¿Qué es la santificación?


Pbro. David Legters M.


La santificación es aquella obra de la libre gracia de Dios (1) por lo cual somos completamente restablecidos a la imagen de Dios (2), y puestos en capacidad de morir más y más al pecado y de vivir píamente (3). 

(1) 2ª Ts. 2:13, Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.

1ª P. 1:2, Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…

(2) Ef. 4:23-24, Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

(3) Rm. 6:4, 6,…A fin de que como Cristo resucito de los muertos… Así también nosotros andemos en vida nueva…A fin de que no sirvamos más al pecado.


1.0 EL PROBLEMA DE LA SANTIFICACIÓN 


También es la santificación, al igual que la justificación y la adopción a las que sigue en el orden de salvación, algo que se da por la libre gracia de Dios. No se obtiene por méritos de nadie. No es algo por el que una persona santificada pudiera adjudicarse algún crédito. Pues no es el hombre quien se santifica, sino solamente Dios quien santifica al hombre. Sin embargo, como veremos un poco más adelante, se logra de una manera en la que el hombre sí es activo y es responsable del proceso de su santificación. La Biblia nos exhorta: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, pero sólo se puede porque es “Dios que en vosotros produce así el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2:12-13). Ahora bien, esto nos presenta con un problema: ¿Cómo puede ser la santificación obra de Dios, y al mismo tiempo obra del hombre? En respuesta a esta pregunta, enfatizamos tres verdades: 


1.1 Primera, la obra de la santificación comienza con un cambio interno


Este cambio interno es obra de Dios, y se le llama “regeneración”: “…habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos”, dice el apóstol “y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:9-10). Sin embargo, lo que hay que entender es esto: que aun cuando es la naturaleza entera del hombre la que se renueva por la regeneración, no se hace perfecta ni completa la renovación en ese acto instantáneo. 


Hay varias maneras en las que podemos ilustrar esta verdad. Por ejemplo, un bebé es una “criatura nueva”, pero tiene que pasar mucho tiempo antes de terminar su crecimiento y convertirse en persona adulta. Otro ejemplo sería cuando una persona contrae una enfermedad terrible, y se le aplica una de esas medicinas “de maravilla”. Es librado al instante del poder de la enfermedad; con todo, su recuperación tardará mucho, antes de volver a estar la persona completamente fuerte y sana.

De la misma manera, cuando una persona es regenerada, pasa de muerte a vida ya no está bajo el dominio del pecado- pero todavía el poder del pecado no ha desaparecido por completo. Los efectos de la enfermedad (el pecado original) aún permanecen. La santificación, pues, es la obra del Espíritu Santo por medio de la cual “la naturaleza nueva” obtiene cada vez más la victoria sobre este poder remanente del pecado que habita en nosotros. 


1.2 Vemos también que la obra de santificación es gradual


No es algo que se logra al instante (como en los casos de la justificación y la adopción). Más que un acto, se trata de una obra; una obra que en ninguna persona concluye durante su vida presente. Pero esto nos hace examinar más detenidamente el lado humano del asunto. Precisamente porque esta obra se está produciendo en el corazón de cada creyente, sentirá en carne propia en conflicto constante con el pecado. Como lo dice Juan, “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él (el Señor) es puro” (1ª Jn. 3:6-9). No es posible esto, pues “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (3:9). Cuando el corazón de una persona ha sido cambiado y durante el proceso que se va conformando a la imagen de Cristo, no es posible que el pecado tenga el dominio. 


Sí, el creyente caerá en el pecado. Pero nunca dirá, “está bien así”. Nunca va a querer hacer el pecado. Nunca va a estar satisfecho consigo mismo. Al contrario, siempre estará luchando consigo mismo, precisamente porque… ¡odia su propio pecado!

A la luz de esto podemos entender lo que Pablo dice en Ro. 7:7-25. ¿Dice Pablo que peca? Sí. Hace lo que no quiere, y lo que quiere hacer no lo hace, y esto con harta frecuencia. Mas, ¿puede estar satisfecho de sí mismo? ¡En lo absoluto! Dice que es un “miserable”. Dice que está guerreando contra el pecado en su propia mente. Pero lo maravilloso de todo es que sabe también que obtendrá la victoria por medio del Señor Jesucristo. Será un proceso lento, por cierto, pero es seguro. 


1.3 Por último, notamos que la obra de santificación es sinergística


El sinergismo se refiere a una obra en la que el hombre coopera con Dios. Es una obra en la que ambos, hombre y Dios, son activos. Esto no quiere decir que la obra del hombre está a la par con la de Dios. No lo está. La obra de Dios es tal que Dios recibe el crédito por la santificación del hombre. Y la obra del hombre es tal que nunca podrá ser él otra cosa que “siervo inútil”. Pero lo importante del asunto es que no hay tal cosa como santificación al menos que estén ambos obrando, Dios y el hombre Dios obrando en nosotros el querer y el hacer de su buena voluntad, y nosotros ocupándonos en nuestra propia salvación con temor y temblor (fil. 2:12-13). Hemos de purificarnos a nosotros mismos. Pero hemos de recordar también, que…. ¡sólo es Dios que nos capacita para lograrlo! 


2.0 LAS PRUEBAS O EVIDENCIAS DE LA SANTIFICACIÓN: 


Vemos, pues, que hay una evidencia segura de la santificación. Sólo aquella persona que está muriendo cada vez más al pecado, y viviendo cada vez más para la justicia, es la persona que está verdaderamente siendo santificada. 


2.1 El amor a la ley de Dios: 


Dice Juan: “Sabemos que este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” 1 Juan 5:3. Esto no quiere decir que guardamos sus mandamientos a la perfección. Nadie puede hacer eso (ver 1 Jn. 1:8, 10). Sin embargo, el verdadero creyente se esfuerza por lograrlo. Ama la ley de Dios; no lo considera gravoso. Y cada día que pasa la guarda más y más, aunque siempre en forma imperfecta. Es por esto que la Biblia dice que “La Fe sin obras es muerta” (Stgo. 2:20). Es cierto que una persona no convertida pudiera hacer ciertas cosas que parecen ser buenas. Incluso, pudieran serlo a la vista de los demás, pues hacen muchas obras iguales a las que hacen los que son creyentes, como por ejemplo depositar sus ofrendas en la iglesia. 

Pero hay un mundo de diferencia:

a) El verdadero creyente siente gozo por las normas elevadas y santas que Dios requiere, pero el incrédulo no siente lo mismo;
b) El verdadero creyente hace todo lo que hace por gratitud, pues dice: “Dios me ha salvado, ahora mi deseo es agradarle”, pero el incrédulo siempre “lucha por hacer el bien”, tratando de ganar el favor de Dios, o de probar que es una persona buena; y,
c) El verdadero creyente comprende que incluso sus “mejores obras” no alcanzan la norma que debiera haber hecho, y en cambio el incrédulo no se da cuenta de esto, sino que más bien se satisface con lo que es, y con lo que ya ha hecho.
2.2 La Humanidad: 


Esto nos lleva a la observación, en conclusión, que en todos los que están siendo santificados encontramos esta gran virtud, a saber, La humildad. Esto lo notamos repetidas veces en las vidas de los grandes siervos de Dios, como aprendemos de ellos en la Biblia. Al estudiar las vidas de personas como Moisés, David, Pedro, Pablo y los demás, vemos cómo lucharon contra el pecado que había dentro de ellos. Vemos cómo a veces recayeron. Pero notamos cómo siempre volvieron a la lucha en contra del pecado con más fervor que antes. Luego, notamos dos cosas: por un lado vemos que sus vidas se fueron convirtiendo cada vez más santas, y por el otro vemos que sintieron cada vez más su indignidad delante de Dios. Dicho en otras palabras, mientras más santos fueron, ¡más se sintieron pecadores! 


Aunque este pensamiento lo veamos raro en un principio, realmente no es difícil de entender. Ilustrémoslo así: imagínate una persona que en una noche oscura tropieza y cae entre el lodo. A una gran distancia alcanza ver una luz brillante, y va hacia ella. Y empieza a ver el mismo tiempo cuán sucio está. Comienza a quitarse la tierra y el lodo, conforme se acerca a la luz, y conforme se va acercando, más de la suciedad trata de quitar.
Sin embargo, y precisamente por estarse acercando a la luz, sólo alcanza ver mejor cuán sucio realmente es. 

Algo así sucede con los que están siendo santificados por el Espíritu. El Espíritu Santo constantemente les está mostrando cada vez más al Señor Jesucristo. El Espíritu les está mostrando cuán alta y santa es la ley de Dios. Y el Espíritu les está haciendo constantemente que se limpien de sus viejos pecados. De esta manera están siendo, cada vez más, menos pecadores. Pero por cuanto ven cada vez y con mayor claridad lo que debería ser, también sienten cada vez más que no son más que indignos pecadores. Es por esta razón que las personas más santas (tanto en la Biblia como en la historia de la iglesia) han sido las más humildes. Podían ver que en verdad estaban muriendo más y más al pecado y viviendo más y más para la justicia. Pero al mismo tiempo, podían ver más y más que eran sólo… ¡pecadores salvados por gracia! 


Conclusión: 

Podríamos resumir toda esta discusión, pues, diciendo que la santificación no es un proceso en el que vamos cada vez más alto, hasta poder estar de pie ante Dios y sentirnos personas santas. Más bien, es un proceso en el que vamos descendiendo cada vez más bajo en nuestro propia autoestima, aunque también deseamos al mismo tiempo, sobre todo los demás deseos, poder ser santos. Resulta que… ¡sólo es a través de la humildad genuina que verdaderamente nos convertimos en santos!

Tomado de: http://www.publicacioneselfaro.com.mx/modules.php?name=News&file=print&sid=150

bY LeMS

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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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