LITURGIA Y EVANGELISMO ¿HAY ALGUNA RELACIÓN ENTRE AMBOS?


Por: Guillermo Green

La liturgia y el evangelismo

¿Qué tiene que ver la liturgia con el evangelismo? Algunos grupos convierten la liturgia en una "campaña evangelística" todos los domingos, terminando cada culto con un llamado a pasar adelante para recibir a Cristo. Al otro extremo son aquellos que no ven ninguna relación entre las dos cosas. Las iglesias que trazan sus raíces en la Reforma comprenden la importancia de una liturgia bíblica, y un evangelismo fervoroso. Pero a veces no relacionamos las dos cosas. La liturgia se celebra los domingos, y el evangelismo se lleva a cabo en otras ocasiones - y hay poco lo que los une.

La tarea fundamental de la Iglesia

Oímos mucho hoy acerca de la misión de la Iglesia. Algunos afirman que la principal tarea de la Iglesia es evangelizar, es cumplir la Gran Comisión. Se ha dicho que la Iglesia es misión. Pero la Biblia no pone el evangelismo en primer lugar, sino la adoración de Dios y la exaltación de su gloria. El primer mandamiento es no tener otro dios fuera de Jehová (Deut 5:7). Jesús afirmó que el primero y gran mandamiento era "amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, y con toda la mente" (Mateo 22:37). Pablo les recordó a los Corintios que debían hacerlo todo - aún las actividades comunes como comer y beber - para la gloria de Dios. Y en la gran visión de Juan, antes de que se presenten las multitudes y los demás seres celestiales, se presenta de manera maravillosa a Aquel que está en el trono (Apocalipsis 4:2,3). La vida Cristiana debe ser teocéntrica en su totalidad. Desde las tareas más cotidianas hasta las acciones más sublimes de su vida, el hombre fue creado para dar toda la gloria a Dios. Como el girasol, con rostro levantado, busca los rayos del sol durante todo el día, así el cristiano dirige su mirada continuamente hacia el Sol de Justicia, rindiéndole honra y gloria.

Esta actitud teocéntrica se manifiesta en varias maneras. Por ejemplo, la oración es una manifestación de lo que hay en el corazón del siervo de Dios. Daniel, aunque estuviera lejos del templo, sirviendo regímenes paganos, oraba todos los días - y tal oración llegó a ser la prueba de su fe en Dios. Los incrédulos entendían que estas oraciones de Daniel era la muestra visible del enfoque de su vida - dar toda la gloria a Dios. Las oraciones y cantos de Pablo y Silas en la cárcel fue una de las cosas que tanto impresionó al carcelero filipense, y que contribuyó a su conversión. Estas oraciones eran testimonio penetrante del enfoque de su vida. ¿Y qué podemos decir de todo el ministerio de Cristo, que fue ejercido bajo la intercesión continua? Fue en oración que Jesús dijo a su Padre: "Quita esta copa de mí se es posible. Sin embargo, no sea mi voluntad, sino la tuya.." Fue en oración que Jesús demostró fuertemente que su vida era entregada a la gloria del Padre.

Hay otras formas de poder manifestar este enfoque teocéntrico. Nuestro testimonio verbal es importante. Nuestras buenas obras dan testimonio de Dios. Aún el soportar sufrimientos confiando en el Señor es una forma de manifestar que "ya no vivo yo, más Cristo vive en mí..." Pero hay una forma por excelencia que Dios ha establecido que demuestra que nosotros vivimos para él - la adoración o culto del pueblo de Dios. Dios ha dispuesto que la religión Cristiana sea una religión de culto en pueblo, de "congregarse", con el fin de rendir la honra y gloria al Dios trino. Esta actividad de congregarse es tan importante para la identidad del pueblo de Dios, que desde los comienzos de Israel se le identificó como "congregación", y este término llegó a ser nombre común de Israel. Las palabras hebreas edah y qahal son usadas cientos de veces para identificar a Israel, y su significado tiene que ver específicamente con la actividad de reunirse. El pueblo de Israel tomaba su identidad de la acción de "congregarse" ante su Creador y Redentor. Estas frecuentes reuniones en presencia de Dios componían la razón de su existencia, y proveían la fuerza espiritual para obedecer a Dios en el mundo. El peregrinaje por el desierto, con sus días de descanso semanales y sus convocatorias especiales ante la presencia de Dios, fue una preparación para su vida en la tierra de Canaán. Dios dio órdenes específicas para cuando llegarían a Canaán, y les dijo que no levantaran lugares especiales de acuerdo a su propio parecer, sino sólo donde El dijera. La identidad de Israel seguiría girando en torno a su fidelidad de congregarse cuándo y dónde Dios especificara.

La actividad de rendir a Dios toda la gloria a través de culto santo es culminada en la construcción del templo bajo Salomón. Y es muy interesante la oración de Salomón el día de la consagración del templo. Después de repasar los eventos históricos llevando a su construcción, Salomón habla del propósito del templo. Y sus primeras palabras son una pregunta y una confesión de maravilla:

Mas ¿es verdad que Dios habitará con el hombre en la tierra? He aquí los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Más tú mirarás a la oración de tu siervo... Que tus ojos estén abiertos sobre esta casa de día y de noche, sobre el lugar del cual dijiste: ‘Mi nombre estará allí’; que oigas la oración con que tu siervo ora en este lugar (2 Cron. 6:18-20).

Lo que más impactó el corazón de Salomón es que el Dios Santo del cielo escogiera un lugar en que ser hallado. ¿Y qué diferenciaba el templo de cualquier otro lugar? De versículo 22 en adelante comienza una serie de condiciones y promesas - y la gran mayoría tiene que ver con recibir el perdón de Dios (ver 2 Cron. 6:21, 25, 27, 30,39). El templo era lugar donde se hallaba la misericordia de Dios - y esto debía atraer a todo creyente y aún a los gentiles (vs 32) como un imán para exaltar al Dios de gloria. En el templo se levantan manos santas hacia Dios en reconocimiento de su salvación. En el templo se confesaba el pecado y se recibía la seguridad del favor de Dios. Esta presencia poderosa de Dios fue sellada con el descenso de la gloria al templo, llenando el templo de tal forma que los sacerdotes no pudieron entrar. Y todo el pueblo alababa a Jehová, diciendo: "Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre" (2 Cron. 7:3).

La fuente de ánimo y fuerza para el Israelita era en su Dios, quien se hallaba en el templo.
Tenían la promesa de Dios que él oiría su alabanza y su clamor desde sus puertas. Por supuesto Dios estaba en todos los lugares, pero por la debilidad de los hombres y para su edificación, se identificó con un lugar físico y prometió bendecirles desde ahí.

Es importante destacar un punto que los Israelitas a menudo olvidaban. Salomón incluye en medio de su oración una petición por los gentiles, que Dios oiga al gentil que le orara, "para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman" (2 Cron. 6:33). En medio del culto Israelita podía estar el gentil. ¡Qué lejos estaba este deseo de la práctica de los judíos en los tiempos de Jesús, con sus necias restricciones! No es sorpresa que Jesús sacó a los que creían que tenían derecho, y abrió las puertas "a las naciones" (Marcos 11:17). El punto de todo esto es que nadie tiene derecho natural de entrar a la presencia de Dios. Fue por misericordia que Dios estableció su templo en Jerusalén, y era su misericordia que el creyente debía buscar. Ante la santidad y majestad de Dios, ni judío ni gentil tenía más derecho. Ambos estaban "destituidos de la gloria de Dios" y ambos eran "justificados gratuitamente por medio de la fe." El culto verdadero se hacía desde un profundo sentir de humildad y agradecimiento por la gracia de Dios, y ante la esplendorosa presencia de la gloria y santidad de Dios. Los discípulos reconocieron estas verdades, al ser confrontados con la actitud de Jesús cuando limpió el templo - "el celo de tu casa me consume" (Juan 2:17). Nada menos que celos por la gracia y la santidad de Dios impulsó a Jesús a tal acción.

Luego Jesús les dijo a sus discípulos que el templo sería derribado, y que sería reemplazado por él personalmente. Su "cuerpo" sería el nuevo templo, y los apóstoles nos explican cómo la Iglesia viva es el cuerpo del Señor, es el templo y la casa de Dios. El término favorito del Antiguo Testamento por el pueblo de Israel - "congregación" - es conservado para la Iglesia del Nuevo Testamento, así demostrando continuidad con la obra de Dios (ver Hechos 13:43, 15:30, 1 Cor. 14:35, Stg 2:2, etc). La gloria de Dios está presente en la Iglesia por medio del Espíritu Santo, y ya no tenemos necesidad del templo. Pero aunque se ha desaparecido el templo, no se desaparece la "congregación" de los santos - al contrario, se refuerza. La práctica de los apóstoles era reunirse semanalmente, en el "Día del Señor", para levantar oraciones, recoger ofrendas, predicar la Palabra y cantar a Dios. Y el sueño de Salomón se hace realidad cuando los gentiles comienzan a llegar al lugar santo. ¡Y aquí está el eslabón entre la liturgia y el evangelismo! El culto refleja la orientación teocéntrica del cristiano, al rendir honra y gloria a Dios por su misericordia y su santidad. Estar en la presencia de este Gran Dios debe inflamar nuestros corazones con amor apasionado y profunda gratitud. Pero no podemos pensar de estar en presencia de Dios solos. Dios no permite, como algunas canciones individualistas y sentimentalistas de hoy, que tratemos de disfrutar de su gloria y su perdón de manera egoísta. Mis hermanos en la fe vienen conmigo, salvos por la misma gracia y bautizados con el mismo Espíritu Santo. ¡Hasta los "gentiles" están invitados a venir al único Dios verdadero y ser oídas sus peticiones!

El culto no es evangelismo, pero el culto no puede ser desligado del evangelismo. El deseo de Dios es tener adoradores de él, y por tanto se necesita el evangelismo - porque faltan adoradores todavía. El culto celestial se compone de adoradores de "todo linaje, toda lengua, todo pueblo y toda nación". ¿Cómo llegaron a ser adoradores de Dios? Por medio del evangelismo que realizó la Iglesia. No puede haber un culto verdadero sin pensar en aquellos que deben ser añadidos a la Iglesia. La misma santidad divina que inspira al cristiano a la devoción, lo impulsa a la búsqueda de aquellos que no la conocen. La misma gracia divina que inclina el rostro en reconocimiento de gracia inmerecida, conmueve el alma del cristiano por los perdidos. Una parte de nuestro culto a Dios tiene que ser la oración por los no-convertidos, y nuestra enseñanza debe ser tan clara y sencilla, que si entra un indocto, por todos será convencido y "adorará a Dios”! (1 Cor. 14:24,25). ¡Esta es el fin del hombre - la adoración de Dios! El evangelismo conduce al culto, y el culto prepara para el evangelismo. Yo estaría preparado para decir que no puede haber verdadero evangelismo si no conduce al culto, y que no hay verdadero culto si no promueve el evangelismo. No son cosas iguales, pero tampoco pueden ser separadas. El Dios del cielo tendrá adoradores en multitud - y estos adoradores deben ser llamados desde los fines de la tierra. La adoración que eleva el alma a Dios a la vez impulsa al creyente hacia el mundo. Y la búsqueda de las ovejas perdidas inevitablemente termina trayéndolas al redil. El culto y la evangelización son recíprocas - el uno conduce al otro inevitablemente.

¿Existe una relación entre el culto y el evangelismo? ¡Sí! Y no sólo existe, sino existe una relación estrecha. Desde los tiempos del Antiguo Pacto la Iglesia ha sido llamada a la adoración en pueblo. El éxodo de Egipto por mano de Dios fue la primera "evangelización" - las buenas nuevas de salvación. El éxodo condujo al monte de Horeb, y al establecimiento de Israel como "congregación" cuyo fin y privilegio era adorar a Dios. Desde ese día en adelante la identidad de Israel era ligada a su experiencia libertadora - su evangelización - y el congregarse en el monte de Sinaí. Tanto es así, que el autor de Hebreos, bajo el nuevo pacto, traza una línea de Israel llegando a nacer en Sinaí, y la Iglesia del Nuevo Pacto llegando ante "el monte de Sion, la ciudad del Dios vivo ... a la congregación de los primogénitos que están escritos en los cielos..." (Hebreos 12:22,23). El autor de Hebreos nos recuerda que "la voz" de Dios nos ha llamado, nos ha convocado (dos veces menciona que Dios nos ha hablado - 12:25,26). La invitación del evangelio es una invitación ante el monte de Sion, ante la presencia de Dios en la congregación de los santos. Nosotros fuimos "evangelizados" para presentarnos en la congregación con nuestros hermanos. Ahora falta que otros sean evangelizados para presentarse junto con nosotros.

Consideraciones prácticas

Yo veo dos cosas de índole práctico para la Iglesia. La primera, es todo evangelismo legítimo tiene que tener como meta llevar a la persona no sólo a Dios sino a la congregación de los santos. El fin del hombre es adorar a Dios - en comunidad. Algunos han dicho que la Iglesia es meramente un fin para conducir al hombre al cielo, y después desaparecerá. Pues, tal vez ciertos aspectos terrenales de la Iglesia son pasajeros, tales como la organización bajo los hombres, ya que Cristo será nuestro Pastor. Pero en el fondo, la Iglesia no va a pasar de ser - se va a glorificar y perfeccionar, y durará para toda la eternidad en su función de rendir adoración a Dios y al Cordero. Es por esto que aquellos esfuerzos de evangelismo que no tienen como meta llevar a la persona a la unidad con la Iglesia caen cortos. Reconozco que no siempre existe la oportunidad de que nosotros vemos el fruto de la persona incorporada en el pueblo de Dios. Pero el mensaje apostólico es: "Arrepiéntase" - o sea, confesar sus pecados y creer en Jesucristo - y "Bautícese" - o sea, unirse a la Iglesia de Jesucristo. Por tanto, la evangelización debe tener como meta la adoración de Dios.

Una tentación de nosotros - y confieso que he cometido este error muchas veces - es presentar el Evangelio en términos de lo que el hombre van a ganar. Presentamos los beneficios del perdón, la vida eterna, la paz de Dios, etc. Pero necesitamos una reorientación en la evangelización, y esto es nada menos que su unión con el culto. Si nuestra vida debe ser teocéntrica, quiere decir que nuestra evangelización debe serlo también. Y una evangelización teocéntrica enfoca en Dios primero. La primera meta para recibir a Cristo debe ser poder darle a Dios lo que Él se merece - toda la honra y la gloria. Esta reorientación en el evangelismo nos ayudaría relacionar entonces de manera natural el Evangelio con el culto. Y pondría a Dios en su lugar apropiado - el primer lugar. Muy a menudo nosotros caemos en el error de presentar el Evangelio exclusivamente como un remedio para los males del hombre - van a encontrar un propósito en la vida, no van a sentirse solos, o su sentido de culpabilidad se va a quitar. Todos estos efectos subjetivos son realidades de la regeneración. Pero no son la meta primordial de nuestra conversión. La meta primordial del hombre es traer gloria para el Nombre de Dios. Este es el mensaje que glorifica a Dios, y es el mensaje que Dios usa para salvar a los suyos. Si fuéramos más fieles en el anuncio de este mensaje, los pastores no tendrían tantos problemas después tratando de inculcar ideas bíblicas acerca de la Iglesia. El problema radica en que hemos divorciado el culto del evangelismo. ¡Es tiempo, pues, para que se vuelvan a unir!

La segunda observación es el culto debe ser preparación espiritual para el evangelismo. Al estar en la presencia de Dios - sublime y perfecta - nos impacta en el alma la brecha que existe entre Dios y el mundo del pecado. Cada hora que pasamos en culto debe crear en nuestro corazón una mayor sensibilidad por los perdidos que viven sin Dios. Cada hora que pasamos bebiendo de la fuente dulce del amor de Cristo debe unirnos más y más al corazón de Dios que "busca adoradores que le adoren en Espíritu y en Verdad." El momento de culto es no solamente un tiempo glorioso de frescura para nosotros, debe ser también un momento de reflexión en las personas que no están con nosotros - familiares, vecinos, y tribus lejanas no creyentes. Como Salomón no terminó su dedicación del templo sin mencionar a los gentiles de tierras lejanas, no podemos terminar nuestro culto sin pedir a Dios que nos use para alcanzar a aquellos que no están presentes. Y de esta manera vemos que el culto y el evangelismo son recíprocos.

Conclusión

Muchas corrientes bofetean la Iglesia de Jesucristo, y las iglesias Reformadas y Presbiterianas tendrán que definirse ante muchas de ellas. Una consideración que nos ayudará a dirigir la barca por buen rumbo será la de mantener la relación importante entre el culto y la evangelización. Cuando los separamos, o nos inclinamos por uno sobre el otro, suceden distorsiones en nuestra vida congregacional. ¡Que Dios nos ayude a ser adoradores fervientes, y evangelistas fervientes!



Soli Deo Gloria 
bY LeMDS

EXPLORANDO UNA METODOLOGÍA PARA EL ESTUDIO SOBRE EL ESPÍRITU SANTO



Por Rev. Guillermo Green

El tema del Espíritu Santo no es un punto nuevo de discusión para la iglesia. Desde los primeros siglos de la iglesia y en toda su historia se ha debatido aspectos de su obra. Pero el mundo ha visto en este siglo la formación de denominaciones y grupos enteros alrededor de doctrinas particulares de la persona y obra del Espíritu Santo. Partiendo de este interés y «atmósfera», es bueno que las iglesias reformadas de Latinoamérica reflexionen sobre sus enseñanzas y prácticas.

El propósito de este artículo es explorar fundamentos teológicos para una doctrina del Espíritu Santo. No pretendo aquí traer ninguna idea nueva - pues todo lo que voy a decir otros lo han dicho mejor. Mi deseo es sintetizar y resumir aspectos que yo considero importantes para un concepto adecuado de la obra del Espíritu Santo.

El punto de partida

Donald Dayton nos ha dejado un excelente retrato de las raíces del pentecostalismo. Dayton relata el desarrollo en el siglo pasado de un deseo por un «nuevo pentecostés». Dentro de ciertos grupos creció el fervor y deseo por un nuevo «bautismo» y «derramamiento» del Espíritu Santo (ver páginas 44ss). Para efectos de este artículo, es importante notar que las obras citadas por Dayton contemplan las señales de pentecostés como parte de la esencia de la llenura del Espíritu Santo. Desde los «avivamientos» pentecostales en adelante, ciertas señales visibles y extraordinarias han sido exigidas como prueba del bautismo del Espíritu Santo, la más común siendo el hablar en lenguas.

Sugiero que tomar nuestro punto de partida de Hechos 2 podría distorsionar nuestro concepto del Espíritu Santo. El mismo Espíritu Santo inspiró todas las Escrituras (2 Pedro 1:20,2 1), y sus huellas se encuentran desde el segundo versículo de Génesis 1 en adelante. Tomar los eventos de Hechos 2, fuera del contexto bíblico general, como un ejemplo para la iglesia, es ignorar el 99% del testimonio bíblico sobre este importante tema. Estoy diciendo lo siguiente:

(1) La revelación bíblica tiene un desarrollo; debemos estudiar el tema del Espíritu Santo tomando en cuenta la revelación progresiva. Cualquier otra lectura será «estática» y por ende distorsionada.

(2) Al ser sensible a esta revelación progresiva, nos daremos cuenta de los aspectos «simbólicos» o «representativos» que Dios ha empleado para comunicar su verdad. Dios se ha manifestado tanto en palabra como en hecho, y sólo una metodología que tome en cuenta la historia de salvación podrá captar estos aspectos.

Nuestro punto de partida, entonces, es lo que Geerhardus Vos defendió en su Biblical Theology, es decir, una lectura de la Biblia sensible al desarrollo no solamente de una historia, sino de conceptos teológicos que fueron siendo revelados parte por parte, como la rosa que comienza en botón y se va abriendo pétalo por pétalo.

¿Por qué me detengo para hacer este punto? Porque creo que la mayor parte de la diferencia entre el pentecostalismo y la doctrina reformada tiene que ver con diferentes formas de leer la biblia. Sigue siendo tan importante hoy en día afirmar que toda la escritura es la Palabra de Dios, y cada doctrina se afirma y se complementa por las otras partes de la biblia. Es necesario distanciarnos de otros tipos de lectura bíblica, tales como formas «moralísticas» o de buscar meros ejemplos para nuestra vida. Cuando enfatizamos un estudio del Espíritu Santo que parte desde Génesis y clausura en Apocalipsis, estaremos seguros de conocer lo que Dios nos quiere decir sobre su Espíritu. 

Primeros pasos hacia una teología del Espíritu Santo

Es importante recordar que Moisés abre su relato de la creación con una referencia específica del Espíritu de Dios (Génesis 1:2). Antes de hablar del Espíritu Santo como Regenerador o Vivificador de su pueblo, es necesario hablar de su función como Creador. Con frecuencia se habla de Dios Padre y de Jesucristo como los agentes de la creación. Pero el testimonio bíblico es claro de que el Espíritu de Dios es agente activo también en la creación. Esto tiene relevancia teológica.

Moisés nos relata que el mundo estaba «desordenada y vacía» (tohu vabohu). Y el Espíritu de Dios se movía sobre este «tohu». El verbo que se usa en Génesis 1:2 para decir que el Espíritu «se movía» sobre las aguas, sólo se encuentra una vez más en el Pentateuco, en Deuteronomio 32:11. En el pasaje de Deuteronomio, es empleado para representar a Dios como águila, «revoloteando» sobre su pueblo, guiándolo en medio de «yermo de horrible soledad» (¡tohu!). Los paralelos entre los dos pasajes son obvios - en la creación el Espíritu de Dios revolotea sobre el «tohu» de la creación desordenada y le da forma a través de su palabra de poder; en Deuteronomio Dios revolotea sobre su pueblo en medio de otro «tohu», la soledad del desierto y el peligro de enemigos, y le da «forma» como pueblo escogido de Dios. Hebreos 1:1-3 atribuye la creación a Cristo, quien es el «resplandor de la gloria» de Dios, «imagen de su sustancia». Cristo y el Espíritu de Dios son uno desde la obra de la creación. Cuando Jesús dice en Juan 16:13,14 que el Espíritu Santo no hablaría «nada por su propia cuenta», sino que glorificaría a Jesús, estaba reflejando la unidad entre él y el Espíritu de Dios que hubo desde el comienzo del mundo. Todo intento de dividir la obra del Cristo de la del Espíritu Santo en la redención (“segundos bautismos”, bendiciones posteriores, etc.) no comprende la unidad fundamental entre ellos desde la creación. Nuestra teología del Espíritu Santo debe partir de un aprecio serio de la interrelación trinitaria desde la creación. La obra del Espíritu Santo fluirá de su esencia como uno con el Padre y el Hijo. Si bien hay diversificación de funciones, la unidad fundamental entre las personas de la trinidad debe prevalecer sobre cualquier distinción de papeles.

Ahora bien, con base en el testimonio del pentateuco, el Espíritu de Dios le da forma primero al mundo, y luego al pueblo de Dios. Examinemos estos paralelos. Génesis 1 termina con la gran declaración que Dios va a crear al hombre a su imagen. Luego en Génesis 2, Dios «sopla» el aliento de vida en la nariz del hombre. Es importante recordar que la palabra hebrea «espíritu» (ruach) es usada también para significar «viento». Si bien no se encuentra la palabra «ruach» en Génesis 2:7, la idea de que Dios «sopla aliento de vida» y el hombre tiene su comienzo como «ser viviente» surgiere que esto es resultado del «ruach» de Dios. Esta idea es reforzada con base en Salmo 104:29,30, donde leemos que Dios quita el aliento de vida, y vuelven al polvo, o envía su «ruach» (Espíritu) y «son creados, y renuevas la faz de la tierra». El Salmista toma estos conceptos de Génesis 2, donde Dios sopla en el hombre, y entiende que es el Espíritu de Dios que comunica la vida, que renueva y crea.
Es este Espíritu Creador que forma al hombre a la imagen de Dios. El hombre tiene su comienzo como portador de la imagen de Dios, infundida por el Espíritu de Dios. Podríamos decir que Adán fue el primer «bautizado» por el Espíritu Santo, y era plenamente lleno del Espíritu Santo antes de su caída. Si queremos buscar ejemplos de la llenura del Espíritu Santo, debemos comenzar con Adán antes de su caída.

Meredith Kline, en la obra ya mencionada, ha destacado esta obra del Espíritu de Dios como formador de la imagen de Dios porque cree que ha sido descuidada en las formulaciones doctrinales sobre la imagen de Dios. Kline sugiere que mucho del lenguaje bíblico sobre la redención se toma de Génesis 1 - 3, y afecta nuestra teología del Espíritu Santo. Por ejemplo, a la luz de lo anterior, podemos ver la acción de Dios en vestir a Adán y Eva después de su caída, como un símbolo de la restauración a la imagen plena de Dios, y la restauración de la presencia del Espíritu Santo. De allí comienza todo un lenguaje bíblico de «vestirse» - y encontramos que el Espíritu Santo «viene sobre» las personas escogidas de Dios para tareas particulares (ver p.ej. Jueces 6:34, 14:6, etc.). De interés son las vestiduras «para honra y hermosura» que Dios manda hacer para Aarón y los sacerdotes (Exodo 28). Los colores y su propósito «para santidad» (ver 28:2,4,36-43) sugieren que estas vestiduras son un reflejo de la nube de gloria, y así vestido Aarón de una representación de la imagen de Dios, es apto para servir como mediador del pueblo.

En el Nuevo Testamento leemos que debemos «quitar» el viejo hombre y «vestirnos» de Jesucristo, quien es la imagen perfecta de Dios (Col. 3:9,10; Ef. 4:22-24; Rom. 13:14). Este lenguaje tiene sentido profundo a la luz del Antiguo Testamento, ya que Cristo cumple por nosotros el papel del postrer Adán, portador de la imagen perfecta de Dios, y crea por medio de la fe una nueva humanidad. Su obra se describe como un «vestir de la imagen» de Cristo o de Dios. Con base en lo que hemos visto de Génesis, es muy probable que el énfasis del Nuevo Testamento sobre la obra del Espíritu Santo será esta restauración de la imagen de Dios al hombre pecador. Retomaremos este punto abajo. La obra de redención

¿En qué afecta todo esto nuestra doctrina del Espíritu Santo? Pues, cuando partimos de la obra de Dios en la creación del hombre a su imagen, nos ubicamos en cuanto a la obra de su Espíritu. El Espíritu de Dios fue el agente para comunicar la imagen de Dios al hombre, así produciendo una criatura que pudiera gozarse de plena comunión con Dios, y realizar su tarea en el mundo obedientemente.

En la historia de la redención, el Espíritu de Dios toma este papel de re- creador a la imagen de Dios. Por ejemplo, Moisés entiende que la nube de gloria sobre Israel es el mismo «ruach» de Dios sobre el tohu, re-creando un nuevo pueblo (Deut. 32:10,11). Esta nube «shekinah», de gloria, debía ir adelante del pueblo. Es digno de mención aquel pasaje en que Moisés discute con Dios, que si no iba adelante el Angel de la presencia, la nube de gloria, entonces Moisés no se movía de ahí (Exodo 33:7-16). El entendía que si Dios no iba formando a su pueblo a su propia imagen, nada podía hacer él.
Después de las fallas de Israel como pueblo, Dios promete que el Espíritu de Dios cumpliría aún su función de re-crear un pueblo obediente. Por ejemplo, en Ezequiel 36:25-27 Dios promete que un cambio de corazón vendrá por medio de su Espíritu Santo. El lenguaje de este pasaje nos recuerda del pacto con Abraham - «seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo». El pecado había alejado al hombre de Dios. Adán y Eva quedaron excluidos del huerto de Edén. Sin embargo, Dios los viste de pieles - símbolos de reconciliación. La humanidad levanta la torre de Babel en rebeldía contra Dios, pero Dios le promete a Abraham que él formaría un pueblo por gracia. El Espíritu Santo resulta ser el agente de esta obra de reconciliación con Dios y formación como pueblo.

Existen varias «imágenes» del Espíritu en el Antiguo Testamento, entre ellas el tabernáculo, los vestimentos de los sacerdotes, el oficio del profeta, y aún eventos tales como el primer día de juicio cuando Dios confronta a Adán y Eva en el huerto de Edén. Aquí no podemos ampliar estas facetas de la obra redentora del Espíritu de Dios, pero cabe decir que hay una amplia preparación en el Antiguo Testamento para la venida del Espíritu de Dios sobre su pueblo el día de Pentecostés. Estas esperanzas se ubican sólidamente dentro del pacto que Dios establece con su pueblo, y tienen su enfoque en una recreación a la imagen de Dios. Y hemos visto que ciertos símbolos se han empleado para representar el derramamiento del Espíritu, - como por ejemplo soplando sobre Adán, vistiendo a la persona (Adán/Eva, Aarón), y representándose en fuego como la nube de gloria en el desierto.

Las señales de pentecostés

El interrogativo que queremos hacer ahora es: ¿son las señales del día de pentecostés parte de la sustancia del derramamiento del Espíritu Santo? Podríamos acercarnos a esta pregunta de varias formas, por ejemplo - el testimonio en el resto del libro de Hechos, o relacionando las historias de Hechos con las epístolas de Pablo y el resto del Nuevo Testamento. Aquí quiero seguir el argumento que venimos desarrollando desde el Antiguo Testamento. Vamos a considerar los siguientes puntos:
(1) Dios había prometido un derramamiento de su Espíritu Santo sobre su pueblo en general. Y prometió señales para comprobar ese hecho (Joel 2:28- 32).

(2) El Espíritu prometido era aquél que había soplado sobre el hombre creándolo a la imagen de Dios. Este Espíritu cubriría todo el pueblo, trayendo un corazón dispuesto a la obediencia. Las promesas del Antiguo Testamento enfatizan un corazón cambiado y una disposición de obediencia (Jer. 31:31-33; Ezeq. 36:25-27).

(3) Las manifestaciones principales que Dios emplea en el Antiguo Testamento para representar la presencia de su Espíritu son: (a) Viento (ruach); Dios sopla sobre Adán (Gen. 2:7), su «ruach» le da vida al mundo (Salmo 104:10,11). (b) Fuego - la nube de gloria era una nube de fuego y de gloria. Claramente estas manifestaciones representan el Espíritu de Dios. Dios había llamado a Moisés desde la zarza ardiente. Luego entregó el pacto en medio de fuego y humo en Sinaí. Y cuando los setenta ancianos reciben una porción del Espíritu que había en Moisés, Dios baja en la nube y reparte el Espíritu. (3) Profecía - los profetas, u «hombres del Espíritu» (Oseas 9:7) demostraban la presencia del Espíritu a través de anunciar la voluntad de Dios por inspiración divina.

¿Qué pasa el día de pentecostés? Bueno, hay una manifestación «típica» del Espíritu de Dios. Dios en ocasiones anteriores se había manifestado por medio de un viento recio, por señales de fuego, y con profecía. Lo grande esta vez era que el Espíritu reposaba sobre todos presentes, y en esto consiste el «cumplimiento» de la promesa. Pero este cumplimiento no implica que las manifestaciones eran ni nuevas ni permanentes. Al contrario, sirven de señal de que las promesas de Dios se habían cumplido. Y como señales, son secundarias y son temporales. No forman la esencia del derramamiento del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento Dios preparó el camino para poder entender la sustancia de lo que iba a hacer en el día de Pentecostés. Por eso se revela como «viento» y como «fuego». Pero estas señales son periféricas. La iglesia no necesita estas señales tal como Adán no las necesitaban para obedecer a Dios antes de su caída. Eran «señales», no la sustancia. Pedro enfatiza esto en su sermón el día de Pentecostés. Primero Pedro les recuerda a sus oyentes de las señales que hizo Cristo estando vivo (Hechos 2:22), y luego dice que habiendo sido exaltado, ganó el derecho al Espíritu Santo, al cual ha derramado con estas últimas señales (Hechos 2:32,33). ¿Qué de las lenguas? En realidad las lenguas en sí parecen no formar parte de las señales de Pentecostés. La presencia de profecía sí manifestaba un cumplimiento de las esperanzas del poder y llenura del Espíritu Santo. Pero ninguna profecía del Antiguo Testamento menciona «hablar en otras lenguas» como señal del Espíritu Santo. Creo que podemos entender el hablar en lenguas (idiomas - Hechos 2:8 ) bajo el rubro en el cual lo trata Pablo en 1 Corintios 12. Era un don que Dios dio, repartido «como él quería» (1 Cor. 12:11), y no necesariamente para cada creyente (« ¿hablan todos en lenguas?»- una pregunta retórica con respuesta: «¡no!» 1 Cor 12:30). Las señales verdaderas el día de Pentecostés fueron el viento, el fuego, y la proclamación del evangelio. Estas fueron las señales para los creyentes. El don de predicar el evangelio en otros idiomas por supuesto llamó más la atención de los no-creyentes, porque fue la Palabra de Dios proclamada en su idioma natal, convenciéndoles de su pecado. Si queremos hablar de las lenguas como señal, eran señal para los no-creyentes - lo cual concuerda con lo que Pablo dice en 1 Corintios 14:22.

Esto ilustra el error de los grupos que desean destacar las lenguas como señal para los creyentes del bautismo con el Espíritu Santo. Si hubiera señal para los creyentes, deberían ser viento y fuego. Las lenguas eran señal para los incrédulos. Pero como dijimos arriba, las señales no forman parte de la sustancia. Si queremos buscar «pruebas» del Espíritu Santo en nuestra vida, Gálatas 5:22,23 es claro: «Amor, paz, paciencia, etc». La prueba de la presencia del Espíritu Santo en la vida de un cristiano es la transformación a la imagen de Cristo, quien es la imagen perfecta de Dios. La «unción» del Espíritu es la «unción de la obediencia». Esto es lo que se destaca en el libro de los Hechos. El derramamiento del Espíritu Santo produjo - no una sed de más señales, sino un deseo fervoroso de obedecer a Dios.

Desear la señal de algo y no su esencia es como desear un anillo de bodas y no una esposa, o querer sólo saborear los olores de una comida rica y no comerla. Dios dio señales contundentes el día de Pentecostés de que había cumplido sus promesas. Pero el deseo de la iglesia no debe ser por las señales, sino la sustancia del Espíritu de Dios - la imagen de Dios renovada en nuestro corazón y nuestra vida.

Conclusiones

Existe una armonía perfecta entre las varias porciones de las Escrituras, y he tratado de señalar cómo los primeros capítulos de Génesis arrojan luz sobre el evento de Pentecostés. Con este artículo he tratado de despertar interés en el estudio amplio del testimonio Bíblico, dando importancia al desarrollo de la revelación de Dios. También he tratado de señalar que Dios se sirve de «imágenes» o «modelos» para representar verdades espirituales. Encontramos en el Antiguo Testamento una riqueza de formas por medio de las cuales el Espíritu Santo se revela. Para nuestra comprensión del día de Pentecostés, es necesario tomar en cuenta estas preparaciones de Dios.

La Palabra de Dios contiene una riqueza de enseñanzas sobre la persona y obra del Espíritu Santo. Nuestra teología debe apoyarse en todas las facetas de estas enseñanzas, reconociendo tanto el desarrollo de la revelación como la interrelación de sus partes.

Lejos de producir una fe meramente «intelectualista» o «doctrinal», el aprecio de toda la gama bíblica sobre el Espíritu Santo nos llevará a una comprensión y compromiso mayor con nuestro Redentor. Nuestra obediencia buscará formas más fieles y profundas en qué manifestar nuestra transformación a la imagen de Dios, y podremos enfocarnos en la esencia de la plenitud del Espíritu de Dios - el amor, la paz y la obediencia - en lugar de derramar energías buscando elementos extraños al evangelio. ¡Dios nos llene a nosotros y a nuestras iglesias de este Espíritu Creador y Redentor!

BIBLIOGRAFIA

Breneman, Mervin. “¿Cómo debemos usar el Antiguo Testamento?”, Misión, #57. Calvin, John. Comentaries on the book of Génesis. Grand Rapids: Baker Book House, 1981. Dayton, Donaid W. Raíces Teológicas del Pentecostalismo. Grand Rapids: Nueva Creación, 1991. Gaffin, Richard. Perspectives on Pentecost. Phillipsburg: Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1979. Morley, Don. “Observando la bendición de Toronto”, Nueva Reforma, 29, Abril 1995. Naf, Willi. “Benny Hinn, Dominador Poderoso”, Nueva Reforma, 30, Julio 1995. Kline, Meredith. Images of the Spirit. Grand Rapids: Baker Book House, 1980. Vos, Geerhardus. Biblical Theology. Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co., 1948. 

Guillermo Green is a minister in the United Reformed Church, and serves as executive director of CLIR, the Latin America Fellowship of World Reformed Fellowship



Soli Deo Gloria
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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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