Mostrando las entradas con la etiqueta Expiacion. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Expiacion. Mostrar todas las entradas

Libro LA VERDAD DE LA CRUZ

 Saludos hermanos

En está entrada quiero compartir un libro que tuve el privilegio de traducir. Fue una gran bendición realizar este trabajo. Cómo todos los libros escritos por R. C. Sproul, este no fue una excepción a la regla, ya que al igual que los demás, este también posee una riqueza doctrinal profunda, y bíblica por supuesto.

Dado que no estaba disponible en español me di a la tarea de traducirlo. Así que el día de hoy lo comparto con ustedes.

¡Que lo disfruten!

La Verdad de la Cruz (clic)


Lenin MDS

https://www.facebook.com/leninms/

LA NECESIDAD DE LA EXPIACIÓN

Por R. C. Sproul

Estoy fascinado con la información que publican las agencias de publicidad. Parece que el negocio de la publicidad se ha vuelto cada vez más sofisticado, a medida que las agencias buscan posicionar a empresas y productos en el mercado. Para alcanzar este objetivo, billones de dólares se gastan cada año con el fin de crear lo que llamamos logotipo – pequeñas imágenes o símbolos que identifican instantáneamente una marca o producto, comunicando algo sobre él, tal como su historia, su valor o importancia. Escuche decir que el logotipo más reconocible en los Estados Unidos de América son probablemente los arcos amarillos que vemos afuera en los restaurantes de McDonald´s.

La fe cristiana también tiene un símbolo universal – la cruz. ¿Por qué la cruz? Después de todo, el cristianismo tiene muchos aspectos. Vemos estos muchos aspectos en el campo de la teología sistemática, que se divide en varias secciones, tales como la teología propiamente dicha, el estudio de Dios mismo; la pneumatología, que es el estudio de la persona y la obra del Espíritu Santo, la eclesiología, que es el estudio de la iglesia, soteriología, que es el estudio de la salvación, etc.

Sin embargo, una de las secciones más importantes de la teología es la cristología: el estudio de la persona y la obra de Cristo. En este campo de estudio, cuando deseamos obtener el aspecto más crucial, el aspecto que podemos llamar de “quid” del asunto sobre la persona y la obra de Jesús, pensamos inmediatamente en la cruz. La palabra crucial y crux tienen su raíz en la palabra latina para “cruz” y ha llegado a nuestro idioma con sus significados actuales porque el concepto de la cruz está en el centro mismo del cristianismo bíblico. En un sentido muy real, la cruz cristaliza la esencia del ministerio de Jesús.

Esta fue la opinión del apóstol Pablo. En su primera epístola dirigida a la iglesia de Corinto, Pablo hizo una declaración asombrosa acerca de la importancia de la cruz para toda la fe cristiana: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Cor. 2: 1-2).

Pablo era un hombre que tenía el equivalente a dos doctorados en teología cuando tenía 21 años de edad, un hombre que escribió con gran discernimiento sobre todo el ámbito de la teología. Sin embargo, afirmó que el punto focal de su enseñanza, predicación y ministerio entre los corintios era simplemente “Jesucristo y a este crucificado”.

Cuando el apóstol hizo esta afirmación, obviamente estaba involucrado en el arte literario de la hipérbole. El prefijo griego hiper es la fuente de nuestra palabra super e indica un grado de énfasis. Hiper se une a una palabra-raíz y la hace resaltar. En este caso, la palabra-raíz proviene del verbo griego “lanzar”. Por lo tanto, hipérbole es, literalmente, un “superlanzamiento”; es una forma de énfasis que usa una exageración intencional. Este es un artificio común en la comunicación. A veces, cuando un hijo desobedece, un padre puede decir enojado: “Te he dicho mil veces que no hagas eso”. El padre no quiere decir, literalmente, mil veces; y nadie que escuche al padre entiende que él quiere decir literalmente mil veces. Todos entienden que una declaración como esta es una exageración – una exageración que no nace del engaño o la falsedad, sino de la intención de enfatizar algo.

Esto es lo que estaba haciendo el apóstol Pablo cuando dijo a los cristianos de Corinto que había decidido no saber nada, excepto a Cristo crucificado. Es claro que Pablo estaba determinado a conocer todo tipo de cosas además de la persona y la obra de Jesús. Él quería enseñar a aquellos cristianos las cosas profundas sobre el carácter y la naturaleza de Dios el Padre. Deseaba instruirlos sobre la persona y la obra del Espíritu Santo, sobre la ética cristiana y muchas otras cosas que van más allá del alcance inmediato de la obra de Cristo en la cruz. Entonces, ¿Por qué Pablo dijo esto? La respuesta es obvia. Pablo estaba diciendo que, en toda su enseñanza, en toda su predicación, en toda su actividad misionera, el punto importante y central era la cruz. En realidad, este maestro estaba diciendo a sus alumnos: “Pueden olvidar otras cosas que les he enseñado, pero nunca olviden la cruz, porque fue en la cruz, a través de la cruz y junto a la cruz que nuestro señor llevó acabo la obra de redención y reunió a Su pueblo para la eternidad”.

Al poner este énfasis en la cruz, Pablo estaba hablando en nombre de todos los escritores del Nuevo Testamento. Si pudiéramos leer el Nuevo Testamento con ojos vírgenes, es decir, como si fuéramos la primera generación de personas en escuchar el mensaje, creo que quedaría claro que la crucifixión estaba en el centro mismo de la predicación, enseñanza y catequesis de la comunidad del Nuevo Testamento – junto, por supuesto, con la piedra angular de la obra de Cristo, su resurrección y posterior ascensión. El Nuevo Testamento nos revela la importancia, el propósito, y el significado de la cruz de Cristo.

Si es verdad que la cruz tiene importancia crucial en el cristianismo bíblico, parece que es esencial que los cristianos entiendan el significado de la cruz en términos bíblicos. Esto sería cierto en cualquier generación, pero es particularmente necesario en esta. Dudo que haya habido un periodo en los dos mil años de la historia del cristianismo en el que el significado, la centralidad e incluso la necesidad de la cruz hayan sido más controversiales que ahora. Ha habido otros periodos en la historia de la iglesia cuando surgieron teologías que consideraban la cruz de Cristo como un acontecimiento innecesario, pero nunca antes en la historia de la iglesia cristiana la necesidad de la expiación ha sido tan ampliamente desafiada como en nuestros días.

La gente me dice que no son cristianos, no tanto porque nunca se hayan convencido de las afirmaciones verdaderas del cristianismo, sino porque nunca se han convencido de la necesidad de lo que enseña la biblia. ¿Cuántas veces has oído a la gente decir: “¿Esto tal vez sea cierto, pero yo personalmente no siento la necesidad de Jesús”, o “¿No necesito la iglesia”, o “No necesito el cristianismo”? Cuando la gente me dice algo como esto, trato de dirigir la conversación hacia la cuestión de la verdad del cristianismo. Creo que, si pudiéramos convencer a las personas de la verdad sobre la persona de Cristo y la obra que él hizo, notarían inmediatamente que necesitan de esta verdad.

En cierta ocasión, mientras esperaba a mi esposa Vesta, en un centro comercial, vi una librería y entré. Había millares y millares de libros en aquella tienda, separados en diversas categorías marcados de manera prominente: ficción, no ficción, negocios, deportes, autoayuda, matrimonio, historias infantiles, etc. muy al fondo de la tienda estaba la sección de religión, que consistía solo de cuatro estantes, lo que la convertía en una de los segmentos más pequeños de la tienda. El material que se encontraba en aquellos estantes no era lo que podríamos llamar cristianismo tradicional, ortodoxo y clásico. Me pregunté: ¿Por qué esta tienda vende ficción y autoayuda, pero no le daba importancia, como parte de su programa, el contenido de la verdad Bíblica?

Comprendí que la tienda no estaba allí como un ministerio. Su propósito era comercial, obtener ganancias. Por eso, admití que la razón por la que no había buenos libros cristianos era por el hecho de que no había muchas personas preguntando: ¿Dónde puedo encontrar un libro que me enseñe acerca de las profundidades y riquezas de la expiación de Cristo? Incluso cuando vamos a una librería cristiana, encontramos poca evidencia de que las personas están preocupadas por obtener una comprensión más profunda de algo tan central como la expiación.

Pensé sobre estas cosas y llegué a la conclusión de que las personas no están interesadas en una expiación. Están convencidas de que no la necesitan. No preguntan: ¿Cómo puedo reconciliarme con Dios? ¿Cómo puedo escapar del juicio divino? Si nuestra cultura perdió alguna cosa, fue la idea de que los seres humanos son personal, particular, individual, y en última instancia, inexorablemente responsables ante Dios por sus vidas.

Si todo el mundo se despertara y dijera: “Algún día tengo que presentarme ante mi Creador y dar cuenta de cada palabra que he dicho, cada acción que he hecho, de cada pensamiento y de cada tarea que no hice”, podrían suceder varias cosas. Podrían decir: “Soy responsable, pero no es realmente importante el hecho de que Aquel ante quien tengo que entregar cuentas no se preocupa con el tipo de vida que llevo, porque entiende que los niños serán niños y las niñas serán niñas” En este caso, nada cambiará. Pero, si las personas entendieran que hay un Dios santo y que el pecado es una ofensa contra este Dios santo, llenarían nuestras iglesias y preguntarían: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”.

Una vez fui al hospital a causa de una piedra en el riñón. No era algo que involucrara riesgo de muerte – simplemente lo parecía. Soy una de esas personas que, al sentir dolor, hará todo lo que esté a su alcance para negar su existencia, así no tendré que ver al médico, pedirle que investigue y oírle decir malas noticias. Pero, cuando tuve aquella piedra en el riñón, llamé al médico rápidamente. Cuando llegué al hospital, los médicos no podían averiguar lo que me pasaba. Mientras esperaba el resultado de los exámenes, acostado de espaldas y adolorido, estuve buscando canales de televisión y me detuve en una trasmisión religiosa, donde el predicador estaba leyendo la historia de la Navidad. En el transcurso de la lectura, llegó a la Anunciación: “Porque os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2: 11). No puedo decirte cuantas veces he leído o escuchado esta frase, pero cuando estaba en esa cama de hospital, con mi futuro incierto, me golpeo con un mazo. Me dije a mi mismo, “Esto es exactamente lo que necesito: un Salvador”.

Mi argumento es este: sentí la necesidad de un Salvador porque estaba sufriendo. Estaba con miedo, y las cuestiones relacionadas con la vida y la muerte ocupaban un lugar central en mi atención. Pero esto no es así en circunstancias normales en el día a día en la vida de las personas. Nuestra necesidad de salvación no es una preocupación primordial. Sin embargo, el cristianismo opera bajo la premisa principal de que el hombre necesita la salvación.

La doctrina de la justificación que prevalece en nuestros días no es la doctrina de la justificación solo por la fe. Ni siquiera es la enseñanza de la justificación a través de las buenas obras o por una combinación de fe y obras. El concepto de la justificación que predomina hoy en la cultura occidental es el de la justificación a través de la muerte. Se asume que todo lo que uno tiene que hacer para ser recibido en los brazos eternos de Dios es morir.

En algunos casos, la indiferencia predominante hacia la cruz se convierte abiertamente hostil. En cierta ocasión me pidieron que diera una conferencia en la que explicara la relación entre el antiguo y nuevo pacto. En el transcurso de esta conferencia, me referí a la muerte de Cristo como un sacrificio sustitutivo y vicario por los pecados de otros. Para mi sorpresa, alguien en el fondo de la sala gritó: “Esto es primitivo y obsceno”. Me quedé desconcertado por un momento, así que le pregunté: ¿Qué dijiste? Lo volvió a decir con gran hostilidad: “Eso es primitivo y obsceno”. En ese momento, me recuperé de mi sorpresa y le dije al hombre que realmente me gustaba la elección de sus adjetivos. Es primitivo que se haga un sacrificio de sangre para satisfacer la justicia de un Dios santo y trascendente, pero el pecado es algo primitivo y básico para nuestra existencia humana, por eso Dios resolvió comunicarnos su amor, misericordia y redención a través de esta obra primitiva. La cruz fue la cosa más horrible y obscena en la historia del mundo. Así que, le agradecí por su observación. Pero el punto es que él hombre era extremadamente hostil a toda idea de la expiación.

Por supuesto, esta duda generalizada sobre la necesidad de una expiación no apareció de la noche a la mañana. De hecho, la expiación ha sido durante mucho tiempo objeto de debate dentro de la iglesia.

Tengo un amigo teólogo que frecuentemente dice: “En la historia de la Iglesia, hay básicamente tres tipos de teología”. Aunque ha habido muchas escuelas, con numerosos nombres y distintos matices, en general solo hay tres tipos de teología, los cuales llamamos agustinianismo, semipelagianismo y pelagianismo. En términos simples, el agustinianismo afirma que la salvación está fundamentada tan solo en la gracia de Dios, el semipelagianismo enseña que la salvación depende de la cooperación humana y la gracia de Dios, y el pelagianismo cree que la salvación se puede alcanzar sin la gracia de Dios. Prácticamente, todas las iglesias caen en una de estas tres categorías.

En mi opinión, el agustinianismo y el semipelagianismo representan debates importantes dentro de la familia cristiana, representan distintas opiniones sobre la interpretación bíblica y la teología entre los cristianos. Sin embargo, el pelagianismo en sus diversas formas no es un asunto interno entre los cristianos, sino que, en el mejor de los casos, es subcristiano y, en el peor de los casos, anticristiano. Digo esto debido a la opinión que tiene el pelagianismo sobre la necesidad de la cruz.

Así como hay tres tipos básicos de teología, así también hay históricamente tres opiniones básicas sobre la necesidad de la expiación. Primero, existen aquellos que creen que la expiación es totalmente innecesaria. Los pelagianos, en todas sus formas, encajan en esta categoría. El pelagianismo, que se originó en los siglos XVI y XVII y lo que hoy llamaríamos liberalismo teológico son, todos, esencialmente, no cristianos porque, en el corazón de cada uno de ellos hay una negación de la expiación de Jesucristo. Estas escuelas de pensamiento, al remover del Nuevo Testamento el acto reconciliador de Cristo, no tienen nada que ofrecer, excepto moralismos. Para ellos, la cruz es el lugar en el que Jesús murió como un ejemplo para los hombres. Lo ven como un héroe existencial, como Aquel que nos inspira con su compromiso y devoción al auto-sacrificio y sus preocupaciones humanistas. Pero esos moralismos no son, de ningún modo, únicos y dignos de lealtad. En el pelagianismo, no hay salvación, ni Salvador, ni expiación, porque en esta escuela de pensamiento la salvación no es necesaria.

En segundo lugar, están aquellos que creen que la expiación es solo hipotéticamente necesaria. Este punto de vista expresa la idea de que Dios podría habernos redimido a través de una variedad de formas y medios, o podría haber elegido pasar por alto el pecado humano. Sin embargo, hizo algo dramático cuando se comprometió a seguir cierto curso de acción. Eligió redimirnos a través de la cruz, por medio de una expiación. Una vez que Dios se comprometió consigo mismo, la expiación, se hizo necesaria, no de jure o de facto, sino de pacto, es decir, por la virtud de un pacto o una alianza que Dios hizo para emitir una promesa de que haría una cosa en particular. La promesa era gratuita en el sentido de que no era necesario que Dios lo hiciera, pero, a pesar de eso, la hizo. Luego, se comprometió con este curso de acción. Esto es lo que se entiende por una necesidad hipotética de la expiación.

El tercer punto de vista, que es el punto de vista cristiano ortodoxo clásico, y que estoy convencido de que es el punto de vista bíblico, es que una expiación no era simplemente hipotéticamente necesaria para la redención del hombre, sino que era absolutamente necesaria, si alguien tenía que ser redimido y reconciliado con Dios. Por esta razón, la teología ortodoxa ha afirmado, durante siglos, que la cruz es una parte esencial del cristianismo, esencial en el sentido de que es una condición sine qua non, “sin el cual el cristianismo no existiría”. Si se quita la cruz como un acto expiatorio, quitas el cristianismo.

La afirmación de que la cruz era un requisito previo absolutamente necesario para la redención, suscita inmediatamente la pregunta ¿Por qué? La respuesta yace, como lo ha hecho incluso desde la época de Agustín y Pelagio, en nuestra comprensión de la naturaleza del carácter de Dios y la naturaleza del pecado. Si tenemos una idea incorrecta del carácter de Dios y la naturaleza del pecado, es inevitable que lleguemos a la conclusión de que la expiación no era necesaria. Por lo tanto, en los próximos capítulos trataremos estos asuntos cruciales.

Traducción: Lenin MDS


LA RELACION MOSAICA, ESTABA ORIENTADA HACIA EL MEDIADOR JESUCRISTO.



Por Juan Calvino
Institución de la Religión Cristiana

LA RELACION MOSAICA, FUNDADA SOBRE LA ALIANZA DE LA GRACIA ESTABA ORIENTADA HACIA EL MEDIADOR JESUCRISTO.

Todo lo dicho hasta aquí permite ver que la ley no fue dada, unos cuatrocientos años después de la muerte de Abraham, para alejar de Jesucristo al pueblo elegido.

Existió para mantener despiertos los espíritus hasta su venida, para incitarlos a desear ardientemente esa venida y para fortalecerlos también durante esa espera, a fin de que no desfallecieran  ante la duración de la misma.

Por el término entiendo no solamente los 10 mandamientos, que nos enseñan cómo vivir de manera justa y santa, sino toda la forma de culto que Dios instauró por medio de Moises. Este no fue establecido como legislador para abolir la bendición prometida a la descendencia de Abraham. Más bien lo vemos, en varias ocasiones, recordar a los judíos esa alianza gratuita que Dios había hecho con sus padres y de la que eran herederos. Moises se presenta como el enviado para renovarlo.

Las ceremonias instituidas manifestaron ampliamente que tenían un sentido espiritual. En efecto, no habría habido nada tan inútil y absurdo como ofrecer grasa o humos mal olientes de los extraños de los animales quemados para reconciliarse con Dios; o de encontrar refugio  bajo una aspersión de sangre o de agua para limpiar las impurezas del alma. En resumen, si se consideran en si mismo todos los aspectos del ritual instituido por la ley como si no fuesen las sombras o figuras de verdades correspondientes, podrían parecer como un juego sin utilidad. Igualmente, hay buenas razones para que en la epístola a los Hebreos  y en el ultimo sermón de esteban se recuerde de manera tan precisa el texto en que Dios manda a Moises que construya el tabernáculo y sus accesorios conforme al modelo recibido en la montaña (Hech. 7:44; Heb. 8:5; Éxodo 24:40). Si eso careciera de propósito espiritual, los judíos habrían trabajado para nada, como los paganos en las fantasías, los burladores y los profanos que nunca han tenido una piedad verdadera, juzgan con insensatez la cantidad de ceremonias dictadas por la ley. No solo se extrañan que Dios hubiese querido imponer a su pueblo tantas reglas severas para seguir, sino que se mofan de todas esas prácticas meticulosas que parecen juego de niños. Al no tener en cuenta el objetivo que representan las figuras de la ley, estas prácticas pueden, en efecto, parecer vanas e inútiles.

 Pero el modelo del que hablamos, expresa que Dios no estableció los sacrificios para ocupar en lo material a los que querían servirle, sino mas bien para elevar sus espíritus. Como Dios es espíritu, está en su naturaleza no encontrar agrado en ningún servicio que no sea espiritual. Varias frases de los profetas dan testimonio de ello, cuando reprochan su necedad a los judíos que pensaban que de alguna forma Dios se quedaba con los sacrificios. La intención de los profetas no era contravenir la ley, sino, como maestros fieles y honestos, llevar a la multitud de los judíos por el buen camino que llevaba a la meta de la que se habían desviado.

Ya hemos visto que la ley no está vacía de Jesucristo, porque la gracia de Dios se ofreció a los judíos, según Moises, la meta de su adopción era la de ser un reino de sacerdotes para Dios (Exodo 19:6) lo cual era imposible sin una reconciliación más digna y preciada que mediante la sangre de animales. Los hijos de Adán nacen todos por herencia esclavos del pecado. ¿Por qué se les iba a elevar de manera inesperada a la dignidad real, haciéndoles así participantes de la gloria de Dios, sino es por medio de un bien mucho más alto y que les viene de afuera? Siendo como eran odiosos para Dios a causa de la impureza de sus pecados ¿Cómo podía pertenecerles, o desarrollarse entre ellos el oficio de sacerdotes, sin ser consagrados para ese oficio por la santidad de la cabeza?

Por eso Pedro, al citar las palabras de Moises, demostró una gran habilidad y gracia para indicar que bajo la ley se despliega en Jesucristo, dice: (1 Pedro 2:9). Este cambio de términos tiene como fin dejar claro que aquellos a los que Jesús se les presentó mediante el evangelio recibieron más bienes que sus padres, puesto que están dotados y revestidos del honor sacerdotal y real, para tener la libertad de presentarse directamente ante Dios por medio de su mediador.


bY LeMS

Los medios de santificación



John Murray
Libro La Redención Consumada y Aplicada
Páginas 143 - 145


Mientras que dependemos constantemente de la actividad sobrenatural del Espíritu Santo, debemos tener en cuenta también que la santificación es un proceso que atrae dentro de su ámbito la vida consciente del creyente. Los santificados no son pasivos ni tampoco inactivos en el proceso. Nada muestra esto con mayor claridad que la exhortación del apóstol: «Lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil. 2:12,13). La salvación a que se hace referencia aquí no es la salvación que ya se posee, sino la salvación escatológica (cf. 1 Ts. 5:8, 9; 1 P. 1:5, 9; 2:2). Y ningún texto establece de manera más sucinta y clara la relación de la obra de Dios con nuestra obra. La obra de Dios en nosotros no se detiene porque nosotros obremos.

Tampoco es la relación estrictamente de cooperación, como si Dios hiciese su parte y nosotros hiciésemos la nuestra de manera que la conjunción o coordinación de ambas produjese el resultado deseado. Dios obra en nosotros, y nosotros también obramos. Pero la relación consiste en esto: debido a que Dios obra, nosotros obramos. Toda obra realizada por nosotros y que nace de nuestra salvación es el resultado de Dios obrando en nosotros, no se trata del querer que excluye al hacer ni viceversa, sino tanto el querer como el hacer.

Y esta obra de Dios tiene como meta final capacitarnos para querer y hacer lo que a él le agrada. Aquí tenemos no sólo la explicación de toda actividad aceptable que realicemos sino también el incentivo para el querer y el hacer. Lo que el apóstol está apremiando es la necesidad de obrar nuestra propia salvación, y el aliento que él da es la certidumbre de que es Dios mismo quien obra en nosotros. Cuanto más persistentemente obremos nuestra salvación, tanto más persuadidos llegaremos a estar de que toda la gracia y poder provienen de Dios.

Las exhortaciones a la acción de las que está impregnada la Escritura tienen todas el propósito de recordarnos que todo nuestro ser se mantiene intensamente activo en este proceso que tiene como meta el propósito predestinador de Dios de que seamos transformados según la imagen de su Hijo (Ro. 8:29).

Pablo dice de nuevo a los filipenses: «Esto es lo que pido en oración: que el amor de ustedes abunde cada vez más en conocimiento y en buen juicio, para que disciernan lo que es mejor, y sean puros e irreprochables para el día de Cristo, llenos del fruto de justicia que se produce por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (Fil. 1:9-11). Y Pedro, de manera semejante afirma:

«Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos» (2 P. 1:5-8). Es innecesario añadir más citas bíblicas. El Nuevo Testamento está saturado de este énfasis (cf. Ro. 12:1-3, 9-21; 13:7-14; 2 Co. 7:1; Gá. 5:13-16, 25, 26; Ef. 4:17-32; Fil. 3:10-17; 4:4-9; Col. 3:1-25; 1 Ts. 5:8-22; Heb. 12:14-16; 13:1-9; Stg. 1:19-27; 2:14-26; 3:13-18; 1 P. 1:13-25; 2:11-13, 17; 2 P. 3:14-18; 1 Jn. 2:3-11; 3:17-24).

La santificación involucra la concentración del pensamiento, del interés, del corazón, de la mente, de la voluntad y del propósito sobre el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús y el compromiso de todo nuestro ser con estos medios que Dios ha instituido para el alcance de este destino. La santificación es la santificación de las personas, y las personas no son máquinas; es la santificación de personas renovadas según la imagen de Dios en conocimiento, justicia y en santidad. La perspectiva que ofrece es conocer como somos conocidos y ser santos como Dios es santo. Todo aquel que tiene esta esperanza en Dios se purifica a sí mismo, así como él es puro (1 Jn. 3:3).


bY LeMS

¿Soy Predestinado?


Lutero y Calvino hablan de los Peligros de Especular con respecto a la
Elección Aparte de Cristo

© 2006, Modern Reformation Magazine, “¿Ha Fracasado Dios?” (Septiembre / Octubre,
Edición 2006, Vol. 15.5).

En 1524 Erasmo de Rótterdam decidió involucrar al famoso Martín Lutero en un debate con respecto al libre albedrío y la salvación. Siendo crítico del enfoque de Lutero orientado a la gracia, Erasmo advertía que los Cristianos no debían “por medio de la investigación irreverente involucrarse en aquellas cosas que son ocultas, por no decir superfluas.” Entre la lista de debates irreverentes o superfluos, Erasmo incluía la cuestión de “si nuestra voluntad logra algo en lo que atañe a la salvación eterna.” Esta afirmación no le cayó nada bien a Lutero quien en 1525 publicó su libro La Esclavitud de la Voluntad como respuesta a las quejas de Erasmo. “Este es el tema cardinal entre nosotros, el punto sobre el cual gira todo en esta controversia,” escribió Lutero. “Pues si soy ignorante de qué, de cuán lejos, y cuanto puedo y debo hacer en relación con Dios… no puedo adorar, alabar, agradecer y servir a Dios, puesto que no se cuánto debo atribuirme a mí mismo y cuánto a Dios.”


A lo largo de La Esclavitud de la Voluntad, Lutero presenta su caso de que uno no puede tener una visión estable de la gracia de Dios a menos que se halle anclada en la doctrina de la elección. Él argumenta, por ejemplo, que un hombre no experimentará una desesperación completa con respecto a sí mismo y sus propias obras hasta que “no dude que todo depende de la voluntad de Dios.” De modo que, el conocimiento de la voluntad soberana de Dios es la única medicina lo suficientemente fuerte como para matar el virus del orgullo humano en el esquema de Lutero. “Pues en tanto que [uno] esté persuadido de que no puede hacer lo más mínimo en dirección de su salvación, se queda con algo de autoconfianza y no se desespera totalmente con respecto a sí mismo, y por lo tanto no se humilla delante de Dios, sino que presume que existe… algún lugar, tiempo y obra para él, por la cual podrá, al fin, conseguir la salvación.”

Pero, ¿quizás esta medicina sea un poco demasiado fuerte? Pues con frecuencia, cuando los Cristianos comienzan a considerar el hecho de que la salvación se halla fuera de sus manos, comienzan a cuestionar si pertenecen o no al número de los elegidos de Dios, de modo que se desesperan y dudan que ellos mismos sean verdaderamente salvos. La palabra que Lutero usaba para describir este tipo de ansiedad era Anfechtungen, pues él personalmente batalló con esta cuestión por algún tiempo. Luego de caer repetidamente en la trampa de especular sobre la predestinación aparte de Cristo, Lutero admite de manera sincera, “yo… en realidad llegué al punto de imaginar que Dios es un pícaro.” Pero la angustia de Lutero con respecto a la predestinación fue atendida por los buenos consejos de Staupitz, el mentor de Lutero, tal y como lo recuerda durante una de sus charlas: Staupitz dijo, “si quieres disputar con respecto a la predestinación, comienza con las heridas de Cristo, y la discusión cesará. Pero si sigues debatiendo sobre ello, perderás a Cristo, la Palabra, los sacramentos, y todo.” Lutero encontró en el consejo de Staupitz algo de gran valor, a saber, que todos nuestros pensamientos con respecto a la elección y la predestinación deben estar anclados en Cristo.

Una y otra vez el reformador comparte el sano consejo que recibió, advirtiendo a sus lectores a no “preocuparse por las muchas personas en el mundo que no son escogidas. Si no sois cuidadosos, ese cuadro les afectará muy rápidamente y será su perdición.” En vez de eso, hemos de “mirar el cuadro celestial de Cristo, quien descendió al infierno por causa de vosotros y fue abandonado por Dios… En ese cuadro vuestro infierno es derrotado y su elección incierta se hace segura.” Sólo de esta manera la gracia electiva de Dios llega a ser para nosotros una doctrina de gran consuelo y gozo. Pero incluso aquí, Lutero aún nos ofrece palabras de cautela, “El antiguo Adán debe estar totalmente muerto antes de poder soportar este asunto y beber de este vino tan fuerte. Por lo tanto, aseguraos de que no bebáis vino mientras aún sois unos bebés en el seno.”

Un componente crucial de la exposición de la doctrina de la predestinación por parte de
Lutero es la distinción entre las cosas ocultas y las cosas reveladas. Basándose en el texto de Deuteronomio 29:29, Lutero les recordaba continuamente a sus lectores que “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.” Por lo tanto, el Cristiano no debiese tratar de buscar a Dios en su “majestad desnuda,” sino más bien buscarle solo en tanto que Él se haya vestido y revelado a Sí mismo. Especular con respecto a la predestinación de uno era peligroso para Lutero porque equivalía a entrar sin autorización en las cámaras secretas de Dios, mientras que enfocarse en Cristo y encontrar la elección de uno en Él era descansar en las cosas reveladas de Dios. Note por ejemplo como Lutero emplea esta distinción en uno de sus sermones sobre Juan 3:16. Dirigiéndose al tipo de persona que dice, “Soy un pecador demasiado grande, ¿y quién sabe si soy predestinado?” Lutero responde diciendo, “Mirad estas palabras… ‘De tal manera amó Dios al mundo,’ y ‘para que todo aquel que en él cree,’… aquí nadie es excluido. El Hijo de Dios fue dado para todos, a todos se les pide que crean, y todos los que creen no estarán perdidos, etc.” Lutero no argumenta aquí que todo el mundo ha sido escogido, sino más bien que la promesa ofrecida se extiende a todos los hombres. Aunque no tenemos acceso a la lista de nombres en el Libro de la Vida del Cordero, sí tenemos acceso a la promesa evangélica que Dios ha anunciado al mundo por medio de la proclamación del evangelio. “Dios nos ha dado a Su Hijo, Jesucristo,” escribe Lutero, “debiésemos pensar en Él diariamente y reflejarnos nosotros mismos en Él. Allí descubriremos la predestinación de Dios y la encontraremos de lo más hermosa.”

La distinción entre las cosas ocultas y las cosas reveladas se halla en el corazón del argumento de Lutero a lo largo de toda su obra La Esclavitud de la Voluntad. Refiriéndose a Ezequiel 18:23 (“¿Quiero yo la muerte del impío?”), Lutero comenta, “Pues él está aquí hablando de la misericordia de Dios predicada y ofrecida, no de aquella voluntad de Dios oculta y asombrosa por la cual Él ordena, por su propio consejo, cuál y qué tipo de personas
Él desea que sean recipientes y partícipes de su misericordia predicada y ofrecida. No se debe escudriñar en lo profundo de esta voluntad, sino que debe ser adorada con reverencia.”

Así que, desde la perspectiva de la voluntad revelada de Dios en el evangelio, uno puede en verdad decir “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Tim. 2:4). Pero, desde la perspectiva de la elección secreta de Dios, también necesitamos afirmar que “ninguno puede venir a mí [Cristo], si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:64). Una vez más, “el porqué esta majestad Suya no retira o cambia este defecto de nuestra voluntad en todos los hombres… es algo en lo que no tenemos derecho de inquirir.”

Es importante señalar aquí las similitudes entre las perspectivas de Lutero y las de Juan Calvino en este punto. Por ejemplo, Calvino escribe, “Se puede preguntar, si Dios no desea que ninguno perezca, ¿por qué es que tantos perecen?” A esto Calvino responde que “no se hace aquí ninguna mención del propósito oculto de Dios… sino solo de su voluntad tal y como se nos da a conocer en el evangelio. Pues Dios extiende allí su mano a todos sin ninguna diferencia, pero toma solamente a aquellos, para dirigirles hacia Sí mismo, a quienes ha escogido desde antes de la fundación del mundo.” Y con respecto a aquellos que especulan irreflexivamente sobre quién es predestinado y quién no, Calvino advierte que esto puede llegar a convertirse en “un laberinto, del que la mente del hombre no puede – por ningún medio – librarse por sí misma.” De modo que, ¿qué sugiere Calvino que hagamos?

No podemos hallar la certeza de nuestra elección en nosotros mismos; y ni siquiera en Dios el Padre, si miramos a Él aparte del Hijo. Cristo, entonces, es el espejo en el que debiésemos, y en el cual, sin decepción, podemos contemplar nuestra elección… si estamos en comunión con Cristo, tenemos una prueba suficientemente clara y fuerte de que estamos inscritos en el Libro de la Vida.

Entonces, quizás, Erasmo sí tenía de hecho una preocupación válida en su crítica de la “investigación irreverente” que tan frecuentemente acompaña a casi todas las discusiones acerca de la predestinación. Aquí Lutero y Calvino están totalmente de acuerdo. El abuso de la doctrina de la predestinación no es un buen argumento para rechazarla. Más bien, lo que se necesita es una exposición cuidadosa de esta doctrina bíblica crucial, junto con sugerencias para eliminar las numerosas causas de su abuso. Con respecto a este asunto Calvino afirma con valentía, “Ninguna doctrina es más útil, siempre y cuando se maneje de una manera adecuada y cauta… Si los hombres evaden cualquier otro argumento, la elección les cierra la boca, de modo que no se atreven y no pueden reclamar algo por ellos mismos.” Esta es precisamente la manera en que Lutero razonó en su respuesta a Erasmo. Y es también precisamente la manera en la que debemos pensar con respecto a la verdad aleccionadora, pero maravillosa, de la gracia electora de Dios en nuestro tiempo.

Traducción de Donald Herrera Terán, para http://www.contra-mundum.org



bY LeMS
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------