Crítica a la teoría de la influencia moral


Por John R. W. Stott
Hay tres razones por las que, si tomamos en serio las Escrituras, debemos declarar inaceptable la teoría de la 'influencia moral' o 'ejemplarista'. La primera es que quienes apoyan este punto de vista tienden a no tomarla en serio ellos mismos. Rashdall rechazó todos los textos que resultaban incompatibles con su teoría. Declaró que el dicho de Jesús sobre el rescate (Marcos 10-45) era una "inserción doctrinalmente pintoresca", y que sus expresiones eucarísticas acerca de la sangre del nuevo pacto y el perdón de pecados tenían también valor secundario. ¿Sobre qué base? Simplemente que "nuestro Señor nunca enseñó que su muerte fuera necesaria para el perdón de pecados" (p. 45). Esto constituye un notable ejemplo de razonamiento circular, donde se da por sentado justamente aquello que se quiere probar. Rashdall es más sincero cuando dice que nuestra aceptación de la inspiración bíblica no debe impedir que "rechacemos toda fórmula que... parezca decir que el pecado no puede ser perdonado sin un sacrificio vicario" (p. 207). En otras palabras, su consejo es: Primero arme su teoría expiatoria, luego defiéndala contra toda objeción, y no permita que alguna cuestión sin importancia como la inspiración divina se interponga en su camino. Simplemente sostenga que el mensaje puro de Jesús fue alterado por el cristianismo inicial, inspirado en Isaías 53, y que Pablo completó el proceso.
La segunda razón por la que rechazamos la teoría de la influencia moral la encontramos en palabras de Anselmo, que citamos en oposición a Abelardo y Rashdall: "Todavía no han considerado la gravedad del pecado:' La teoría de la 'influencia moral' ofrece un remedio superficial porque ha hecho un diagnóstico superficial. Atrae en la época de la ilustración porque pone toda su confianza en la razón y la capacidad humanas. No encontramos en esa teoría una comprensión bíblica profunda en cuanto a la rebelión radical del ser humano contra Dios. Tampoco presenta la ira de Dios como su indignado antagonismo para con el pecado humano, ni expone la indispensable necesidad de una satisfacción por el pecado que responda al carácter de justicia y amor del propio Dios. James Orr tenía razón al decir que la posición de Abelardo con respecto a la expiación "es defectuosa precisamente en aquel aspecto en el cual es fuerte la de Anselmo", a saber en su análisis del pecado, la ira y la satisfacción.
Tercero, la teoría de la influencia moral tiene un defecto fundamental en su propio énfasis central. La explicación se centra en el amor de Cristo, que brilla desde la cruz y al mismo tiempo despierta nuestro amor como respuesta. Es nuestro deseo realzar estas dos verdades en forma equivalente. 
También nosotros sabemos que es porque Cristo nos amó que se entregó por nosotros. También hemos encontrado nosotros que su amor despierta nuestro amor. "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" dice Juan en su primeracarta (4.19). Estamos de acuerdo con Denney cuando escribió: "No titubeo en decir que el sentido de deuda para con Cristo es la más profunda y penetrante de todas las emociones en el Nuevo Testamento. Hasta aquí, por lo tanto, estamos de acuerdo. La cruz es la culminación del amor de Cristo y la inspiración del nuestro. Pero la cuestión que queremos destacar es esta: ¿Precisamente cómo despliega y demuestra la cruz el amor de Cristo? ¿Qué hay en la cruz que revela amor? El amor verdadero tiene un propósito en su entrega; no hace gestos casuales o en forma irresponsable. Cuando alguien se arroja desde el extremo de un muelle y se ahoga, o se lanza a un edificio en llamas y muere calcinado, si su sacrificio no tenía ningún fin salvífico sólo nos demostraría su irracionalidad, no su amor. Pero si yo me estuviera ahogando en el mar o me encontrara atrapado en un edificio en llamas, y al intentar salvarme esa persona perdiera la vida, entonces vería amor y no irracionalidad en su acción. De la misma manera, la muerte de Jesús en la cruz no puede ser vista como una demostración de amor en sí mismo, a menos que la entrega de su vida haya tenido el fin de rescatar la nuestra. Antes que pueda resultarnos atractiva es necesario ver que su muerte tuvo un objetivo. Pablo y Juan vieron amor en la cruz porque la entendieron como una muerte por los pecadores (Romanos 5.8) y como una propiciación por los pecados (1 Juan 4.10). Esto es, la cruz puede ser vista como una prueba del amor de Dios sólo cuando, al mismo tiempo, se la ve como una prueba de su justicia. De allí la necesidad de mantener juntas estas dos demostraciones en nuestra mente. Así insistió Berkouwer:
En la cruz de Cristo la justicia y el amor de Dios se revelan simultáneamente, de modo que podemos hablar de su amor solamente en relación con la realidad de la cruz ... [Además] la gracia y la justicia de Dios se revelan sólo en la sustitución real, en el sacrificio radical, en la inversión de los papeles."
De forma parecida, Pablo escribió:
Porque el amor de Cristo nos constriñe [literalmente 'nos atrapa' y por ello no nos deja elección alguna], pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 2 Corintios 5.14-15
La compulsión del amor de Cristo, dice Pablo, nace de una convicción. Estamos convencidos del propósito y el elevado costo de la cruz, vale decir que debemos nuestra vida a su muerte: Por eso sentimos que su amor nos constriñe y no nos deja alternativa sino la de vivir para él.
La gran obra de R. W. Dale, The atonement (La expiación), fue escrita con el fin de demostrar que la muerte de Cristo en la cruz fue objetiva antes que pudiera ser subjetiva, y que “a menos que se conciba el gran sacrificio [de la cruz] bajo formas objetivas, el poder subjetivo se pierde" (p. u). La cruz es la suprema revelación del amor de DIOS en la historia. Pero "la revelación consiste esencialmente en una redención, más que la redención en una revelación".
Por lo tanto, no deberíamos permitir que Anselmo y Abelardo se encuentren en polos opuestos. En términos generales, Anselmo tenía razón cuando entendía la cruz como una satisfacción por el pecado, pero tendría que haber puesto mayor énfasis en el amor de Dios. Abelardo tenía razón cuando veía la cruz como una manifestación de amor, pero no cuando negaba lo que Anselmo afirmaba. Anselmo y Abelardo se necesitan mutuamente en lo que tienen de testimonio positivo, uno en cuanto a la justicia de Dios y el otro en cuanto a su amor. Fue precisamente al lograr una satisfacción justa por el pecado que se puso de manifiesto el amor.
 bY LeMS

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“Cualquier hombre que piensa que es cristiano y que ha aceptado a Cristo para la justificación sin haberlo aceptado al mismo tiempo para la santificación, se halla miserablemente engañado en la experiencia misma”

Archibal A. Hodge

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