SOBRE LA CENA DEL SEÑOR SEGUN NUESTRA CONFESION DE FE.

Comentario a la Confesion de Fe de Westminster
Por: Archibal Alexander Hodge.

CAPÍTULO XXIX
LA CENA DEL SEÑOR
SECCIÓN I

I. Nuestro Señor Jesús, la noche que fue entregado, instituyó el sacra­mento de su cuerpo y de su sangre llamado la Cena del Señor, para que fue­se observado en su Iglesia hasta el fin del mundo, para recuerdo perpetuo del sacrificio de sí mismo en su muerte, para sellar en los verdaderos creyen­tes los beneficios de ella, para el nutrimento espiritual y crecimiento de ellos en Él, para que se empeñen en el cumplimiento de todos los deberes que tienen con Cristo, y para que sea un lazo y una prenda de comunión con él y de la de los unos con los otros como miembros de su cuerpo místico. (I Cor. 11:23-26; 10:16, 17, 21 y 12;13.)

Esta Sección nos enseña—a)—El tiempo en que fue instituida la Cena del Señor y la persona que la instituyó.— (b)—La perpetuidad de la obligación de celebrarla.— (c)—Su designio y efecto.

Del hecho de que fue instituida por nuestro Señor la noche que fue entregado no hay duda alguna. Tres evangelistas declaran el hecho con toda claridad: Mat. 26:26-29; Mar. 14:22, 25; Luc. 22: 19, 20 y así mismo Pablo I Cor. 11:23, 25, permaneciendo, por lo tan­to, hasta el día de hoy como un monumento de la verdad de la histo­ria del Evangelio con la cual está asociado.

2a El que fue designado para que se observe perpetuamente hasta el fin del mundo, es evidente—(1)—De las palabras mismas de la institución: "Haced esto en memoria de mí"; y otra vez: "Haced es­to todas las veces que la bebiereis en memoria de mí",— (2)—Por el ejemplo apostólico.— (3)—Las referencias frecuentes que se hacen a esta ordenanza en los escritos apostólicos, y que implican que la obli­gación de su observancia es perpetua.—(4)—La práctica uniforme y universal de la Iglesia Cristiana en todas sus ramas desde el principio.

En cuanto al objeto de la Cena del Señor las enseñanzas de nuestra Confesión pueden presentarse bajo los puntos siguientes:

(1)—La Cena del Señor es una conmemoración de la muerte de Cristo. Esto es evidente—(a)—Del hecho de que el pan es el emble­ma de su cuerpo hecho pedazos, y el vino, de su sangre derramada en la cruz por nosotros. Mat. 26:28; Luc. 22:19. — (b) —Del hecho de que el acto de comer el pan y beber el vino se declara por Cristo y por Pablo, como hecho "en memoria" de Cristo, y para "anunciar la muerte del Señor hasta que venga".

(2)—Es un sello del pacto del Evangelio por el cual todos los be­neficios del nuevo pacto son significados, sellados y aplicados a los creyentes. Conf. de Fe, cap. XXIX, §1: Cat. May. P. 162; Cat. Men. P. 92. Cristo dice: "Esta copa es el Nuevo Testamento (pacto) en mí sangre que por vosotros es derramada", Luc. 22:20; como si dijera, mi sangre es el sello del pacto de gracia, y como tal es ofrecida por vosotros. En su uso, Cristo ratifica su promesa de salvarnos bajo la condición de la fe, y nos concede todos los beneficios de la redención. Nosotros, al tomar ese signo, solemnemente nos obligamos a la con­sagración completa de nosotros a cumplir todos los requerimientos de! Evangelio de Cristo, no como nosotros los entendemos, sino como Él los quiso dar a entender. Es un principio universal el de que todo ju­ramento obliga en el sentido en que es entendido por la persona que lo impone.

(3) — Por esto es una señal de la profesión cristiana, una marca de fidelidad de un ciudadano del reino del cielo.

(4) —Fue señalada para significar y efectuar nuestra comunión con Cristo, en su persona, en sus oficios y en sus preciosos frutos. Pablo dice, I Cor. 10:16: "La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión (koinoonia) de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Cat. May. P. 170. "Así es que aquellos que participan dignamente del sacramento de la Cena del Señor, se alimentan del cuerpo y de la sangre de Cristo, no de una manera corporal o carnal, sino espiritual; así que real y verdadera­mente, por medio de la fe ellos reciben y aprovechan para sí a Cristo crucificado y a todos los beneficios de su muerte". El pan representa la carne y el vino a la sangre. Nosotros recibimos el símbolo con la boca material, y por la fe, recibimos realmente la carne y la sangre simbolizados. "El que come y bebe mi sangre tiene vida eterna. . . porque mi carne verdaderamente es comida y mi sangre verdadera­mente es bebida".

(5) — Tiene por objeto representar y efectuar la comunión mutua de los creyentes como miembros de un sólo cuerpo y una sola sangre. I Cor. 10:17: "Porque un pan es que muchos somos un cuerpo, pues todos participamos de aquel, un pan". La unión con una cabeza im­plica necesariamente la comunión con cada miembro perteneciente a la misma cabeza.

SECCIONES II, III, IV, V, y VI

II. En este sacramento no es ofrecido Cristo a su Padre, ni se hace nin­gún sacrificio verdadero por la remisión de los pecados de los vivos ni de los muertos, (Heb. 9:22, 25, 26, 29), sino que solamente es una conmemoración de cuando Cristo se ofreció a sí mismo y por sí mismo en la cruz una sola vez para siempre, una oblación espiritual de todo loor posible a Dios por lo mismo. (Mat. 26: 26, 27. Luc. 22: 19, 20.) Así que el sacrificio papal de la misa, como ellos le llaman, menoscaba de una manera abominable al único sacrificio de Cristo, única propiciación de todos los pecados de los elegidos. (Heb. 7: 23, 24, 27, y 10: 11, 12, 14, 18.)

III. El Señor Jesús ha determinado en esta ordenanza que sus ministros declaren al pueblo las palabras de la institución, que oren y bendigan los elementos del pan y del vino, apartándolos así del uso común para el servicio sagrado; que tomando y rompiendo el pan, y bebiendo de la copa (comulgan­do ellos mismos,) dieran de los dos elementos a los comulgantes. (Véase la institución Mat. 26: 26-28. Mar. 14:22-24. 22: 19, 20. I Cor. 11:23-27) me­nos los que no están presentes en la congregación. (Act. 20: 7. I Cor. 11:20.)

IV. Las misas privadas o la recepción de este sacramento de la mano de un sacerdote o por algún otro cuando se esté solo,* el negar la copa al pue­blo,* adorar los elementos, el elevarlos o llevarlos de un lugar a otro para adorarlos y guardarlos para pretendidas usos religiosos, es contrario a la na­turaleza de este sacramento y a la institución de Cristo. (Mat. 15:9).

V. Los elementos exteriores de este sacramento, debidamente apartados para los usos ordenados por Cristo, sostienen tales relaciones con el crucifi­cado, que verdadera pero sólo sacramentalmente se llaman algunas veces por el nombre de las cosas que representan, a saber, el cuerpo y sangre de Cristo: (Mat. 26:26-28) mas con todo, en sustancia y en naturaleza ellos per­manecen verdadera y solamente pan y vino como eran antes. (I Cor. II: 26, 27.)

VI. La doctrina que sostiene que la sustancia del pan y del vino se cam­bia en la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo, (llamada comúnmen­te trasustanciación), por la consagración del sacerdote o de algún otro modo, es contraria no sólo a la Escritura sino también a la razón y al sentido co­mún, destruye la naturaleza del sacramento, ha sido y es la causa de muchí­simas supersticiones, y además de una idolatría grosera. (Act. 3: 21. I Cor. 11: 24-26. Luc. 6, 39.)

Las afirmaciones hechas en estos párrafos tienen más bien la for­ma negativa que la positiva, teniendo por objeto más bien oponerse a ciertos errores de los romanistas y ritualistas que el de establecer la verdadera doctrina de este sacramento. Los errores a los cuales se opone, son los siguientes:—(1)—La doctrina de la transustanciación, o sea del cambio completo de la sustancia del pan y del vino en el cuer­po, sangre, alma y divinidad del Señor Jesús.— (2)—Al sacrificio de la misa.— (3)—A la adoración y guarda de los elementos para algún pretendido uso religioso.— (4)—A la negación de la copa a los laicos.

—(5)—A la comunión privada de sólo los sacerdotes, o al envío de los elementos a personas que no han estado presentes en la administra­ción de la ordenanza.

A fin de hacer más claras las afirmaciones de estos párrafos, sen­taremos primero la doctrina verdadera (1)—cuanto a cuáles elementos y acciones son esenciales para el sacramento, y (2) cuanto a la ver­dadera relación entre el signo y la cosa significada; y en segundo lugar, presentar los errores papales contrarios, sobre los puntos es­tablecidos arriba.

La verdadera doctrina (1) en cuanto a los elementos. Estos son — (a) —Pan. Este es esencial, porque así lo dice el mandamiento, y porque el pan como el sustentador de la vida del cuerpo es el símbolo propio de aquel alimento espiritual que nutre al cuerpo. Cristo insti­tuyó su cena en la pascua, cuando el pan que tenía en la mano era sin leudar. La Iglesia primitiva siempre usó el pan común de la vida dia­ria. Las Iglesias romanistas y luterana sostienen que debe usarse pan sin levadura; las iglesias Reformadas aceptan uniformemente que el pan señalado y que mejor llena las condiciones del símbolo, es el pan ordinario—no el bizcocho común usado por muchas de las antiguas iglesias—(b)—Vino—esto es oinos, el jugo no fermentado de la uva.

Mat. 9:17; Juan 2:3-10. Rom. 14:21; Efe. 5:18; I Tim. 3:8; 5:23; Tit. 2:3. Este es esencial por el mandamiento y por el ejemplo de Cristo y por la costumbre uniforme de la Iglesia cristiana desde el principio.

(2)—Digamos algo de las acciones que son esenciales a esta orde­nanza. — (a) —La consagración. Esto incluye la repetición de las pala­bras de Cristo usadas en la institución, juntamente con la oración en que se invoca la bendición divina sobre los fieles que hacen uso de es­ta ordenanza, y así la cantidad de elementos que es necesaria para el sacramento se aparta del uso común para el uso sagrado. Véase §III de este Cap. Las palabras que expresan esto en la Escritura son eu­caristeo. Luc. 22:19, y eulogeo Mat. 26:36, y I Cor. 10:16. —(b) — El rompimiento del pan. Este es simbólico del rompimiento del cuer­po de Cristo en la cruz, y de que todos los comulgantes, aun cuando son muchos, se alimentan de un sólo Cristo, así como toman de un sólo pan. Se menciona claramente esta acción en cada relato que los evangelistas dan de la institución. Mat. 26:26; Mar. 14:22; Luc. 22:19á I Cor. 11:24. Véase I Cor. 10:16. En Act. 2:42 se indica toda la ordenanza por esta acción constitutiva.

(c)—La distribución y recepción de los elementos. Esto es una parte esencial de la ordenanza, la cual no queda completa con que el ministro consagre los elementos, sino hasta que ellos son recibidos y comido el pan y bebido el vino por el pueblo. Cristo dijo: "Haced es­to en memoria de mí". Pablo añade: "Porque todas las veces que co­miereis este pan y bebiereis de esta copa, la muerte del Señor anun­ciáis hasta que venga. Así es que pertenece a la esencia del sacramen­to comer del pan y beber del vino.

Los errores papales condenados en estas Secciones son— (1) — su doctrina de la transustanciación o cambio de la sustancia. El Con­cilio de Trento enseña, ses. XIII, cans. 1-4, que toda la sustancia del pan se cambia en el cuerpo literal, y toda la sustancia del vino se cambia literalmente en la sangre de Cristo, de tal manera que só­lo permanecen la apariencia o propiedades sensibles del pan y del vi­no, y las únicas sustancias presentes son las del verdadero cuerpo, san­gre, alma y divinidad de nuestro Señor. Así Él es presentado objeti­vamente a cada recipiente, sea que tenga fe o no la tenga, y comido y bebido por éste, y así permanece antes y después de la comunión, en su cuerpo y sangre verdaderos, con su Divinidad y humanidad en­cerrado en un vaso, llevado, elevado, adorado, etc.

Los luteranos sostienen que aun cuando el pan y el vino perma­necen los mismos, no obstante, por las palabras de la consagración. el cuerpo y sangre de Cristo, aunque invisibles, están realmente presen­tes en, con y bajo el pan y el vino.

La única base de esta doctrina son las palabras del Señor: "Este es mi cuerpo". Ellos toman la palabra "es" literalmente; todas las Iglesias Reformadas la toman como significado "representa", "simbo­liza". Este es el uso frecuente de la palabra en la Escritura. ''Las sie­te vacas hermosas, siete años son; y las espigas hermosas son siete años". Gen. 41:26, 27. Eze. 37:11; Dan. 7:24; Luc. 12:2, Rev. 1:20. Por otra parte, cuando nuestro Señor dijo esto y les dio a comer el pan, Él estaba sentado con su carne entera y sana, comiendo y be­biendo con ellos.

Esta doctrina, entonces es falsa—(a)—porque no es enseñada en la Escritura;—(b)—Porque confunde la verdadera idea del sacramento, haciendo al signo idéntico con la cosa que significa.— (c)—Contradice a nuestros sentidos, porque vemos, olemos, gustamos y sentimos pan y vino, y nunca vemos, olemos, gustamos o sentimos carne o sangre.

— (d)—Contradice a la razón, porque ésta nos enseña que las cualida­des no pueden existir si no es inherente a alguna sustancia, y que la sustancia no puede ser conocida ni puede obrar si no es por sus cualida­des.— (e)—Es absurdo e imposible, porque el cuerpo glorificado de Cristo es todavía material, y entonces finito, y por lo tanto no es om­nipresente en todos los lugares de la tierra, sino ausente de ésta últi­ma y presente a la diestra de Dios en el cielo.

(2)—La doctrina de que la misa es un sacrificio. El Concilio de Trento enseña, sess. XXII, cans. 1-3, que la Eucaristía es tanto un sacramento como un sacrificio. Como sacramento, el alma del reci­piente es alimentada por el verdadero cuerpo, sangre, alma y divini­dad de Cristo, que aquel se come en la forma de hostia. Como sacri­ficio es "una oblación externa del cuerpo y sangre de Cristo ofrecidos a Dios en reconocimiento de su señorío supremo bajo la apariencia de pan y de vino presentados visiblemente por un ministro legítimo, con la adición de ciertas oraciones y ceremonias prescritas por la Iglesia, para la más grande adoración de Dios y para la edificación del pue­blo".
* No es sólo una conmemoración del único sacrificio de la cruz, sino una verdadera repetición constante de él, aunque sin sangre, sa­crificio expiatorio por el pecado y propiciatorio a Dios.*

Esta doctrina es falsa—(a) —porque no se enseña en la Escritura.

(b) —Nunca se habla ni se le llama al ministerio cristiano, sacerdo­tes, sino que a las personas ocupadas en él se les nombra como "maes­tros * o "directores". — (c) —El sacrificio de Cristo en la cruz fue per­fecto y excluye cualquier otro. Heb. 9:25-28; 10:10-27. — (d) —La misma ordenanza no puede ser sacramento y sacrificio. Cristo dice que al comer y al beber "anunciamos su muerte", y "haced esto en memoria de mí". El mismo acto no puede ser la conmemoración de un sacrificio, y al mismo tiempo un sacrificio que tenga eficacia intrínseca para expiar el pecado.

(3) Así como los papistas sostienen que toda la sustancia del pan y del vino se cambian permanentemente en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo, de la misma manera, como consecuencia, sostie­nen que el intento principal de la ordenanza se cumple cuando se pro­nuncian las palabras de la consagración y el cambio se efectúa. Por esta razón ellos conservan la hostia cuidadosamente guardada en la píxide, la elevan y adoran y la llevan consigo en las procesiones.

Todo esto subsiste o cae con la doctrina de la transustanciación, que ya hemos refutado.

(4) Dada la doctrina de la transustanciación, naturalmente se presenta el temor de que alguna parte de la persona augusta del Se­ñor se caiga o pierda en alguna de las migajas del pan o en alguna de las gotas del vino. Por esto el pan es preparado en hostias pequeñas que no se puedan desmoronar, y se niega la copa a los laicos dejándo­la sólo para los sacerdotes. Para consolar a los laicos se les enseña que así com la sangre está en la carne, el alma está en el cuerpo; y como la divinidad está en el alma de Cristo, toda la persona—cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo, están igualmente en cada partícu­la de pan, de tal manera, que el que recibe el pan, recibe todo.

(5) Oponiéndose a la multitud de abusos de esta ordenanza que pre­valece entre los romanistas, nuestra Confesión de Fe, de conformidad con el juicio general de las Iglesias Reformadas, enseña que la Cena del Señor es esencialmente una comunión en que el creyente se une con Cristo y con sus compañeros al comer del mismo pan y beber del mismo vino. De esto se sigue que no debe mandarse a las per­sonas que no están presentes a la administración, ni administrarse para sí mismo por el sacerdote que oficia. En casos especiales, sin embargo, puede administrarse en casas privadas para beneficio de los cristianos que no pueden comparecer por enfermedad, celebrándose por los oficiales y un número suficiente de miembros de la iglesia, a fin de conservar el carácter verdadero de la ordenanza como una co­munión.

SECCIONES VII y VIII

VII Los que reciben dignamente este sacramento y participan de un modo exterior de los elementos visibles. (I Cor. 11:28) participan también in­teriormente por la fe, de una manera real y verdadera, pero no carnal ni cor­poralmente, sino de un modo espiritual, reciben y se alimentan de Cristo crucificado y de todos los beneficios de su muerte. El cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal ni corporalmente en, con o bajo el pan y el vino; sin embargo, están real pero espiritualmente presentes a la fe del creyente en aquella ordenanza, tanto como los elementos a los sentidos corporales, (I Cor. 10:16 y 10:3, 4.)

VIII. Aun cuando los ignorantes y malvados reciban los elementos ex­teriores de este sacramento, sin embargo, no reciben la cosa significada por ellos, sino que por su indignidad vienen a ser culpables del cuerpo y de la sangre del Señor para su propia condenación. Entonces, todas las personas ignorantes e impías que no son capaces de gozar de comunión con él, son in­dignas de acercarse a la mesa del Señor, y mientras permanezcan en ese es­tado, no pueden, sin cometer un gran pecado contra Cristo, participar de es­tos sagrados misterios, (I Cor. 11:27, 29 y 10:21. II Cor. 6:14-16) ni deben ser admitidos a ellos. (I Cor. 5:6, 7, 13. II Tes. 3:6, 14, 15. Mat. 7.6.)

Estas secciones enseñan la doctrina Reformada en cuanto a la rela­ción que en la Cena del Señor existe entre el signo y la gracia signifi­cada, y esto es, en cuanto a la naturaleza en presencia de Cristo en el sacramento, y por consiguiente, el sentido en que se dice que el que lo recibe dignamente se alimenta del cuerpo y de la sangre del Señor. La doctrina Reformada puede establecerse como sigue:

El pan y el vino —permanecen siendo pan y siendo vino, sin ningún cambio—representando, por disposición divina, la carne y la sangre del Redentor ofrecidos en sacrificio por el pecado. La relación entre el pan y el vino, y el cuerpo y la sangre, es puramente moral o representativa.

El cuerpo y la sangre, entonces, están presentes sólo virtual­mente—esto es, las virtudes y efectos del sacrificio del cuerpo del Redentor en la cruz están presentes y son de hecho aplicados en el sacramento al que lo recibe dignamente por el poder del Espíritu San­to, quien usa de esta ordenanza como de un instrumento conforme a su voluntad soberana.

Cuando se dice, entonces, que los creyentes reciben y se ali­mentan del cuerpo y de la sangre de Cristo, quiere decirse no que ellos reciben por la boca, sino por medio de la fe, los beneficios alcan­zados por la muerte expiatoria de Cristo sobre la cruz—y que esta ali­mentación de Cristo es puramente espiritual, llevada a cabo por la libre y soberana agencia del Espíritu Santo, y por medio de la instru­mentalidad y ejercicio de la fe únicamente. En ningún caso se veri­fica esto en el incrédulo. Este recibe el signo externo con su boca, pe­ro no recibe la gracia interna en su alma, y sólo aumenta su propia condenación y endurece su corazón por hacerlo indignamente. Todos aquellos entonces, que saben que son incrédulos y que su incredulidad se revela por su ignorancia o por su impureza, deben evitar, por amor a sí mismos y por amor a la Iglesia, el acercarse a la mesa del Señor, si no hasta que sean capaces de hacer una profesión creíble de fe.

De aquí también se sigue que los creyentes, en el mismo senti­do reciben y se alimentan del cuerpo y de la sangre del Señor en otras ocasiones sin hacer uso de esta ordenanza, por el uso de otros medios de gracia—tales como la oración, meditación en la Palabra, etc.

bY LeMS

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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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