Mesías involucra una obra de preparación en los Patriarcas y Profetas de Israel, y más tarde, actividad en los Apóstoles, esto es, los presagios de la Eterna Palabra en las Escrituras. Así mismo, esta revelación involucra las condiciones de la naturaleza del hombre y el desarrollo histórico de la raza; por lo tanto, al Espíritu Santo le conciernen la formación de la mente humana y el desarrollo del espíritu de la humanidad. Por último, la condición del hombre depende de la de la tierra: las influencias del sol, la luna y las estrellas; los movimientos elementales; y no en menor medida, en las acciones de los espíritus, ya sean estos ángeles, o demonios de otras esferas. Por tanto, la obra del Espíritu debe alcanzar a la totalidad de las huestes del cielo y la tierra.

Para evitar una idea mecánica de Su obra, como si comenzara y terminara al azar, como un trabajo por pieza en una fábrica, no debe ser determinado ni limitado hasta que se extienda a todas las influencias que afectan la santificación de la Iglesia. El Espíritu Santo es Dios, por ende, soberano; consecuentemente, no puede depender de estas influencias, sino que las controla por completo. Para ello, Él debe ser capaz de operarlas; de modo que Su obra debe ser honrada en todas las huestes del cielo, en el hombre y en su historia, en la preparación de las Escrituras, en la Encarnación del Verbo y en la salvación de los escogidos.

Pero esto no es todo. La salvación final de los escogidos no es el último eslabón en la cadena de los acontecimientos. La hora en que se complete su rescate será la hora del juicio final para toda la creación. La revelación Bíblica del regreso de Cristo no es un mero desfile que da cierre a esta dispensa preliminar, sino el evento grandioso y notable, la consumación de todo lo previo, la catástrofe a través de la cual todo lo que existe recibirá lo que merece.

En ese día grande y notable, los elementos se combinarán con conmoción e imponente cambio, formando una tierra y un cielo nuevos, esto es, que de estos elementos en llamas surgirá la verdadera belleza y la gloria del propósito original de Dios. Entonces, toda enfermedad, miseria, plaga, todo lo impío, todo demonio, todo espíritu que se volvió en contra de Dios, se volverá verdaderamente infernal, y todo lo malvado recibirá lo que merece, es decir, un mundo en el cual el pecado ejerce dominio absoluto. Porque, ¿qué es el infierno sino un reino en el que lo profano opera en cuerpo y alma sin ninguna restricción? Entonces, la personalidad del hombre recuperará la unidad destruida por la muerte, y Dios concederá a Sus redimidos el cumplimiento de esa bendita esperanza confesada en la tierra, en medio de conflicto y aflicción, en las palabras “Yo creo en la resurrección del cuerpo”. Entonces, Cristo triunfará sobre todo poder de Satanás, el pecado y la muerte; y así, recibirá lo que le es justo como el Cristo. Entonces, el trigo y la cizaña serán separados, la mezcla llegará a su fin, y la esperanza del pueblo de Dios se convertirá en vista; el mártir estará extasiado y su Verdugo en tormento. Luego, el velo de la Jerusalén celestial será también corrido. Las nubes que nos impidieron ver que Dios era justo en todos Sus juicios se disiparán; entonces, la sabiduría y la gloria de todos Sus consejos serán reivindicadas, tanto por Satanás y los suyos en el abismo, como por Cristo y Sus redimidos en la ciudad de nuestro Dios, y el Señor será glorioso en todas Sus obras.

De este modo, radiante por la santificación de los redimidos, vemos que la obra del Espíritu abarca, en tiempos pasados, la Encarnación, la preparación de las Escrituras y la formación del hombre y del universo; y extendiéndose por las edades, el regreso del Señor, el juicio final, y ese último cataclismo que deberá separar el cielo del infierno para siempre.

Este punto de vista, impide que nuestra forma de ver la obra del Espíritu sea la de la salvación de los redimidos. Nuestro horizonte espiritual se ensancha, pues el asunto principal no es que los escogidos sean completamente salvos, sino que Dios sea justificado en todas Sus obras y glorificado por medio del juicio. Éste debe ser el punto de vista único y verdadero para todos aquellos que reconocen que “…el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan iii. 36).

Si se es partidario de esta poderosa declaración, no habiendo perdido nuestro camino en el laberinto de lo que se denomina una inmortalidad condicional, la que en realidad aniquila al hombre; entonces, ¿cómo se puede soñar con un estado de perfecta dicha para los escogidos, mientras que los perdidos están siendo atormentados por el gusano que no morirá? ¿Es que ya no queda más amor o compasión en nuestros corazones? ¿Podemos imaginarnos a nosotros mismos disfrutando por un solo momento de la dicha del cielo, mientras el fuego no se ha apagado y ninguna antorcha encendida es llevada a la oscuridad exterior?

Hacer que la dicha de los escogidos sea el fin último de todas las cosas, mientras Satanás aún ruge en el abismo insondable, es aniquilar el pensamiento mismo de esa dicha. El amor no sólo sufre cuando un ser humano está en dolor, sino incluso cuando un animal está en peligro; cuánto más cuando un ángel hace crujir sus dientes en la tortura, siendo él tan hermoso y glorioso como lo fue Satanás antes de su caída. Y, sin embargo, la sola mención de Satanás, levanta inconscientemente la carga de nuestros corazones por el dolor, el sufrimiento y la compasión del prójimo, pues sentimos de inmediato que el conocimiento del sufrimiento de Satanás en el abismo no atrae nuestra compasión en lo más mínimo. Por el contrario, creer que Satanás existe, pero que no se encuentra en la miseria absoluta, lastimaría nuestro profundo sentido de justicia.

Y este es el punto: imaginarse la bienaventuranza de un alma que no está en absoluta unión con Cristo, es profana locura. Nadie es bendito sino Cristo, y ningún hombre puede ser bendito, sino el que es substancialmente uno con Cristo- Cristo en él y él en Cristo. De igual modo, es profana locura concebir que hombre o ángel se encuentren perdidos en el infierno, a menos que ellos mismos se hayan identificado con Satanás; habiéndose convertido, desde el punto de vista moral, en uno con él. El concepto de que un alma que no sea moralmente uno con Satanás, se encuentre en el infierno, es la más terrible crueldad de la que todo noble corazón se repliega con horror.

Todo hijo de Dios se encuentra furioso con Satanás. Satanás resulta simplemente insoportable para ellos. En su hombre interior (no importando cuan infiel pueda ser su naturaleza), existe amarga enemistad y odio implacable contra Satanás. Por lo tanto, el saber que Satanás se encuentra en el abismo insondable satisface nuestra conciencia más sagrada. El alentar en nuestro corazón alguna defensa a favor de él, constituiría traición en contra de Dios. La indescriptible profundidad de la caída de Satanás, puede atravesar su alma de una agonía tan intensa como un puñal; sin embargo, como Satanás, autor de todo lo que es demoníaco y diabólico, y quien ha herido el talón del Hijo de Dios, él nunca podrá conmovernos. ¿Por qué? ¿Cuál es la única y profunda razón por la que, en lo que se refiere a Satanás, la compasión está muerta, el odio es correcto, y el amor sería condenable? ¿Es que acaso nunca podemos mirar a Satanás sin recordar que él es el enemigo de nuestro Dios, el enemigo mortal de nuestro Cristo? Si no fuera por ello, podríamos llorar por él. Pero ahora, nuestra lealtad hacia Dios nos dice que ese llanto sería traición en contra de nuestro Rey.

Sólo podemos permanecer en una posición correcta en esta materia si medimos el fin de las cosas por lo que le pertenece a Dios. Sólo podemos observar el tema de los redimidos y de los perdidos desde el punto de vista correcto, cuando los subordinamos a lo que es más alto, esto es, la gloria de Dios. Medido a través de Él, podemos concebir a los redimidos en un estado de dicha, en el trono, pero no en peligro de caer en orgullo; pues fue, y es y siempre será, únicamente por Su gracia soberana. Pero también medido a través de Él, es que podemos pensar en aquellos identificados con Satanás, en tristeza y desgraciados, sin dañar en absoluto el sentido de justicia que se halla en el corazón del recto; pues, para aquel que ama a Dios con amor profundo y eterno, es imposible inclinarse misericordiosamente hacia Satanás. Y ese es el amor de los redimidos.

Considerada desde este punto de vista, tan superior, la obra del Espíritu Santo asume necesariamente un aspecto diferente. Ya no podemos decir que Su obra es la santificación de los escogidos, con todo lo que le precede y le sigue; sino que confesamos que es la reivindicación del consejo de Dios con todo lo que le pertenece, desde la creación y a través de los tiempos, hasta la venida del Señor Jesucristo, y en adelante por toda la eternidad, tanto en el cielo como en el infierno.

La diferencia entre estos dos puntos de vista puede ser comprendida fácilmente. De acuerdo al primero, la obra del Espíritu Santo sólo se encuentra subordinada. Lamentablemente, el hombre se encuentra caído, y por lo tanto, está enfermo. Debido a que es impuro y profano, incluso sujeto a la muerte misma, el Espíritu Santo debe purificarlo y santificarlo. Esto implica, en primer lugar, que si el hombre no hubiera pecado, el Espíritu Santo no habría tenido trabajo que hacer. En segundo lugar, que cuando el trabajo de santificación es acabado, Su acción llega a término. De acuerdo al punto de vista correcto, la obra del Espíritu es continua y eterna, comenzando con la creación, continuando durante toda la eternidad, comenzada incluso antes de que el pecado hiciera su primera aparición.

Se puede objetar que algún tiempo atrás, el autor se opuso enérgicamente a la idea de que Cristo hubiera venido al mundo aun si el pecado no hubiera entrado en él; y que ahora afirma con igual énfasis que el Espíritu Santo hubiera obrado en el mundo y en el hombre, si éste último se hubiera mantenido libre de pecado.

La respuesta es muy simple. Si Cristo no hubiera aparecido en Su calidad de Mesías, como Hijo, la Segunda Persona de la Divinidad, hubiera tenido Su propia esfera de acción divina, ocupándose de que todas las cosas fueran constituidas a través de Él. Por el contrario, si la obra del Espíritu Santo estuviera confinada a la santificación de los redimidos, y si el pecado no hubiera entrado al mundo, Él se encontraría absolutamente inactivo. Y puesto que esto sería equivalente a una negación de Su Divinidad, no puede ser tolerado ni por un momento.

Al ocupar este punto de vista superior respecto de la obra del Espíritu Santo, se le aplica el principio fundamental de las iglesias Reformadas: "Que todas las cosas deben ser medidas por la gloria de Dios".


bY LeMS

Nuestro Padre

 
Por R. C. Sproul, Sobre la Oracion
Una Parte de la serie Article
Traducción por Ana Villoslada

Mi primera clase en Free University de Ámsterdam echó por tierra mi autocomplacencia académica. Fue un shock cultural, una prueba de contrastes que comenzó en el momento en que el profesor, el Dr. G.C. Berkouwer entró en la sala. Cuando apareció por la puerta, todos los estudiantes se pararon firmes mientras subía los peldaños del estrado, abría su cuaderno de notas y en silencio, asentía para que los estudiantes se sentaran. Entonces, comenzaba a dar su clase y los estudiantes, en un silencio sagrado, escuchaban obedientemente y tomaban notas durante una hora. Nadie se atrevió nunca a interrumpir o distraer al profesor atreviéndose a levantar la mano. La sesión estaba dominada por una sola voz: la voz a la que todos prestábamos atención.

Al terminar la clase, el profesor cerraba su cuaderno, descendía del estrado y se iba apresuradamente, no sin que antes los estudiantes se hubiesen puesto una vez más de pie en su honor. No había conversaciones, no había citas para después, no había cotilleos. Ningún estudiante se dirigió nunca al profesor excepto en los exámenes orales privados que estaban programados.

Cuando tuve mi primer examen de ese tipo estaba aterrorizado. Fui a la casa del profesor esperando pasar un calvario. Pero a pesar de lo exigente del examen, no lo fue. El doctor Berkouwer se mostró amable y acogedor. Como si fuera mi tío, me preguntó por mi familia. Se mostró muy preocupado por mi bienestar y me pidió que le preguntase lo que quisiera.

De cierta manera, esta experiencia fue como probar un poco del cielo. Naturalmente, el profesor Berkouwer era mortal; pero era un hombre con una inteligencia titánica y conocimientos de enciclopedia. Yo no me encontraba en su casa para enseñarle o para discutir con él: él era el profesor y yo el estudiante. Talvez no había nada del mundo de la teología que él pudiera aprender de mí, y aún así, me estuvo escuchando como si realmente pensase que yo podía enseñarle algo. Se tomaba muy en serio mis respuestas ante sus sagaces preguntas. Era como si un padre cariñoso le estaría preguntando cosas a su hijo.

Esta situación es la mejor analogía humana en la que puedo pensar para darle respuesta a la vieja pregunta de: Si Dios es soberano, ¿para qué hay que orar? No obstante, tengo que decir que esta analogía no es comparable. Aunque Berkouwer me sobrepasaba con su conocimiento, éste no era infinito sino limitado. En ningún caso era omnisciente.

De forma contraria, cuando hablo con Dios, no estoy hablando simplemente con un Gran Profesor en el Cielo. Estoy hablando con alguien que posee todo el conocimiento, alguien que no va a aprender nada de mí que Él no sepa ya. Él conoce todo lo que se puede conocer, incluyendo todo lo que tengo en mi cabeza. Él ya sabe todo lo que tengo que decirle antes de que se lo diga. Él sabe lo que va a hacer antes de que lo haga. Su conocimiento es soberano porque Él es soberano. Su conocimiento es perfecto, inalterable.

Aunque a veces la Biblia se limita al lenguaje humano expresando la idea de que Dios cambia su parecer, cede o se arrepiente de Sus planes, en otros lugares ésta nos recuerda que las formas de expresión humanas son sólo eso, y que Dios no es hombre para que se arrepienta. En Él no hay atisbo de cambio. Su consejo permanece por siempre. Él no tiene un plan B. Un plan B es un plan “de emergencia”, y aunque Dios conoce todas las situaciones de emergencia, para Él mismo no existen tales.

La gente se pregunta: ¿la oración cambia la voluntad de Dios? Hacer esa pregunta es responderla. ¿Qué clase de Dios podría verse influenciado por mis oraciones? ¿Cómo podrían mis oraciones cambiar Sus planes? ¿Puede ser que yo le dé a Dios alguna información que Él no tenga ya? O ¿podría persuadirle de hacer algo de una forma más excelente gracias a mi sabiduría superior? Por supuesto que no. No estoy capacitado en absoluto para ser el mentor de Dios o su asesor en la toma de decisiones. Por tanto, la respuesta es sencillamente que la oración no cambia la voluntad de Dios.

Pero supongamos que preguntamos sobre la relación entre la soberanía de Dios y nuestras oraciones de una manera ligeramente distinta: ¿La oración cambia las cosas? La respuesta ahora se convierte en un enérgico “¡Sí!”. Las Escrituras nos dicen que "La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Santiago 5:16). Este texto declara que la oración es efectiva, no un ejercicio piadoso de inutilidad. Lo que es inútil no logra nada. Sin embargo, la oración logra mucho. Lo que logra mucho nunca es inútil.

¿Qué logra la oración? ¿Qué cambia? En primer lugar, mis oraciones me cambian. El propósito de la oración no es cambiar a Dios. Él no cambia porque no necesita cambiar, pero yo sí. Igual que las preguntas del doctor Berkouwer no eran para su beneficio sino para el mío, mi tiempo con Dios es para mi edificación, no para la de Él. La oración es uno de los grandes privilegios que se nos dio junto con la justificación. Una de las consecuencias de nuestra justificación es que tenemos acceso a Dios. Hemos sido adoptados en Su familia y hemos recibido el derecho a dirigirnos a Él llamándole Padre. Somos alentados a acudir a Su presencia confiadamente (existe por supuesto una diferencia entre confianza y arrogancia).

Pero la oración también cambia cosas. En términos prácticos, podemos decir que la oración funciona. Aquello que es efectivo es aquello que provoca o produce efectos. En teología, se distingue entre causalidad primaria y secundaria. La causalidad primaria es la fuente de poder de todas las causas. Cuando la Biblia dice "porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28), indica que sin la providencia de Dios que nos sustenta, no tendríamos ninguna fuerza para vivir, movernos o existir. Toda la fuerza que nosotros tenemos es secundaria; siempre depende de Dios para su eficacia final, pero aun así, es real. La oración es uno de los medios que usa Dios para que se cumpla la voluntad que Él dispone. Esto quiere decir que Dios no solamente dispone propósitos, sino también los medios que Él usa para que se cumplan esos propósitos.

Dios no necesita que prediquemos para salvar a Su pueblo. Aun así, ha elegido obrar mediante la predicación. Él es el que da poder a nuestra predicación humana mediante Su propio poder. Él da poder a nuestras oraciones para que después de que hayamos orado, podamos apartarnos y ver cómo desata Su poder en y por medio de nuestras oraciones.

Oramos con esperanza y confiadamente no sólo por la soberanía de Dios, sino a causa de ella. Lo que sería una pérdida de aliento y de tiempo sería orar a un dios que no fuera soberano.
Fuente: http://es.gospeltranslations.org/wiki/Nuestro_Padre

bY LeMS

Jesus es Dios parte (2)

 
Identificación con los nombres de Dios

Él tiene nombres divinos, los cuales están reservados sólo para la deidad:

Mt. 1:16. Cristo (griego), Mesías (hebreo).
Mt. 1:23. “Emanuel Dios con nosotros.”
Mt. 3:3. Preparad el camino del SEÑOR (Kurios). Kurios se refiere a Dios (Sal 110).
Mt. 3:1. Hijo amado (del Padre). Para que Dios el Padre sea eternamente Padre es necesario que eternamente haya tenido un Hijo, de lo contrario no podría ser eternamente Padre.
Mt. 26:64. Hijo del Hombre (esa era una razón suficiente para que los judíos condenaran a Jesús a muerte).
Mc. 1:1. Hijo de Dios.
Mc. 2:28. Señor del día de reposo.

Las declaraciones YO SOY, se refieren a YHWH (Éxodo 3:14) YO SOY
EL QUE SOY.

Jn. 6:35, 48, 51. YO SOY el pan de vida.
Jn. 8:12, 9.5. YO SOY la luz del mundo.
Jn. 8:58. Antes que Abraham fuese, YO SOY.
Jn. 10: 7, 9. YO SOY la puerta de las ovejas.
Jn. 10:11,14. YO SOY el buen pastor.
Jn. 11:25. YO SOY la resurrección y la vida.
Jn. 14.6. YO SOY el camino, y la verdad, y la vida.
Jn. 15.1. YO SOY la vid verdadera.
Él se asocia directamente con ELOHIM en tres formas.

Elohim es creador, Su nombre es plural, y es Eterno.

Jn. 1:2-3. Todas las cosas por él fueron. Elohim es el Dios creador.
Mt. 28:19. Elohim es plural. Jesús comisionó a sus discípulos a ir a las naciones en el nombre de las tres personas de la Trinidad.

Esto explica el misterio de la pluralidad del nombre de Elohim.
Ap.1:8. Él es el principio y el fin.

Jesús en el Antiguo Testamento es asociado Con Dios

Pasajes acerca del Ángel del Señor.(El Ángel del Señor es Jesús preencarnado)

Gn. 16:7-10 El ángel del Señor le dijo a Agar que regresara donde Sarai.
Gn. 22:11-13. El ángel del Señor impide que Abraham sacrifique a Isaac.
Gn. 32: 24-30. Luchó con Jacob.
Ex. 3:1-8. Habló a Moisés desde la zarza ardiendo.
Ex. 14:19,20. Protegió al pueblo de Israel del ejército enemigo.
Ex. 23: 20-23. El ángel del Señor prepara al pueblo de Israel para entrar la tierra prometida.
Nm.22:22-35 Bloqueó el paso a los seguidores de Balaam.
Jos. 5:13-15. El ángel del Señor habla con Josué.
Jue. 2:1-3. El ángel del Señor anuncia juicio contra Israel.
Jue. 6:11-14. Dice a Gedeón que pelee en contra de los madianitas.
1 R. 19:4-8. Proveyó alimento para Elías en el desierto.
1 Cor. 21:16-22. Se apareció a David en la era de Ornán.
Is. 37:36 Liberó a los ciudadanos del ejército asirio.
Dn. 3:25. Protegió a los tres israelitas en el horno de fuego.
Mal. 3:1. Es identificado como el ángel del pacto que vendrá con juicio (a juzgar).

Las profecías mesiánicas cumplidas en Cristo.

Gn. 3:15. Él es la simiente de la mujer (Gá. 4.4), todos aquellos nacidos de nuevo según las promesas de Dios son parte del linaje.
Gn. 12:3 Él es el hijo de Abraham (Mt .1:1), Jesús es el objeto de la fe.
Gn. 17:19. Él es descendiente de Isaac (Lc. 3.34) , Jesús nació de acuerdo a la promesa.
Gn. 49:10. Él es el cetro de Judá (Lc.3.33): Jesús es rey.
Nm. 24: 17. Él es descendiente de Jacob (Mt. 1:2).
Dt. 18:5. Él será el profeta más importante (Hch. 3:20,22).
2 S. 7:16 Él será el rey más importante. Jesús es un rey soberano absoluto.
Job 19:25. El redentor vendría (Ro. 3:24): Jesús nos compró con su sangre.
Sal. 2:7. Es declarado Hijo de Dios (Mt. 3:17): segunda persona de la tri-unidad.
Sal. 8:2. Es adorado por los niños (Mt. 21:15,16): sólo se adora a lo divino.
Sal. 45:6,7; 102.25-27. Él es eterno y ungido (Heb. 1:8-12): sólo Dios es eterno. Sal. 109:4. Él intercede (Lc.23:34): es nuestro sumo sacerdote siempre.
Sal. 110. Será el gran sumo sacerdote (Heb.5:5,6).
Pr. 30:4. Es el Hijo de Dios (Jn. 3:16).
Is. 7:14. Nació de una virgen (Lc. 1:26,27,30,31): mantuvo su divinidad.
Is.9:7. Heredero del trono de David (Lc.1:32,33): es el rey venidero.
Is.42:1-4. Será el siervo sufriente (Mt. 27:46): ejemplo de humildad.
Is. 53:5. Será la expiación por los pecadores (Ro. 15:6,8): pagó la sentencia por los pecadores.
Is. 53:3 Fue rechazado por su propia gente(Jn. 1:11): fue rechazado por todos (Ro. 3:10, 23).
Is. 61:1,2. Vino a sanar a los quebrantados de corazón (Lc.4:18, 19): tiene un ministerio de sanidad.
Jer. 23:5-6. Él será nuestra justicia (Ro. 3:22): Él es justo, en él hay mjusticia.
Dn. 9:25. El tiempo de su nacimiento fue profetizado (Lc.2:1-2).
Mi. 5:2. El lugar de su nacimiento fue profetizado: nació en Belén
(Lc.2:4,5,7).

Muerte de Jesús

Su muerte fue requerida por los judíos primero, por sus propios teólogos, que estaban convencidos de que las declaraciones de Jesús acerca de su divinidad eran blasfemia. Si Jesús tenía razón, ellos por lo tanto estaban equivocados. Si Jesús no es divino, si él no es Dios, entonces seguimos a un falso profeta. ESO ES UN
ESCÁNDALO AL EVANGELIO. Debemos creer que lo que Jesús decía era la verdad o que Jesús era un lunático que murió en vano.

Mt. 26.63. Fue acusado por declarar que era el Hijo de Dios, el Cristo (Mesías).
Mt. 26.64. Jesús dijo que era el Hijo del Hombre que vendría de nuevo. Eso fue considerado una blasfemia.

Blaise Pascal..."Jesucristo es el centro de todo, y el objeto de todo, y el que no Lo conoce no sabe
nada de la naturaleza, y nada de sí mismo."

bY LeMS

Jesus es Dios parte (1)

 
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Adoración de Jesús


Mt. 2:11. Los magos lo adoraron. Sólo Dios debe ser adorado.
Mt. 21:15,16. Él fue adorado y alabado por los niños.
Fil. 2:.9-11. Él es Señor, todos deben arrodillarse ante Él. Eso es una expresión de adoración.
Ap. 4 y 5. Él, junto al Padre y el Espíritu Santo son adorados.
Ap. 19:10. Sólo Dios debe ser adorado.


Biblia. El testimonio de las Escrituras de que Jesús no es.

Jn. 1:14. No es la misma persona divina que el Padre.
Jn. 14:16-17. No es la misma persona divina que el Espíritu Santo.
Lc. 24.39. No es sólo un espíritu, sino ambos cuerpo y espíritu.
1 Cor. 15:14. No está muerto sino resucitado.
Heb. 1:1-3. Es más grande que los profetas y patriarcas.
Heb. 1: 4-14. No es un ángel.
1 Jn. 4:3 No es solamente Dios, también es hombre.
Sal.130. No tiene sólo naturaleza divina, sino humana y divina.

Jesucristo, el Señor, es una sola persona divina con dos naturalezas: una divina y otra humana. Él es el Hijo de
Dios, la segunda persona en el orden voluntario de la Trinidad.

Cartas de los apóstoles

Col.1:15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.
1 P.1:2. Un saludo trinitario.
2 P. 1:1. “Dios y Salvador Jesucristo”. Dios y Salvador están conectados.
Col.2:9. “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”
Ro. 9:5. Él es “Dios sobre todas las cosas”.
Tit. 2:13. “...nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”.
2 Cor. 12:8-9. Pablo ora a Él personalmente. Uno debe solamente orar a Dios.
2 Cor. 13:14. Él es la fuente de gracia divina, que sólo viene de Dios. Una vez más es mencionado junto a las otras personas de la trinidad.
Flp.2:5, 6. “...en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres...”
Heb. 1:5. Él no es un ángel sino un Hijo.
Heb. 1:6. Él es adorado, algo que sólo se da a Dios.
Heb. 1:8-9. El Hijo es llamado Dios.
Heb. 1:10. Es llamado Señor.
Stg. 2:1. Glorioso Señor Jesucristo.
Ap. 1:8. Él es el Alfa y la Omega, eterno

Declaraciones de Cristo sobre sí mismo

Mt. 4:7. “No tentarás al Señor tu Dios”. Era Jesús el que estaba siendo tentado, no el Padre.
Mt. 4:10. “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.” Satanás tenía que someterse a lo que Jesús decía.
Mt. 5:22. “Pero yo os digo”. Jesús enseñaba con autoridad divina. Los profetas hubiesen dicho: “ Así ha dicho el Señor”.
Mt. 7:21. “No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el reino de los cielos...” Sólo Dios tiene el derecho de determinar quien va al cielo y quién no.
Mt. 9:2 “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.”
Mc. 2:1-12. Él tiene la autoridad para perdonar pecados.
Jn. 1:1-5. Él es el creador. El mundo fue hecho a través de Él. Sólo Dios es creador.
Jn. 3:16. Él es unigénito (no creado).

Las declaraciones YO SOY, se refieren a YHWH (Éx. 3:14)

YO SOY EL QUE SOY.

Jn. 8:58. Antes que Abraham fuese, YO SOY.
Jn. 10:30. “Yo y el Padre (pluralidad) uno somos (unidad).
Jn. 14:1. “...creéis en Dios, creed también en mí.” El objeto de la fe es Dios y nadie más.
Jn. 14:11 “...creedme por las mismas obras.” Jesús hizo las obras de Dios.
Jn. 14:14 “Si algo pidiereis en mi nombre yo lo haré.”
Jn. 14:23. “...y vendremos a él, y haremos morada con él.”

Los Evangelios testifican de Jesús

Jn. 1:1. Él es el verbo eterno.
Jn. 1:14. Él es unigénito (no creado).
Jn. 1:18. Él es unigénito (no creado).
Mt. 4:16-17. El Padre identifica al Hijo de Dios y el Espíritu Santo lo unge como Mesías (El Ungido).
Jn. 20:28. Tomás dijo: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Por Fe. Un testimonio Personal

Mt. 16:15. Él les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Gran comisión

La gran comisión fue el último mandato de Cristo a sus discípulos.

Mt. 28:19. Jesús comisionó a sus discípulos a ir a las naciones en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Las tres personas divinas que son consideradas Dios. Vemos la tri-unidad. Tres se refiere a las tres distintas personas divinas y unidad se refiere a la unidad en esencia como Dios. Los cristianos están llamados a someterse a los tres nombres en el bautismo y en las enseñanzas.

Humanización del Hijo de Dios

La encarnación o la humanización del hijo de Dios no es algo que los seres angélicos o animales pueden hacer. Sólo Dios puede hacerlo.

Lc. 1:35 La concepción del Espíritu Santo
Lc. 24:39 Su resurrección fue hecho por Dios
Jn. 5:30 Su misión es hacer la voluntad del Padre
Heb. 2:17,18; 4:15,16; 5:2,7-9 Él es humano como nosotros

Ver parte 2

bY LeMS

SU OMNISCIENCIA



DIOS VE Y SABE

Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos.

Proverbios 15:3 La palabra omnisciente significa “que lo sabe todo”. Las Escrituras declaran que los ojos de Dios lo recorren todo (Job 24:23; Salmos 33:13–15, 139:13–16; Proverbios 15:3; Jeremías 16:17; Hebreos 4:13).

Él escudriña todos los corazones y observa los caminos de todos (1 Samuel 16:7; 1 Reyes 8:39; 1 Crónicas 28:9; Salmo 139:1–6, 23; Jeremías 17:10; Lucas 16:15; Romanos 8:27; Apocalipsis 2:23). En otras palabras, lo sabe todo acerca de todo y de todos, todo el tiempo. Además, conoce el futuro con tanta seguridad como el pasado y el presente, y tanto los sucesos posibles que nunca tendrán lugar, como los sucesos reales que sí se producen (1 Samuel 23:9–13; 2 Reyes 13:19; Salmo 81:14–15; Isaías 48:18). Tampoco necesita tener “acceso” a informa­ción alguna sobre las cosas, como una computadora haría para sacar un documento de un archivo; todo su conocimiento está siempre ante su mente de manera inmediata y directa. Los escritores bíblicos mantienen un profundo temor reverencial ante la capacidad de la mente divina al respecto (Salmos 139:1–6; 147:5; Isaías 40:13–14, 28; cf. Romanos 11:33–36). El conocimiento de Dios está unido a su soberanía; Él conoce todas y cada una de las cosas, tanto en ellas mismas como en su relación con las demás, porque fue Él quien las creó, las sostiene y las hace funcionar en cada momento de acuerdo con su plan para ellas (Efesios 1:11). La idea de que Dios pueda saber, y conocer de antemano todo, sin controlarlo todo, nos parece no sólo contraria a la Biblia, sino carente de sentido.

Al creyente cristiano, el conocimiento de la omnisciencia de Dios le debe producir la seguridad de que Él no lo ha olvidado, sino que está cuidando de él, y seguirá haciéndolo, de acuerdo con sus promesas (Isaías 40:27–31). En cambio, para cualquiera que no sea cristiano, la verdad del conocimiento universal de Dios debe ser causa de temor, porque le servirá para recordar que no es posible esconderse a sí mismo, ni a sus pe­cados, de la vista de Dios (Salmos 139:7–12; 94:1–11; Juan 1:1–12).


bY LeMS

La Omnisciencia de Dios

“ No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia. Más bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. (Heb. 4:13).

Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo lo real, todos los acontecimientos y todas las criaturas del pasado, presente y futuro. Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos los seres que están en el cielo, en la tierra y en el infierno (Dan. 2:22). “Conoce lo que hay en las tinieblas”.

Nada escapa a su atención, nada puede serle escondido, no hay nada que pueda olvidar. Bien podemos decir con el salmista: (Sal. 139:6). “Tal conocimiento me es maravilloso; tan alto que no lo puedo alcanzar” Su conocimiento es perfecto; nunca se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto alguna cosa. ¡Sí, tal es Dios al que tenemos que dar cuenta!

Sal. 139:2-4; “Tú conoces cuando me siento y cuando me levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme has considerado; todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y tú, oh Jehová, ya la sabes toda”. ¡Qué maravilloso ser es el Dios de la Escritura! Cada uno de sus gloriosos atributos debería de honrarle en nuestra estimación.

La comprensión de su omnisciencia debería de inclinarnos ante El en adoración. Con todo ¡Cuán poco meditamos en su perfección divina! ¿Es ello debido a que, aun el pensar en ella, nos llena de inquietud?

¡Cuán solemne es este hecho; nada puede ser escondido a Dios, (Eze. 11:5). “Diles yo he sabido los pensamientos que suben de vuestros espíritus” Aunque sea invisible para nosotros, nosotros no lo somos para él. Ni la oscuridad de la noche, ni la más espesa cortina, ni la más profunda prisión pueden esconder al pecador de los ojos de la Omnisciencia. Los árboles del huerto fueron incapaces de esconder a nuestros primeros padres.

Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a su hermano, pero su Creador fue testigo del crimen. Sara podía reír por su incredulidad oculta en su tienda, mas Jehová la oyó. Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente bajo la tierra pero Dios lo sacó a la luz (Jos. 7). David se tomó mucho trabajo en esconder su iniquidad, pero el Dios que todo lo ve no tardó en mandar uno de sus siervos a decirle: (2Sam. 12). “Tú eres aquel hombre”. Y a las tribus que quedaban al oriente del Jordán se les dice: (Núm. 32:23). “Pero si no lo hacéis así, he aquí que habréis pecado contra Jehová, y sabed que vuestro pecado os alcanzará”.

Si pudieran los hombres despojarían a la Deidad de su omnisciencia; ¡Qué prueba esta de que “la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8:7). Los hombres impíos odian esta perfección divina que, al mismo tiempo, se ven obligados a admitir.

Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el Escudriñador de sus corazones, el Juez de sus acciones. Intentan quitar de sus pensamientos a un Dios tal: (Os. 7:2).“Y no dicen en su corazón que tengo en la memoria toda su maldad” ¡Cuán solemne es el octavo versículo del Salmo 90! Todo aquel que rechaza a Cristo tiene buenas razones para temblar ante él: “Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro.

Pero la omnisciencia de Dios es una verdad llena de consolación para el creyente. En la perplejidad, dice a Job: “Más él conoció mi camino” (Job 23:10). Esto puede ser profundamente misterioso para mí, completamente incomprensible para mis amigos pero, ¡él conoce nuestra condición; “se acuerda que somos polvo” (Sal. 103:14).

Cuando nos asalten la duda y la desconfianza acudamos a este mismo atributo, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame por el camino eterno” Sal. 139:23,24.

En el tiempo de triste fracaso, cuando nuestros actos han desmentido a nuestro corazón, nuestras obras repudiado a nuestra devoción, y hemos oído la pregunta escrutadora que escuchó Pedro: “¿Me amas?", hemos dicho como Pedro: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo” (Juan 21:17). Ahí hallamos estímulo para orar. No hay razón para temer que las peticiones de los justos no sean oídas, ni que sus lágrimas y suspiros escapen a la atención de Dios, ya que él conoce los pensamientos e intenciones del corazón.

No hay peligro de que un santo sea pasado por alto en la multitud de aquellos que cada día y cada hora presentan sus peticiones, porque la Mente infinita es capaz de prestar la misma atención a millones, que a uno solo de los que buscan su atención. Asimismo la falta de un lenguaje apropiado y la incapacidad de dar expresión al más profundo de los anhelos del alma no comprometerá nuestras oraciones, porque “Y sucederá que antes que llamen, yo responderé; y mientras estén hablando, yo les escucharé”. (Isa. 65:24). “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; su entendimiento es infinito”. (Sal. 147:5).

Dios, no solamente conoce todo lo que sucedió en el pasado en cualquier parte de sus vastos dominios, y todo lo que ahora acontece en el universo entero, sino que, además, El sabe todos los hechos, desde el más insignificante hasta el más grande, que tendrán lugar en el porvenir. El conocimiento del futuro por parte de Dios es tan completo como completo es su conocimiento del pasado y el presente; y esto es así porque el futuro depende enteramente de él. Si algo pudiera en alguna manera ocurrir sin la directa agencia o el permiso de Dios, ello sería independiente de él, y Dios dejaría, por tanto, de ser Supremo.

El conocimiento Divino del futuro no es una simple idealización, sino algo inseparablemente relacionado con su propósito y acompañado del mismo. Dios mismo ha designado todo lo que ha de ser, y lo que él ha designado debe necesariamente efectuarse. Como su Palabra infalible afirma: “él hace según su voluntad con el ejército del cielo y con los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su mano ni quien le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35), Y (Prov. 19:21): “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá”.

El cumplimiento de todo lo que Dios ha propuesto está absolutamente garantizado, ya que su sabiduría y poder son infinitos. Que los consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad tan grande como lo es que el Dios tres veces Santo mienta. En lo relativo al futuro, nada hay incierto en cuanto a la realización de los consejos de Dios. Ninguno de sus decretos, tanto los referentes a criaturas como a causas secundarias, es dejado a la casualidad. No hay ningún suceso futuro que sea solo una simple posibilidad, es decir, algo que pueda acontecer o no: “Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras” (Hech. 15:18). Todo lo que Dios ha decretado es inexorablemente cierto, “porque en él no hay mudanza ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre tanto del futuro, se nos habla de “cosas que deben suceder pronto” (Apoc. 1:1).

El perfecto conocimiento por Dios de todas las cosas es ejemplificado e ilustrado en todas las profecías registradas en su Palabra. En el A.T., se encuentran docenas de predicciones relativas a la historia de Israel que fueron cumplidas hasta en los más pequeños detalles siglos después de que fueran hechas. Ahí, también, se hayan docenas prediciendo la vida de Cristo en la tierra, y estas también fueron cumplidas literal y perfectamente. Tales profecías sólo podían ser dadas por Uno que conocía el final desde el principio, y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta de la realización de todo lo preanunciado.

De la misma manera, tanto el Antiguo como el N.T., contienen muchos anuncios todavía futuros, los cuales deben cumplirse porque fueron dados por Aquel que los decretó. Pero debe señalarse que ni la omnisciencia de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados en si mismos, son la causa. Jamás, sucedió o sucederá, algo simplemente porque Dios lo sabía. La causa de todas las cosas es la voluntad de Dios.

El hombre que realmente cree las Escrituras sabe de antemano que las estaciones continuarán sucediéndose con segura regularidad hasta el final de la tierra: (Gén. 8:22), “Mientras exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” pero su conocimiento no es la causa de esta sucesión.

Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que las cosas son o serán, sino de que él las ha ordenado de ese modo. Dios conocía y predijo la crucifixión de su Hijo mucho siglos antes de que se encarnara, y esto era así porque, en el propósito Divino, El era el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, de ahí que leamos que fue “entregado por determinado consejo y providencia de Dios” (Hech. 2:23). El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de asombro.

¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio de los hombres es el eterno! Ninguno de nosotros conoce lo que el día de mañana nos traerá; pero el futuro entero está abierto a su mirada omnisciente. El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de santo temor. Nada de lo que hacemos, decimos, o incluso pensamos, escapa a la percepción de Aquel a quien tenemos que dar cuenta: “Los ojos de Jehová están en todo lugar mirando a los malos y a los buenos” (Prov. 15:3) ¡Que freno significaría esto para nosotros si meditáramos más a menudo sobre ello!

En lugar de actuar indiferentemente, diríamos, con Agar: “Tú eres un Dios que me ve” (Gén. 16:13). La comprensión del infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración y decir: Mi vida entera ha permanecido abierta a su mirada desde el principio.

El previo todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias; sin embargo, así y todo, fijó su corazón en mi. La comprensión de este hecho, ¡cómo debe postrarme en admiración y adoración delante de él!

bY LeMS
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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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