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¿Soy Predestinado?


Lutero y Calvino hablan de los Peligros de Especular con respecto a la
Elección Aparte de Cristo

© 2006, Modern Reformation Magazine, “¿Ha Fracasado Dios?” (Septiembre / Octubre,
Edición 2006, Vol. 15.5).

En 1524 Erasmo de Rótterdam decidió involucrar al famoso Martín Lutero en un debate con respecto al libre albedrío y la salvación. Siendo crítico del enfoque de Lutero orientado a la gracia, Erasmo advertía que los Cristianos no debían “por medio de la investigación irreverente involucrarse en aquellas cosas que son ocultas, por no decir superfluas.” Entre la lista de debates irreverentes o superfluos, Erasmo incluía la cuestión de “si nuestra voluntad logra algo en lo que atañe a la salvación eterna.” Esta afirmación no le cayó nada bien a Lutero quien en 1525 publicó su libro La Esclavitud de la Voluntad como respuesta a las quejas de Erasmo. “Este es el tema cardinal entre nosotros, el punto sobre el cual gira todo en esta controversia,” escribió Lutero. “Pues si soy ignorante de qué, de cuán lejos, y cuanto puedo y debo hacer en relación con Dios… no puedo adorar, alabar, agradecer y servir a Dios, puesto que no se cuánto debo atribuirme a mí mismo y cuánto a Dios.”


A lo largo de La Esclavitud de la Voluntad, Lutero presenta su caso de que uno no puede tener una visión estable de la gracia de Dios a menos que se halle anclada en la doctrina de la elección. Él argumenta, por ejemplo, que un hombre no experimentará una desesperación completa con respecto a sí mismo y sus propias obras hasta que “no dude que todo depende de la voluntad de Dios.” De modo que, el conocimiento de la voluntad soberana de Dios es la única medicina lo suficientemente fuerte como para matar el virus del orgullo humano en el esquema de Lutero. “Pues en tanto que [uno] esté persuadido de que no puede hacer lo más mínimo en dirección de su salvación, se queda con algo de autoconfianza y no se desespera totalmente con respecto a sí mismo, y por lo tanto no se humilla delante de Dios, sino que presume que existe… algún lugar, tiempo y obra para él, por la cual podrá, al fin, conseguir la salvación.”

Pero, ¿quizás esta medicina sea un poco demasiado fuerte? Pues con frecuencia, cuando los Cristianos comienzan a considerar el hecho de que la salvación se halla fuera de sus manos, comienzan a cuestionar si pertenecen o no al número de los elegidos de Dios, de modo que se desesperan y dudan que ellos mismos sean verdaderamente salvos. La palabra que Lutero usaba para describir este tipo de ansiedad era Anfechtungen, pues él personalmente batalló con esta cuestión por algún tiempo. Luego de caer repetidamente en la trampa de especular sobre la predestinación aparte de Cristo, Lutero admite de manera sincera, “yo… en realidad llegué al punto de imaginar que Dios es un pícaro.” Pero la angustia de Lutero con respecto a la predestinación fue atendida por los buenos consejos de Staupitz, el mentor de Lutero, tal y como lo recuerda durante una de sus charlas: Staupitz dijo, “si quieres disputar con respecto a la predestinación, comienza con las heridas de Cristo, y la discusión cesará. Pero si sigues debatiendo sobre ello, perderás a Cristo, la Palabra, los sacramentos, y todo.” Lutero encontró en el consejo de Staupitz algo de gran valor, a saber, que todos nuestros pensamientos con respecto a la elección y la predestinación deben estar anclados en Cristo.

Una y otra vez el reformador comparte el sano consejo que recibió, advirtiendo a sus lectores a no “preocuparse por las muchas personas en el mundo que no son escogidas. Si no sois cuidadosos, ese cuadro les afectará muy rápidamente y será su perdición.” En vez de eso, hemos de “mirar el cuadro celestial de Cristo, quien descendió al infierno por causa de vosotros y fue abandonado por Dios… En ese cuadro vuestro infierno es derrotado y su elección incierta se hace segura.” Sólo de esta manera la gracia electiva de Dios llega a ser para nosotros una doctrina de gran consuelo y gozo. Pero incluso aquí, Lutero aún nos ofrece palabras de cautela, “El antiguo Adán debe estar totalmente muerto antes de poder soportar este asunto y beber de este vino tan fuerte. Por lo tanto, aseguraos de que no bebáis vino mientras aún sois unos bebés en el seno.”

Un componente crucial de la exposición de la doctrina de la predestinación por parte de
Lutero es la distinción entre las cosas ocultas y las cosas reveladas. Basándose en el texto de Deuteronomio 29:29, Lutero les recordaba continuamente a sus lectores que “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.” Por lo tanto, el Cristiano no debiese tratar de buscar a Dios en su “majestad desnuda,” sino más bien buscarle solo en tanto que Él se haya vestido y revelado a Sí mismo. Especular con respecto a la predestinación de uno era peligroso para Lutero porque equivalía a entrar sin autorización en las cámaras secretas de Dios, mientras que enfocarse en Cristo y encontrar la elección de uno en Él era descansar en las cosas reveladas de Dios. Note por ejemplo como Lutero emplea esta distinción en uno de sus sermones sobre Juan 3:16. Dirigiéndose al tipo de persona que dice, “Soy un pecador demasiado grande, ¿y quién sabe si soy predestinado?” Lutero responde diciendo, “Mirad estas palabras… ‘De tal manera amó Dios al mundo,’ y ‘para que todo aquel que en él cree,’… aquí nadie es excluido. El Hijo de Dios fue dado para todos, a todos se les pide que crean, y todos los que creen no estarán perdidos, etc.” Lutero no argumenta aquí que todo el mundo ha sido escogido, sino más bien que la promesa ofrecida se extiende a todos los hombres. Aunque no tenemos acceso a la lista de nombres en el Libro de la Vida del Cordero, sí tenemos acceso a la promesa evangélica que Dios ha anunciado al mundo por medio de la proclamación del evangelio. “Dios nos ha dado a Su Hijo, Jesucristo,” escribe Lutero, “debiésemos pensar en Él diariamente y reflejarnos nosotros mismos en Él. Allí descubriremos la predestinación de Dios y la encontraremos de lo más hermosa.”

La distinción entre las cosas ocultas y las cosas reveladas se halla en el corazón del argumento de Lutero a lo largo de toda su obra La Esclavitud de la Voluntad. Refiriéndose a Ezequiel 18:23 (“¿Quiero yo la muerte del impío?”), Lutero comenta, “Pues él está aquí hablando de la misericordia de Dios predicada y ofrecida, no de aquella voluntad de Dios oculta y asombrosa por la cual Él ordena, por su propio consejo, cuál y qué tipo de personas
Él desea que sean recipientes y partícipes de su misericordia predicada y ofrecida. No se debe escudriñar en lo profundo de esta voluntad, sino que debe ser adorada con reverencia.”

Así que, desde la perspectiva de la voluntad revelada de Dios en el evangelio, uno puede en verdad decir “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Tim. 2:4). Pero, desde la perspectiva de la elección secreta de Dios, también necesitamos afirmar que “ninguno puede venir a mí [Cristo], si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:64). Una vez más, “el porqué esta majestad Suya no retira o cambia este defecto de nuestra voluntad en todos los hombres… es algo en lo que no tenemos derecho de inquirir.”

Es importante señalar aquí las similitudes entre las perspectivas de Lutero y las de Juan Calvino en este punto. Por ejemplo, Calvino escribe, “Se puede preguntar, si Dios no desea que ninguno perezca, ¿por qué es que tantos perecen?” A esto Calvino responde que “no se hace aquí ninguna mención del propósito oculto de Dios… sino solo de su voluntad tal y como se nos da a conocer en el evangelio. Pues Dios extiende allí su mano a todos sin ninguna diferencia, pero toma solamente a aquellos, para dirigirles hacia Sí mismo, a quienes ha escogido desde antes de la fundación del mundo.” Y con respecto a aquellos que especulan irreflexivamente sobre quién es predestinado y quién no, Calvino advierte que esto puede llegar a convertirse en “un laberinto, del que la mente del hombre no puede – por ningún medio – librarse por sí misma.” De modo que, ¿qué sugiere Calvino que hagamos?

No podemos hallar la certeza de nuestra elección en nosotros mismos; y ni siquiera en Dios el Padre, si miramos a Él aparte del Hijo. Cristo, entonces, es el espejo en el que debiésemos, y en el cual, sin decepción, podemos contemplar nuestra elección… si estamos en comunión con Cristo, tenemos una prueba suficientemente clara y fuerte de que estamos inscritos en el Libro de la Vida.

Entonces, quizás, Erasmo sí tenía de hecho una preocupación válida en su crítica de la “investigación irreverente” que tan frecuentemente acompaña a casi todas las discusiones acerca de la predestinación. Aquí Lutero y Calvino están totalmente de acuerdo. El abuso de la doctrina de la predestinación no es un buen argumento para rechazarla. Más bien, lo que se necesita es una exposición cuidadosa de esta doctrina bíblica crucial, junto con sugerencias para eliminar las numerosas causas de su abuso. Con respecto a este asunto Calvino afirma con valentía, “Ninguna doctrina es más útil, siempre y cuando se maneje de una manera adecuada y cauta… Si los hombres evaden cualquier otro argumento, la elección les cierra la boca, de modo que no se atreven y no pueden reclamar algo por ellos mismos.” Esta es precisamente la manera en que Lutero razonó en su respuesta a Erasmo. Y es también precisamente la manera en la que debemos pensar con respecto a la verdad aleccionadora, pero maravillosa, de la gracia electora de Dios en nuestro tiempo.

Traducción de Donald Herrera Terán, para http://www.contra-mundum.org



bY LeMS

JUAN CALVINO - COMO TRABAJA DIOS EN EL CORAZON DEL HOMBRE



INSTITUCION DE LA RELIGION CRISTIANA
Páginas 230 a 234.
Libro II, Capítulo IV

1      EL hombre está bajo el dominio de Satanás.

Dado que, cuando el hombre se somete al diablo, parece satisfacerle a este más que así mismo, conviene en primer lugar entender cómo se produce esto. A continuación habrá que resolver un problema que la mayoría considera difícil: ¿Está Dios involucrado en algo en las obras malas, dado que la Escritura indica que su poder se manifiesta de cualquier manera?

En cuanto al primer punto, Agustin compara en uno de sus escritos la voluntad del hombre con un caballo dirigido a placer por su jinete. Por otro lado, compara a Dios y el diablo con dos jinetes. Dios se instala en la voluntad del hombre como un buen jinete con total maestría, guiando bien su montura, estimulándola si se muestra perezosa, reteniéndola si se excede en brío, reprimiéndola si se desboca, castigándola si se rebela y llevándola por el buen camino. Por el contrario, el diablo se comporta como un jinete torpe y desconsiderado, que lleva a su montura campo a través, la hace caer en fosos, tropezar y deambular por valles, le permite rebelarse y desobedecer. Nos contentaremos con este símil, de momento, porque no contamos con uno mejor.

La voluntad del ser humano está, por tanto, sometida al poder del diablo; que él la conduzca no significa que este obligada y coaccionada, a su pesar, para obedecer aunque no se la fuerce. En efecto, aquellos a quien el Señor no les concede la gracia de dirigirlos por su Espíritu están abandonados a la dirección de Satanás. Por eso el apóstol Pablo dice que el Dios de este siglo (el diablo) ha cegado los pensamientos de los incrédulos, para que no vean resplandecer el glorioso evangelio (2 Corintios 4:4). En otro lugar dice que ahora actúa en los hijos de desobediencia (Efesios 2:2).

 La ceguera de los malvados y las malas acciones sugeridas por el diablo se llaman obras del diablo. No hace falta buscar la causa fuera de la voluntad de ellos donde se encuentra la raíz del mal, sobre la cual se fundamenta el reino del diablo: el pecado.

   Dios, Satanás y los hombres, activos en el mismo suceso.

La acción de Dios es totalmente distinta a la del diablo. Para entenderlo mejor, tenemos el ejemplo que los caldeos le hicieron sufrir a Job: mataron a sus pastores y se llevaron todo su ganado (Job 1:17). Vemos con claridad quienes son los autores de esta calamidad. Cuando los ladrones cometen un asesinato u otro crimen, no tenemos duda en imputarles la falta para condenarlos. Ahora bien, según el relato, todo esto venia del diablo. Vemos que actuó por su cuenta. En cuanto a Job, reconoce en esta tragedia la obra de Dios y dice que Dios le ha despojado de aquello que se han llevado los caldeos (1:21). ¿Cómo podremos afirmar que una misma acción fue realizada por Dios, por el diablo y por los hombres sin excusar al diablo que parece colaborar con Dios, o hacer que Dios sea autor del mal?

Será fácil, si consideramos en primer lugar el objetivo y después la manera de actuar. La intención de Dios era ejercitar a su siervo en la paciencia ante la adversidad. Satanás se esforzó por hacerlo desesperar. Los caldeos intentaron enriquecerse robando los bienes de otra persona. Las diferencias de intención permiten distinguir unas obras de otras. Las maneras de obrar son también muy diferentes. El Señor entrega a su siervo Job a Satanás para que lo aflija; a continuación, le envía, con ese propósito, a los caldeos como siervos suyos y permite que Satanás los inspire y los guie. Satanás incita con sus provocaciones el corazón de los caldeos - que, por otra parte, ya eran malos – para cometer es maldad. Los caldeos se dejan llevar por el mal, con lo que atentan contra sus propias almas y cuerpos. Por tanto, es correcto afirmar que Satanás trabaja en los reprobados, sobre los cuales reina de manera perversa.

También hay lugar para decir que Dios actúa también en cierta forma, puesto que, según su voluntad y su orden, Satanás, que es un instrumento de su ira, los mueve de acá para allá a fin de ejecutar sus juicios. No me refiero aquí al movimiento universal de Dios que sostiene a cada criatura y que le da la fuerza para lo que hace. Me refiero a su acción particular que es visible en cada obra.

Por tanto no hay inconveniente en que se atribuya al mismo tiempo una misma obra a Dios, al diablo y al hombre. Pero la diversidad que existe en la intención y el medio manifiesta que la justicia de Dios es en todo sentido irreprensible y que la maldad del diablo y del hombre se ve en los desordenes que engendra.

3      La acción de Dios no es una presciencia o un permiso.

Los antiguos doctores tienen a veces miedo a decir la verdad, porque temen dar ocasión a que los malvados hablen mal o falten al respeto a las obras de Dios. Apruebo esa reserva, pero, no obstante, no creo que haya peligro en explicar simplemente lo que la Escritura enseña. El propio Agustin tiene a veces este escrúpulo, cuando estima que la ceguera y el endurecimiento de los malvados no tiene que ver con la acción de Dios, sino con su presciencia. Este subterfugio no concuerda con tantas formas en que se expresa la Escritura, y en las que manifiesta, de manera evidente, que hay algo distinto a la presciencia de Dios. El mismo Agustin, en el quinto libro de Replica a Juliano, se retracta y afirma con fuerza y firmeza que los pecados no se llevan a cabo solamente porque Dios lo permita o tolere, sino por su poder con el propósito de castigar otros pecados.

De la misma manera, la idea de algunos, según la cual Dios permite el mal pero no lo envía ni lo sostiene, también es débil. A menudo se lee que Dios ciega y endurece a los malvados, que da la vuelta a los corazones, los doblega y empuja, como anteriormente declaramos con detalle. Para explicar esas expresiones no hace falta recurrir a la presciencia ni al permiso.

Así, no hay duda de que, si se nos quita la luz de Dios, no queda más que oscuridad y ceguera en nosotros; de que, si se nos quita su Espíritu, nuestros corazones se endurecen y se vuelven como la piedra; de que, si el deja de guiarnos, no podemos sino extraviarnos por los campos. Con razón se dice que Dios ciega, endurece y hace tropezar a los que les quita la facultad de ver, de obedecer y hacer el bien.

El segundo término (permiso), que es el más próximo al sentido apropiado de las palabras, indica que Dios, para ejecutar sus juicios mediante el diablo, que es entonces ministro de su ira, modifica el consejo de los malvados, estimula su voluntad y hace que tengan éxito en sus empresas. Por eso Moises, tras informar que Sehón, rey de los amorreos se había movilizado contra el paso del pueblo porque Dios había endurecido su corazón y había hecho inflexible su espíritu, precisa el objetivo de Dios de entregarlo en manos de los Judíos (Deuteronomio 2:30). Así, su obstinación lo condujo a la ruina a la que Dios lo había destinado.

4      Dios se sirve de los malvados sin que le alcance la más mínima imperfección.

La primera manera en que Dios actúa se corresponde con lo que se dice en Job: - Priva del habla a los que dicen verdad. . . Y quita a los ancianos el consejo -  (Job 12:20, 24); del mismo modo, en Isaías: - ¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos, y endureciste tu corazón a tu temor? -  (Isaías 63:17). Estas frases están más destinadas a mostrar lo que Dios hace a los hombres al dejarlos y abandonarlos que a mostrar cómo trabaja en ellos.

Pero hay otros testimonios que van más lejos, como cuando se habla del endurecimiento de Faraón: no te escuchará ni dejará salir a tu pueblo (Éxodo 4:21). A Continuación, se dice que Dios endureció el corazón de Faraón (10:1). ¿Hay que entender que Dios lo endureció no ablandándolo? En efecto. Pero hizo más: entrego el corazón de Faraón a Satanás para que se endureciera en su obstinación. Por eso Dios dice primero: yo endureceré su corazón. Del mismo modo, cuando el pueblo de Israel sale de Egipto, los habitantes del país en el que entran se enfrentan a ellos con intenciones hostiles (Deuteronomio 2:30). ¿Diremos que fueron incitados a ello? Desde luego. Moises dice que el Señor había endurecido sus corazones. El salmista, citando la misma historia, indica que el Señor puso en su corazón odio hacia su pueblo (Salmos 105:25). Ahora no se puede decir que actuaran mal solo porque estaban privados del consejo de Dios. Si se endurecieron y fueron impulsados a eso, es de alguna manera el Señor que los impulsó y dirigió.

Todas las veces que Dios ha querido castigar las transgresiones de su pueblo, ¿Cómo ha utilizado a los malvados para ejecutar su juicio? Se ve claro que se ha hecho de tal manera que el poder y la eficacia de la acción viene de Dios y que los malos eran sus instrumentos. Así, el Señor amenaza con hacer que vengan, a su silbido, pueblos infieles para destruir a Israel (Isaías 5:26; 7:18), comparándolos tan pronto con una red (Ezequiel 12:13; 17:20) como con un martillo (Jeremías 50:23). Sobre todo mostró que no carecía en absoluto de influencia sobre ellos, comparando al rey de Asiria, hombre malvado e inclinado al mal, con un hacha que él manejaba y que utilizaba como le parecía (Isaías 10:15).

En cierto lugar, Agustin hace una distinción que no está mal: si los malos pecan, eso viene de ellos mismos, pero lo que hacen al pecar tiene que ver con el poder de Dios que divide las tinieblas como bien le parece.

5      Dios se sirve también de Satanás.

Un pasaje de las Escrituras deja claro que Satanás interviene para incitar a los malvados cuando Dios, en su providencia, quiere influir en ellos de una u otra forma. En efecto, se dice reiteradamente que el espíritu malo de parte de Dios entraba o salía de Saul (1 Samuel 16:14; 18:10; 19:9). No es correcto atribuírselo al Espíritu Santo. Se dice que el espíritu malo es  - de parte de Dios -  porque traduce el deseo y responde a la autoridad de Dios, porque es instrumento de su voluntad y no su autor. Hay que añadir las palabras de pablo: Dios les envía un poder engañoso para que los que no quisieron obedecer a la verdad crean la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-12).

Sin embargo, tal como se ha dicho, siempre hay, en una misma obra una gran distancia entre lo que Dios hace y lo que hacen el diablo o los malvados. Dios pone al servicio de su justicia los instrumentos malos que tiene a mano y que puede utilizar como bien le parezca. El diablo y los malos, inclinados como están hacia el mal, manifiestan en sus obras  la maldad que sus espíritus han concebido.

En nuestro tratamiento de la providencia de Dios ya hemos presentado todo lo que había que decir para defender la majestad de Dios contra las calumnias y para refutar los subterfugios que usan los blasfemos al respecto. Aquí solo he querido mostrar brevemente como el diablo reina en los malvados y como Dios actúa tanto en el uno como en los otros.


bY LeMS

La respuesta de Agustín a los pelagianos.



Tomado del Libro La predestinación y la providencia de Dios
Autor: Juan Calvino
Página 99

Calvino comenta: Hace mucho tiempo los pelagianos presentaron este pasaje del apóstol (1 Ti.2:4), y lo esgrimieron en contra nuestra con todas sus fuerzas. Lo que Agustín adujo en respuesta en muchos pasajes de sus obras, me parece innecesario presentarlo en esta ocasión. Mencionaré solo un pasaje, que clara y brevemente demuestra la indiferencia con que trataba dicha objeción:

Cuando nuestro Señor se lamenta de que, aunque deseaba juntar los hijos de Jerusalén como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, no quisieron, ¿debemos suponer que la voluntad de Dios se vio dominada por un número de frágiles hombres, de modo que el Dios Todopoderoso no podía hacer lo que deseaba y se proponía? Si así es, ¿qué será entonces de la omnipotencia por la cual «todo lo que quiere, lo hace en los cielos y en la tierra»? Además, ¿a quién se hallará tan profanamente demente que diga que Dios no tiene poder para convertir para el bien las voluntades malvadas de los hombres que le plazca, cuando le plazca, y según le plazca? Cuando lo hace, lo hace por misericordia, y cuando no lo hace, por juicio no lo hace.


Calvino explica 1 Ti 2:4,

Lo que Pablo realmente quiere decir, empero, en el pasaje que nos ocupa, está perfectamente claro e inteligible para todo aquel que no haya resuelto disputar. El apóstol exhorta a que se hagan solemnes «rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia» (1 Ti. 2:1). Y por causa de que, en aquel tiempo, había tantos y tan furibundos y acerbos enemigos de la Iglesia, Pablo, a fin de evitar que la desesperanza estorbara las oraciones de los fieles, se apresura a hacer frente a sus apuros instándolos encarecidamente a ser constantes en la oración «por todos los hombres», y especialmente «por todos los que están en eminencia». «Porque», dice el apóstol, «Dios quiere que todos los hombre sean salvos».

¿Quién no puede ver que, al decir esto, el apóstol tiene en la mente categorías de hombres y no individuos? En realidad, la distinción que los comentadores hacen aquí no carece de razón y sustancia; que Pablo está hablando de naciones de individuos, no de individuos de naciones. De todos modos, es sin duda evidente que, a partir del contexto no ha de entenderse aquí otra «voluntad» de Dios que la que se revela en la proclamación externa del evangelio. La llana intención del apóstol, por lo tanto, es que Dios «quiere» la salvación de todos los hombres considerados generalmente, a quienes misericordiosamente llama, o invita, por la proclamación pública de la Palabra, a venir a Cristo.


bY LeMS

QUE ES LA PREDESTINACION

 
J. Gresham Machen
Tomado de su Libro El Hombre

"Los decretos de Dios," dice el Catecismo Menor, "son su propósito eterno, según el consejo de su voluntad, por el cual, para su propia gloria, ha preordenado todo lo que sucede." La palabra de la que les hablé fue "todo." ¿Ha preordenado Dios todo lo que sucede, o ha preordenado sólo algunas cosas, mientras que otras -las que dependen de la elección de seres personales- las ha dejado fuera de su plan eterno? Defendí el primer punto de vista, y demostré que sólo ése está en armonía con la Biblia. Sostuve, de acuerdo con la Biblia, que no algunas cosas que suceden sino todas las cosas -incluso las decisiones libres de seres personales - incluso las acciones malas de hombres y demonios - suceden según el propósito eterno de Dios.

No todas las cosas suceden de la misma forma según el plan de Dios. Dios no hace que las decisiones libres de seres personales sucedan de la misma forma en que hace que sucedan los acontecimientos del mundo físico. Hace que las acciones de los seres personales sucedan de una forma que resguarda por completo la libertad de elección, y que no destruye en absoluto la responsabilidad. Las acciones malas de seres personales hace que sucedan en una forma que no lo hace a El autor del pecado. Pero esto no debería confundir en lo más mínimo el hecho de que Dios hace que sucedan todas las cosas. Suceden en cumplimiento del propósito de Dios.

Quizá los hombres malos no piensen que están cumpliendo el propósito de Dios, pero con todo lo están cumpliendo, incluso con los actos más perversos. La crucifixión de Jesucristo nuestro Señor, el pecado más terrible que se haya cometido sobre la tierra, se llevó a cabo, según la Biblia "por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios." No hay nada que sorprenda a Dios; todo lo que sucede es absolutamente cierto desde la eternidad porque todo entra en el plan eterno de Dios.

La gente a veces llama a eso fatalismo. Sería más correcto decir que se opone diametralmente al fatalismo. La diferencia entre eso y el fatalismo es la diferencia entre el destino y Dios, y es evidente que no hay diferencia mayor que esta. El fatalismo basa la certeza de todas las cosas en algo ciego a impersonal llamado destino; el punto de vista que hemos presentado basa la certeza de todo en el propósito de un Dios vivo.

Pero la diferencia va más allá del fundamento último de todas las cosas. Sería del todo incorrecto decir que estamos de acuerdo con el fatalista en sostener que la libertad humana es un espejismo y que todo funciona en forma mecánica, y que diferimos de él en sostener que más allá de ese automatismo está el propósito de un Dios personal. No, de ninguna manera. Diferimos del fatalista en forma mucho más radical que la mencionada. Sostenemos que precisamente porque el Dios que está actuando en todas las cosas es un Dios personal, hay una diferencia maravillosa en la forma en que ejecuta sus decretos. Sostenemos que cuando trata con personas trata con ellas como con personas, y que la certeza con la que por medio de ellas realiza lo que se ha propuesto no destruye la libertad de las mismas ni su responsabilidad sino que la resguarda por completo.

Frente a esa certeza con que Dios realiza su propósito, no cabe duda que el temor se apodera de nosotros. "¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo dice la Biblia. Sí, es realmente algo horrendo. Pero es algo muy diferente de hallarse en las garras de un destino ciego e impersonal.
El teísmo bíblico y el fatalismo son en realidad polos radicalmente opuestos.

Además, si el punto de vista que hemos presentado es el polo diametralmente opuesto al fatalismo, es también el único contrincante realmente formidable del fatalismo. Teologías chapuceras, puntos de vista acerca del mundo que no son más que centones, que sostienen que el plan de Dios no se cumple a menudo debido a las acciones de seres personales, no son en modo algunos contrincantes serios del fatalismo. Ostentan demasiado a la vista las señales de no ser sino componendas y expedientes.

Supongo que esto es lo que un científico eminente quiso decir si llegó realmente a decir, como me refirieron, que desde el punto de vista científico el calvinismo es "la única teología respetable."

Sólo el calvinismo hace justicia a la unidad del mundo, y es ciertamente el único que hace justicia a la enseñanza de la Biblia.

Si, pues, sostenemos el punto de vista de la Biblia, si sostenemos que todo lo que sucede está en armonía con el propósito eterno de Dios, ¿sabemos algo acerca de ese propósito eterno?
Sí, algo podemos llegar a saber acerca del mismo. No todo, desde luego. Lo que podemos conocer es muy poco comparado con lo que no conocemos. Pero con todo, algo conocemos acerca del mismo, y ese algo es muy importante en realidad.

No conocemos ese algo porque lo hayamos descubierto nosotros mismos, sino porque Dios se
ha complacido en revelárnoslo en su Palabra.

¿Qué conocemos entonces acerca del propósito de Dios? ¿Por qué creó Dios el universo? ¿Por
que lo ordenó en la forma que lo hizo?

Creó y ordenó el universo por algún propósito que se halle en el universo mismo? Desde luego que no. Esto haría que el mundo fuera un fin en sí mismo; lo elevaría a una posición que pertenece sólo a Dios. No, la creación del mundo debe haber tenido como propósito algo que existió antes de que el mundo fuera. Pero antes del mundo no existía más que Dios. Por tanto el propósito del mundo debe hallarse en Dios.

Así podríamos razonar, y sería un razonamiento legítimo; se basaría en lo que Dios nos ha revelado respecto a sí mismo. Pero no nos vemos obligados a depender sólo de tales razonamientos, por Buenos que sean. Dios también nos ha dicho en forma directa cuál es su propósito. Nos ha dicho en la Biblia que hace que las cosas sucedan para gloria suya.

Esta verdad penetra de tal modo toda la Biblia que no sé si hace falta citar pasajes concretos.

Podría citar algún pasaje espléndido, por ejemplo, el capítulo primero de Efesios. En él se nos da una de las visiones más vastas, quizá, de los consejos de Dios. Se nos hace ver la perspectiva general del plan divino a partir de la elección que Dios hace de su pueblo antes de la fundación del mundo. Pero si el maravilloso drama comienza ahí, ¿dónde concluye? ¿Concluye tan sólo con la bienaventuranza del pueblo redimido o con la de las criaturas de Dios? De verdad que no.

Esta bienaventuranza es gloriosa. Pero no es el fin de todo. Hay algo más elevado que esto, algo para lo cual esa bienaventuranza de las criaturas de Dios no es más que un medio. ¿Por qué son bienaventuradas las criaturas? E1 pasaje lo dice bien claramente. "Para alabanza de su gloria."
Este es el fin último. E1 fin último de todo lo que sucede y sucederá incluyendo el fin último del gran drama de la redención se halla en la gloria del Dios eterno.

Esta verdad aparece repetidas veces en la Biblia. La Biblia difiere de los libros humanos religiosos no sólo en algún que otro punto sino en el eje mismo alrededor del cual todo gira. Los libros humanos tienden a hallar el eje en el hombre; la Biblia lo pone en Dios.

A los hombres no les gusta esta característica fundamental de la Biblia. Prefieren pensar que la meta es la felicidad de la criatura; interpretan mal el texto "Dios es amor" en el sentido de que
Dios es sólo amor y que existe para el bien de sus criaturas. En oposición al Catecismo Menor, sostienen que el fin principal de Dios es glorificar al hombre. Pero la Biblia está claramente de acuerdo con el Catecismo Menor ; la Biblia enseña con toda claridad que el fin principal del hombre -y el fin de todas las cosas- es glorificar a Dios.

La gente tiene una especie de idea vaga de que eso es hacer de Dios un egoísta. Sería egoísta y odioso que uno de nosotros hiciera que el fin de todas sus actividades fuera su propia gloria, y por ello se apresuran a concluir que lo que sería egoísta en nuestro caso lo es también en el de
Dios. Por ello tratan de hallar algún fin de las actividades de Dios que no esté en Dios mismo.
Esta forma de razonar, sin embargo, hace caso omiso del abismo infinito que existe entre el
Creador y la criatura. Dios es infinitamente superior a todo lo creado. Si hiciera de las creaturas finitas el fin supremo de sus acciones, esto sería poner un fin más bajo en el lugar que corresponde sólo al más elevado. No hay nada más elevado que la gloria de Dios. Por tanto esa debe ser el fin supremo de todas las cosas.

Pero, ¿qué queremos decir con la gloria de Dios? Creo que es muy importante que respondamos con claridad a esta pregunta. No queremos decir nada que sea semejante a la gloria del hombre.
No, queremos decir algo que es infinitamente comprensivo, que lo abarca todo. En la gloria de Dios entra la majestad toda de las perfecciones divinas - sabiduría infinita, poder infinito, bondad infinita, amor infinito. Este es - este esplendor pleno del ser de Dios y sus acciones y el reconocimiento del mismo en alabanza sin fin -este es el fin supremo de todo. No puede haber otro más elevado; el poner algún otro en su lugar sería una abominación.

Sostenemos, por consiguiente, con todo nuestro corazón la gran definición de los decretos de
Dios que se halla en el Catecismo menor de nuestra iglesia. "Los decretos de Dios son su propósito eterno, según el consejo de su voluntad, por el cual para su propia gloria ha preordenado todo lo que sucede."

Hemos expuesto en forma general la gran verdad que se contiene en esta definición. Queda ahora por tratar una esfera específica a la que se aplica esta verdad. Me refiero a la esfera de la salvación. La doctrina de los decretos divinos, cuando se aplica en forma específica a la esfera de la salvación, se llama "predestinación."

Al pronunciar esta palabra, quizá algunos de mis oyentes se estremezcan. Se piensa que la
"predestinación" es una doctrina muy espinosa. Por lo menos se cree que es una idiosincrasia de una secta sumamente estricta. Incluso los que la aceptan a menudo piensan que es una doctrina que es mejor descartar en la predicación ordinaria - algo para exponer en las aulas teológicas, pero no algo que vaya a ser jamás aceptable para los cristianos corrientes.

Así tienden a considerar este punto los hombres. Pero tomen la Biblia, amigos míos, y léanla sin prejuicios. Si lo hacen se verán obligados a confesar que la Biblia considera el problema en una forma del todo diferente. En lugar de relegar la doctrina de la predestinación a un lugar secundario, la Biblia la sitúa en la médula misma de toda su enseñanza.

Hoy sólo dispongo de tiempo para decir unas breves palabras acerca de esta gran doctrina. Espero volver a tocar este punto; pero ahora sólo podré indicar con brevedad en qué consiste esta doctrina, tal como la Biblia la enseña.

Me parece que puedo hacerles ver con claridad en qué consiste la doctrina de la predestinación poniéndola en relación con lo que he expuesto en las dos últimas charlas.

He hablado del propósito eterno de Dios, por el cual y para su propia gloria ha preordenado todo lo que sucede. Pues bien, entre las cosas que suceden, según la Biblia, está la salvación de algunos hombres y la condenación de otros. Si el propósito de Dios ha preordenado todas las cosas, entonces también esas dos cosas han sido preordenadas. El proclamar el hecho de que han sido preordenadas se llama doctrina de la predestinación. Esta doctrina no es más que una aplicación especialmente importante, por tanto, de la doctrina de los decretos divinos.

Si esta doctrina de los decretos divinos es verdadera, entonces esta aplicación especial de la misma también es verdadera. Esto está claro.

Pero la Biblia no se deja en manos de una argumentación lógica como ésta, por buena e irrefutable que sea. No deja que deduzcamos tan sólo la doctrina de la predestinación de la doctrina general de la universalidad de los decretos divinos. No, enseña expresamente esa doctrina de la predestinación y la enseña en la forma más clara posible. La Biblia enseña con claridad que cuando algunos hombres se salvan y otros se pierden, ninguna de estas dos cosas representa una sorpresa para Dios, porque ambas suceden porque forman parte del plan eterno de Dios.

La Biblia insiste más en la primera de estas dos cosas; insiste más en el hecho de que los salvos son predestinados a la salvación que en el hecho de que los perdidos son predestinados a la condenación eterna.

¿Por qué hace esto? ¿Será porque trata en cierto modo de oscurecer la predestinación de los perdidos? Ciertamente que no. Por el contrario, enseña esta doctrina en ciertos pasajes con la mayor claridad posible. ¿Por qué entonces insiste más en la predestinación de los salvos a la salvación?

Creo que puedo ofrecerles por lo menos una razón. Lo hace porque considera la salvación de los salvos y no la perdición eterna de los condenados como lo verdaderamente sorprendente. Nosotros propendemos más bien a considerar esta realidad en la forma exactamente contraria. Lo que nosotros consideramos sorprendente es que algunos miembros de la raza humana, algunas de esas criaturas excelentes llamadas hombres, que se supone que actúan lo mejor que saben y que son culpables cuando más de algunas menudencias y de faltas del todo excusables, vayan a caer bajo el desagrado divino. Pero lo que la Biblia considera sorprendente es que alguna de esas criaturas caídas llamadas hombres, todos los cuales sin excepción merecen la ira y maldición de Dios, vayan a ser recibidos en la vida eterna. Nosotros consideramos como sorprendente que algunos se pierdan; la Biblia considera como sorprendente que algunos se salven. Naturalmente es en lo sorprendente o inesperado en lo que se insiste. Por esta causa, o al menos en parte por esta causa, la doctrina bíblica de la predestinación se ocupa sobre todo de la predestinación de los salvos a la salvación más que de la predestinación de los no salvos a la perdición eterna. El segundo aspecto del tema se expone con menos extensión porque se presupone en todas partes.

Constituye el tenebroso telón de fondo sobre el cual adquiere un relieve glorioso la maravilla del propósito de Dios para los que ha escogido para la salvación.

¿Por qué algunos hombres son salvos? ¿Es porque han hecho algo especial, porque son menos culpables ante Dios que los otros? La Biblia toda se ocupa de desmentir tal cosa. Dios escogió a Israel, según la Biblia, de entre todos los pueblos de la tierra. ¿Por qué? ¿Fue porque Israel mereciera más el favor divino, o porque poseyera cualidades excelentes que Dios vio que podía utilizar? Quien crea tal cosa, quien crea que éste es el significado del Antiguo Testamento, no hace sino demostrar con ello que jamás ha entendido para nada la médula de lo que enseña el Antiguo Testamento. En la conciencia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, en la conciencia que se formó con la revelación divina dada por medio de un legislador y de profetas, forma como el sustrato de todo lo demás un sentido profundo de maravilla de que Dios hubiera escogido a un pueblo tan insignificante, a un pueblo ni más fuerte ni mejor que otros, para que fuera su propio pueblo. Sea lo que fuere lo que contenga el Antiguo Testamento, esto es la médula de todo. Y esto es predestinación. Israel fue el pueblo de Dios .no por razón de algo que hubiera hecho o pudiera hacer o podría hacer sino sencillamente por la elección soberana de
Dios.

Cuando pasamos al Nuevo Testamento nos encontramos con lo mismo. En el Nuevo Testamento hay una revelación más clara de lo que conlleva la elección divina. Se revelan nuevas bendiciones que están reservadas para el pueblo de Dios. Hay una revelación más patente en cuanto a las personas que constituyen ese pueblo de Dios. Es un pueblo escogido de entre todas las naciones de la tierra. Pero no hay cambio alguno en la revelación básica en cuanto a la soberanía de la elección divina. Según el Nuevo Testamento, al igual que según el Antiguo, los que constituyen el pueblo de Dios, los que están destinados a la salvación, son escogidos para formar el pueblo de Dios no por algo que hayan hecho o harían sino sencillamente por la soberanía del beneplácito de Dios.

Esta soberanía del beneplácito de Dios. es lo básico ; todo lo demás procede de ello. Aquellos a quienes Dios ha escogido creen en Cristo. Pero Dios no los escogió porque previó que creerían exactamente lo contrario. Dios no los escogió porque creyeron; sino que pudieron creer porque los escogió. El que no entiende esto no ha entendido algo que está en la misma entraña de la Biblia; no ha entendido el verdadero significado de la gracia de Dios.

bY LeMS
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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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